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El simulacro de la gloria A propósito de una de las más costosas perversiones observadas en la políticaFernando Durán Ayanegui Cuando, en la década de 1950, llegué al Centro Superior Tecnológico de La Habana, encontré en el vestíbulo del edificio central el esperado busto de José Martí esculpido en mármol, los retratos de Antonio Maceo y de Máximo Gómez y, en la desnuda pared hacia la que se dirigía la mirada del Apóstol de la Independencia, un marco de madera en cuyo centro figuraba una cita que, atribuida a un oscuro pensador norteamericano cuyo nombre he olvidado ya dos veces, rezaba: "El principio más profundo del género humano es el anhelo de ser apreciados". Más de 40 años después, volví a leerla, esta vez en un periódico costarricense, en la versión siguiente: "El impulso más profundo de todo ser humano es el deseo de ser apreciado". Sin que el asunto me preocupara demasiado, me pregunté cuál de las traducciones se acercaría más al sentido original, en el entendido de que, de toda forma, ambas dejaban en claro lo que pensaba el autor de la versión inglesa. Inagotable y pesimista. Desde una perspectiva pedagógica, la adopción de aquel motus para una institución educativa me pareció siempre acertada; sin embargo, llegó el día en que la lectura del texto Deseo y horror de la gloria, del inagotable y siempre pesimista Emil Cioran, me hizo dudar de su pertinencia. Comenta el filósofo rumano-francés: "Si cada uno de nosotros confesara su deseo más secreto, el que inspira todos sus proyectos y todos sus actos, diría: 'Quiero que me alaben'. Nadie se atrevería a ello, pues es menos deshonroso cometer una iniquidad que proclamar una debilidad tan lastimosa y humillante, debida a un sentimiento de soledad e inseguridad que padecen, con la misma intensidad, los rechazados y los afortunados. Por imbuidos que estemos de nuestros méritos, la inquietud nos consume y, para vencerla, estamos deseosos de que se nos engañe, de recibir la aprobación venga de donde y de quien viniere... Se trata de una dolencia universal y, si Dios parece inmune a ella, es porque, una vez concluida la Creación, no podía esperar alabanzas por falta de testigos". De este modo, Cioran convirtió aquel dictum iniciático en algo así como "El impulso más profundo de un ser humano es el deseo de que lo alaben". Con ello pasó a explicar una de las más costosas perversiones observadas en la política, y tómese nota que me refiero a la política como praxis y no como manifestación intelectual. El caso es que, en algunos dirigentes, la búsqueda de la alabanza es casi siempre tan desesperada que, con tal de recibirla, acaban rodeándose de quienes la prodigan engañosamente y sin condiciones aparentes, pero a costa de un altísimo riesgo. Cuanto más inseguro es un líder, más patentes y peligrosas son la incompetencia, la vagabundería y la deshonestidad de quienes lo rodean. Tiene razón Cioran cuando afirma que el observador descubre "visos de súplica" en la mirada de quien arriesga todo tan solo para que le digan que es "alguien". El político y el soldado. A este respecto, la historia pareciera enseñarnos que, en términos generales, el político suele ser menos inteligente que el soldado, ya que rara vez un gran soldado se equivoca en la búsqueda de que sus acompañantes sean los más responsables y los más competentes. Escribo soldado, y no militar, porque pienso en Julio César, Napoleón, Bolívar, De Gaulle o Eisenhower y no en Pinochet, Pérez Jiménez o Hitler. Me refiero al Soldado que realmente arriesgaba algo en el combate y, desde luego, a la hora de escoger a sus colaboradores inmediatos, aquellos que lo personificaban en la vanguardia, la retaguardia y los flancos de cada legión, no se daba el lujo de seleccionar a los débiles, los tontos o los cobardes. Al morir el soldado Alejandro Magno, sus secretarios, los sátrapas o gobernadores de las comarcas conquistadas, se convirtieron en reyes cuyas dinastías solo serían tardíamente derrotadas por soldados de la envergadura de un Julio César. Por el contrario, un político cualquiera, sin fama ni reino que heredar, puede recurrir, sin riesgo -y sin gloria, por supuesto- a esa inagotable provisión de sicofantes que, para lograr que les disimulen su estulticia, su deshonestidad o su incompetencia, alaban y aplauden como si sus oídos acabaran de descubrir el Himno de la alegría. Con todo, es oportuno recordar siempre que la decadencia del imperio español y el brillante futuro del imperio británico quedaron definidas para siempre cuando, en 1588, Felipe II decidió poner al mando de la armada española, "la Invencible", al Marqués de Medina Sidonia, cortesano "buena gente", navegante inexperto y, pese a todo, tan honesto como para advertirle al monarca, antes de asumir el almirantazgo que en el mar "siempre estoy mareado y siempre me da catarro". Con ayuda meteorológica, aunque los vientos soplaron también contra ellos, los ingleses despedazaron a la "Invencible", y acierta el historiador militar Charles Fair cuando, sin pasar por alto la incompetencia de Medina Sidonia, centra la culpa en Felipe II y afirma además que el monarca español "no puede menos que parecernos familiar, en particular por haber sido un comandante en jefe que nunca hizo, él mismo, otra cosa sentarse frente a un escritorio a planear lo imposible".
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