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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Los 57 diputados que, hace cuatro años, solicitaron los votos del pueblo para conquistar una curul y que, en este tiempo, trabajaron o reposaron en ellas, desaparecen hoy del escenario legislativo. Serán diputados hasta el 30 de abril a medianoche. A esa hora, caerá inexorable la guillotina del tiempo -de ese cuatrienio- y dejarán de ser diputados para quedarse a solas con su conciencia. La democracia es, en última instancia, cuestión de conciencia por ser expresión de la libertad. Ciertamente no sabemos si algunos diputados les prestaron atención a sus aldabonazos o susurros en estos cuatro años. Al parecer, no pocos hicieron zapping (zapeo), se la echaron al hombro y actuaron sin conciencia (entendida como conocimiento interior del bien y del mal) y sin consciencia (entendida como conocimiento inmediato de sí mismo, de sus actos y reflexiones). Allá cada diputado con este juez interior, mas lo cierto es que, a juzgar por lo que vimos, oímos y tocamos en la Asamblea Legislativa, en estos cuatro años, antes de entonar el jubiloso himno nacional, el lunes, por los nuevos diputados, habrá que interpretar, por los que se fueron, el Duelo de la Patria. No por todos, desde luego, porque sabemos perfectamente quiénes cumplieron su deber con gallardía, aun en silencio, sino por aquellos que llegaron a burlarse de la patria. Cada conciencia -si todavía en algunos habla- se encargará de verter su veredicto. Ayer el presidente electo, Óscar Arias Sánchez, presentó a su nuevo gabinete, a su Estado Mayor. Gran diferencia: los diputados, con ciertas excepciones, se llaman a sí mismos y rivalizan por los votos del pueblo. Gana el que recibe más votos. Los ministros y los presidentes ejecutivos, en cambio, son llamados. La última palabra la tiene el presidente electo. En ambos, sin embargo, debe "funcionar" la conciencia. El problema está precisamente en saber si, ante la atracción de una curul o el desafío de un ministerio o de una institución autónoma, la conciencia de los autollamados y de los llamados se formula la pregunta ética esencial: ¿Tendré yo la capacidad moral, intelectual y psicológica necesaria para este cargo, o no seré, más bien, un impostor? Ante el drama de estos cuatro años venideros y ante el oscurantismo de estos cuatro años pasados, en el Gobierno y en la Asamblea Legislativa, esta es precisamente la cuestión de fondo. El primer acto de corrupción consiste en ofrecer un cargo, aceptarlo y, peor aún, exigirlo, a sabiendas de la impostura propia, o bien de la del escogido. Todo el aparato democrático y político depende, en resumidas cuentas, del chip poderoso de la recta conciencia.
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