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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com La ceremonia de entrega de los Premios Nacionales 2006, antenoche, en el Teatro Nacional fue, como en realidad debía ser, entusiasta, inspiradora y recatada, con sabor a familia, más que a espectáculo. Así, invitó a sonreír y a meditar. El premio Magón, don Eugenio Rodríguez Vega, puso el tono, que el ministro de Cultura, Juventud y Deportes, don Guido Sáenz González, moduló en mensaje. Bien lo decía ayer el titular de La Nación: "Con modestia y humor, Eugenio Rodríguez recibió premio Magón". Su discurso nos llevó de la mano a la Costa Rica añorada para traernos de nuevo a la Costa Rica anhelada, sin complejos ni odios ni temores, ambas dándose la mano, con devoción de pasado y con visión de futuro, sin alardes, sin mesianismos, sin poses, sin gesticulaciones, y siempre con palabra tersa, con voz apacible y educativa, con hondo sentido de patria, no de patriotería, para asperjar cada párrafo con aromas de humor y de suave ironía. La Nación publicará, el domingo próximo, su discurso completo. Conviene realmente leerlo y saborearlo. Por algo evocó don Eugenio a uno de sus escritores predilectos, Montaigne, quien le enseñó que el primer afecto se orienta a los seres humanos y el segundo, a los libros. El discurso de don Eugenio rezuma, por eso mismo, amor a las personas, a los costarricenses, a Costa Rica, su pasión, al punto de llamar la atención con respeto, pero con energía, hacia "ciertos círculos académicos" que menosprecian lo costarricense y las gestas de su historia, sin dejar, por ello, de enunciar, a renglón seguido, con angustia los caballos de Troya de la corrupción, de la pobreza, así como del deterioro de la salud y de la educación. Nos regaló precisamente don Eugenio el sueño de una Costa Rica "que viva en libertad política, practique la justicia social y sea capaz de mantener el desarrollo económico". Don Guido Sáenz, doblemente actor (el que interpreta, en escena, y el que hace o ejecuta, en el escenario histórico nacional), recogió el guante temático y definió los premios nacionales, esto es, toda obra artística, científica, cultural, como un acontecimiento de creación, y esta como un acto de servicio, aún más, de propósito firme de "ser útil", según sus palabras, a la patria. Todos hemos recibido algún talento, carisma o potencial. Unos, por miedo, lo han escondido y otros, por negocio, lo han malbaratado. Muchos, con todo, lo han puesto a producir o, lo que es lo mismo, a rendir frutos, la forma más fecunda de compartir o de ser útil, una expresión caída en desuso moral y político en nuestro país.
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