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Precario avance en Iraq Sus dos grandes desafíos inmediatos son controlar el sectarismo y la violenciaUn primer ministro chiita, un presidente curdo y un presidente del Parlamento sunita. Los tres cargos escogidos el sábado para encabezar la cúpula del Gobierno permanente iraquí ponen de manifiesto un importante acuerdo entre los representantes de los tres principales grupos étnico-religiosos del país, luego de cuatro meses de difíciles negociaciones. Implican, por ello, un avance más en el difícil proceso de institucionalización, pacificación y reconstrucción nacional, que ya tiene en su haber una Constitución relativamente democrática y un parlamento electo libremente. Sin embargo, estos avances palidecen ante los desafíos que permanecen abiertos, los cuales, por su magnitud tan profunda, obligan a que cualquier pronóstico sea muy reservado. Lo que, hasta ahora, había imposibilitado cualquier arreglo eran las grandes discrepancias de los curdos, sunitas y hasta algunos chiitas sobre cuál representante de esta denominación, ampliamente mayoritaria en Iraq, debía asumir el cargo de primer ministro. La parálisis se rompió cuando el jefe de Gobierno en funciones, Ibrahim Jafari, declinó sus aspiraciones. En su lugar fue nombrado Jawad al-Maliki, quien, como él, es miembro de la Alianza Unificada Iraquí, la mayor fuerza en el Parlamento, pero resultaba más aceptable para otras fuerzas políticas y, sobre todo, étnico-religiosas. La reelección del curdo Jalal Talaban como presidente fue sencilla, lo mismo que la de sus dos vicepresidentes: el primero, chiita, y el segundo, sunita. El Parlamento estará encabezado por Mahmud Machadami, sunita de línea dura, que se opuso a la invasión estadounidense, acompañado por un curdo y un chiita como sustitutos. La gran tarea inmediata de al-Maliki será constituir, en un plazo de 30 días, un Gobierno realmente equilibrado y aceptable para la mayoría de los sectores, mientras, a la vez, se enfrenta a la violencia. Su declaración de intenciones al respecto resulta estimulante: "Vamos a formar una familia que no estará basada en antecedentes sectarios o étnicos". Sin embargo, con el historial de conflictos, desconfianza y sectarismos que plagan al país, y que cada vez parecen agudizarse más, la tarea resultará sumamente difícil. Dentro de ella, los nombramientos más delicados serán los de ministros del Interior y de Defensa, que deberán lidiar directamente con el problema de la violencia, originada, esencialmente, en dos fuentes internas: las milicias que responden a clérigos y dirigentes chiitas (varios de ellos con fuertes nexos con Irán), y los grupos insurgentes sunitas. A ellos se suman los combatientes, tanto iraquíes como extranjeros, vinculados al grupo al-Qaeda y otros movimientos terroristas afines. Los coches bomba y atentados que han sacudido Bagdad durante los últimos días son ejemplo de su capacidad de acción y de su voluntad de sabotear al nuevo Gobierno. Si, además de formar Gobierno, Maliki lograra, al menos, poner bajo relativo control la violencia y permitir una cierta normalización de la vida cotidiana, habrá tenido un gran triunfo y reforzará su credibilidad y legitimidad. Esto allanaría el camino para cumplir con otras tareas fundamentales, como reducir las tensiones étnicas y religiosas, aplacar el sectarismo, neutralizar el enorme poder de los clérigos chiitas, crear condiciones para reactivar la economía y, como resultado, abrir opciones a mediano plazo para reducir la presencia militar estadounidense. Un fracaso podría hacer irrefrenable la espiral de conflicto y poner en riesgo la integridad misma del país. A esto apuestan los insurgentes, terroristas y fanáticos. Impedir que lo logren y dar sentido a la esperanza de un mejor futuro para todos los iraquíes es el monumental desafío que tienen ante sí las nuevas autoridades y todos los dirigentes políticos que actúan dentro de la democracia.
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