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Enfoque Jorge Vargas Cullell jovargas@nacion.com Hace un tiempo el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) publicó los resultados de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos. Mientras que en 1988 Costa Rica tenía un nivel de desigualdad parecido al de los países europeos, en el 2004 alcanzó uno similar al del resto de América Latina, la región más desigual en el mundo. Si así creciera nuestra economía, China estaría pidiéndonos cacao. Alguna gente se ha encogido de hombros y han dicho: "¿Y qué? Lo importante es que la pobreza no aumentó. Mientras no se nos dispare la pobreza, todo va bien". Y añaden: "Cuando hay crecimiento económico, la brecha se hace más grande porque a algunos les va muy bien, aunque a los demás no les vaya del todo mal". Que la desigualdad aumente tan abruptamente es mal negocio. No veo cómo el país aumentará su productividad en los próximos años -que tanto necesita para competir y pagar el futuro- sin abatir la desigualdad y la pobreza, a menos que Bill Gates se haga cargo de nosotros. Nuestra pequeñez y dotación de recursos nos obliga a la equidad. Para atraer inversiones a nuevos sectores, necesitamos ampliar mucho la proporción que representan dentro de nuestra escasa fuerza laboral los profesionales, técnicos, trabajadores y empresarios capacitados para navegar en una economía abierta y aprovechar las siempre calvas oportunidades. Esto significa invertir en salud y en educación mucho más de lo que hoy hacemos; pagar mejores salarios, desarrollar un sistema de apoyo financiero y técnico para los emprendedores y una infraestructura moderna que conecte a todo el país. Necesitamos hacer lo contrario de lo que ha ocurrido en Costa Rica, donde las buenas oportunidades laborales y empresariales han venido limitándose a enclaves de bienestar. Mantener el nivel de pobreza cuando la economía crece es tan malo como pegarse un cuatro en un examen. Cuando ello ocurre, las personas que no cubren sus necesidades elementales aumentan cada año (al mismo ritmo que el crecimiento de la población). Claro está, siempre puede uno pegarse un cero y dejar que la pobreza se dispare, pero no nos interesa competir con África. El punto no es castigar a los ganadores con el fin de "aplanar" la pirámide social. Siempre hay gente más inteligente, emprendedora o visionaria que otras. Justo es que obtengan mejores resultados que otros que no supieron o no quisieron. La cuestión es meterle un socollón a las partes bajas y medias de esta pirámide, removiendo barreras, para que estas se eleven más rápidamente y se enganchen al carro del progreso.
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