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EDITORIAL

Hamás contra su pueblo

Pese a su total aislamiento, los dirigentes extremistas no cambian de actitud


El peor enemigo del pueblo palestino es, hoy, su propio Gobierno, dominado por el grupo radical Hamás. El origen de su llegada al poder fue, sin duda, legítimo: unas elecciones en Cisjordania y la franja de Gaza, jurisdicción territorial de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), en las que obtuvo, limpiamente, una sólida mayoría de votos. Sin embargo, en lugar de utilizar ese respaldo para convertirse en un factor realmente positivo para avanzar hacia el sueño de un Estado palestino viable y democrático, capaz de convivir con Israel en condiciones razonables y dignas, los principales dirigentes de Hamás se han encerrado en sí mismos y han hecho gala de sus peores instintos. Por esto, lejos de ponerse a la altura de sus serias responsabilidades, han decidido permanecer atados al carácter violento e intransigente del grupo.

A pesar de las necesidades de paz de su pueblo y de las fuertes presiones externas, el nuevo Gobierno, a diferencia de su antecesor (dominado por el partido Fatah), se ha negado a reconocer a Israel y a renunciar a la violencia. Es decir, ha decidido mantener su apego al terrorismo como opción legítima de lucha, algo que rechazan tanto los israelíes como la comunidad internacional, y que ha conducido a que la Unión Europea, Estados Unidos, las Naciones Unidas y otros donantes cortaran su respaldo financiero a la administración de la ANP, aunque han mantenido su ayuda humanitaria. Hoy, el Gobierno palestino está en virtual bancarrota, lo cual podría, a corto plazo, conducirlo al caos, y arrastrar en esa ola a amplios sectores de la población que dependen de los salarios públicos.

La intransigencia de su actitud se reflejó con toda crudeza en la reacción oficial ante el atentado suicida que cobró el lunes, en Tel Aviv, la vida de nueve civiles (entre ellos dos franceses y dos rumanos), así como del atacante, y que reivindicó la organización terrorista Yihad Islámica. Lejos de condenar el hecho, lo cual habría sido una señal positiva de gran importancia, el Ministerio del Interior palestino difundió un comunicado justificando el crimen, al que calificó como resultado de "la política de ocupación israelí", y varios dirigentes de Hamás criticaron seriamente al presidente, Mahmud Abás, por condenar el atentado. Es decir, pareciera que las responsabilidades concretas de ejercer el poder no han calado ni en el primer ministro, Ismail Haniyeh, ni en sus principales colaboradores. Y su virtual respaldo de la matanza de nueve inocentes, además de monstruosa, no ha hecho sino complicar la situación del propio Gobierno.

En medio de una condena universal por su actitud frente al atentado, diplomáticamente aislado y sin financiamiento para mantener la infraestructura administrativa y los servicios básicos, ¿hacia dónde pretenden ir estos dirigentes? Es obvio que las ayudas brindadas por Irán, Siria y algunos grupos islámicos, como supuesta "compensación" por la pérdida de otro financiamiento, no se mantendrán por mucho tiempo. La Liga Árabe, por su parte, ha insistido en que Hamás adopte un plan de paz que implique el reconocimiento de Israel; de lo contrario, no respaldará su acción gubernamental. Y Fatah, partido político histórico al que pertenece el presidente Abás, rechaza integrarse al gobierno "de unidad nacional" sobre el que ha venido insistiendo Haniyeh, a menos que modifique su actitud.

Es decir, Hamás ha chocado contra su propio muro de intransigencia, con un alto saldo de más violencia, incertidumbre, inestabilidad y sufrimiento, en especial para los palestinos. La esperanza es que, dentro del propio movimiento, logren imponerse sectores más moderados, que se alejen del curso suicida de los extremistas y tomen un camino de sensatez. Pero la realidad, por desgracia, da pocos motivos para suponer que así sea.

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