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EDITORIAL

La seria amenaza de Chávez

Es hora de valorar seriamente los riesgos que representa para el hemisferio


Desde que decidió orientarse claramente hacia el autoritarismo, se alió con la dictadura de Fidel Castro y comenzó a intervenir -de manera solapada o abierta- en los procesos políticos y sociales de algunos países, el gobierno de Hugo Chávez se convirtió en una amenaza para el resto del hemisferio. Sin embargo, la magnitud de los riesgos que emanaban de sus acciones se había mantenido relativamente contenida por los mecanismos formales de las relaciones diplomáticas y los acuerdos oficiales, por la reducida simpatía hacia su "modelo" entre los electores latinoamericanos, y por una capacidad militar relativamente contenida: sin reales amenazas externas (ni antes ni ahora), Venezuela había sido cuidadosa en su política de armamentos.

Esta situación ha cambiado drásticamente, y para mal, como resultado de la gira mundial que aún realiza Chávez y que no solo tiene un terrible simbolismo; también implica una virtual alianza con dos de los regímenes más oscurantistas del planeta y convertirá a su régimen en una verdadera amenaza militar para la región. Todo esto es muy grave y amerita una consideración muy seria por parte de las cancillerías latinoamericanas.

Chávez comenzó su periplo con una parada en Bielorrusia, una exrepública soviética dominada despóticamente, desde 1994, por Alexander Lukashenko, apropiadamente conocido como "el último dictador de Europa". Allí, de forma ominosa para el futuro venezolano, llamó a esa tiranía "un modelo social, como el que nosotros estamos comenzando a crear" y habló de formar una "alianza estratégica" entre los dos países.

En su siguiente parada, Moscú, Chávez firmó una serie de contratos militares, valorados en $3.000 millones, mediante los cuales, entre otras cosas, adquirirá 24 cazabombarderos de última generación, 53 helicópteros militares y 100.000 fusiles de ataque AK-103, parte de los cuales, al igual que sus municiones, serán fabricados en Venezuela. Además, se habla de un posible interés por adquirir misiles y hasta un submarino. Aparte del derroche innecesario de riqueza nacional que todo esto implica, el belicismo representa una amenaza directa para la propia población venezolana y, sobre todo, para sus vecinos. Por esto, se ha acrecentado el riesgo de una carrera militar en el norte sudamericano, que podría extenderse al resto del continente y desequilibrar peligrosamente todo el hemisferio.

Como si lo anterior fuera insuficiente, su siguiente parada fue Irán, uno de los países que más riesgos implica para la comunidad internacional, no solo por su apoyo al terrorismo, sino por su programa nuclear militar, que ha sido reiteradamente condenado. En días pasados, por ejemplo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con el apoyo de todas las potencias presentes (incluidas Rusia y China), y Qatar como único disidente, adoptó una resolución que concede un mes al régimen iraní para suspender el enriquecimiento de uranio; de lo contrario, podrá enfrentar sanciones. Chávez no suscribió acuerdos militares con Teherán, pero se deshizo en elogios para su colega Mah-mud Ahmadineyad, firmó convenios de diversa índole y anunció inversiones iraníes por $4.000 millones en dos proyectos energéticos venezolanos.

Al sumar estas posturas, aliados, acuerdos y decisiones, su conducta adquiere una dimensión de indudable seriedad. Su alineamiento con dos regímenes de la peor "calidad" imaginable y su lanzamiento hacia la carrera armamentista no son actos que puedan pasar inadvertidos, ni siquiera para los Gobiernos sudamericanos que, hasta ahora, han acogido otras iniciativas venezolanas, siempre cargadas de petrodólares. Ya el de Venezuela no es, únicamente, un régimen provocador; se ha convertido una seria amenaza real. Frente a ella, las estrategias hemisféricas deben, al menos, abandonar la complacencia y adoptar una mayor firmeza. De lo contrario, las consecuencias podrían ser funestas.

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