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¿Quién puede criticar?


Rodrigo Alberto Carazo Z.
Diputado

Desde mucho tiempo atrás, comparto plenamente la línea editorial de La Nación y las opiniones de mis respetados Alejandro Urbina y Julio Rodríguez en torno a la excelencia que debe darse en el sector público y sus continuas denuncias y reflexiones sobre la mediocridad que en muchos aspectos y sectores ha caído. En cuenta en el campo electoral.

Ya en 1997 (29/8) escribía don Julio del TSE que, en materia electoral, más bien había sido "pacato" (de poco valor, insignificante).

El tono fue subiendo; el 1.º de octubre del 2002, refiriéndose al tema de las donaciones privadas a los partidos, dijo don Alejandro que "el TSE fue, como mínimo, omiso en su acuciosidad", y acusó a su presidente, don Óscar Fonseca, de haber tenido una "indiferente actitud" y al Tribunal de haberse hecho "el de la vista gorda", permitiendo así la ocurrencia de ilícitos ante los cuales, advirtió Urbina, el Tribunal "no puede lavarse las manos simplemente enviando el tema al Ministerio Público" (que fue lo único que hizo).

"No me toca". De "ridículas" califica don Alejandro las declaraciones del TSE con motivo del financiamiento de las precampañas en el 2004 (19/7), atacando la "lógica" de su presidente, Óscar Fonseca, quien, sin más que "su estrecha interpretación... vuelve a escabullir su responsabilidad como rector del proceso electoral". Dice el director de La Nación que ese "acomodadizo 'a mí no me toca' del presidente del TSE no es nuevo ni debe sorprendernos" y termina citando a un diputado para quien "el mayor obstáculo es la actitud misma de los magistrados... que piensan que solo deben contar votos".

El 9 de diciembre de 2004, editorializa La Nación con el título "El TSE debe despertar. Transparencia, eficiencia y liderazgo son tareas urgentes" y menciona la debilitada legitimidad del Tribunal, señalando que preocupa "la forma omisa, complaciente y hasta miope en que el Tribunal ha enfrentado temas de fondo para la democracia", ante las que el Tribunal "tomó una actitud pasiva, que bordeaba en la negligencia", acusando que la pasividad es endémica al punto de que ha "adormecido" las necesarias reformas electorales.

Orientación. "En materia electoral no hay pecados veniales", sentenció don Julio el pasado 12 de febrero en frase que, en mucho, orientó la labor de fiscalización del escrutinio que desempeñé para esos días.

Ya ambos, don Julio y don Alejandro, nos habían advertido: "en pureza electoral... esta generación perdió la virginidad" ( En vela, 29/8/97, refiriéndose a maniobras fraudulentas en la convención de Liberación Nacional).

El mismo 12 de febrero don Alejandro encomiaba el sistema de escrutinio manual porque, al contrario de lo que sucedería con el voto electrónico, el manual "sí permite auditoría".

No, dijo pronto el TSE en repetidas resoluciones de febrero y marzo, el escrutinio de votos "no tiene las dimensiones de una auditoría electoral".

Observé cuidadosamente el proceso de escrutinio y fui documentando lo acontecido. Cuando un periodista de La Nación, después de haber solicitado información telefónica al TSE (que no ha dado un "informe final", como asevera el Editorial del 6 de abril), solicitó mi criterio, lo envié por escrito.

Fui crítico del Tribunal, sí. Al estilo de La Nación, de don Julio y de don Alejandro, e igual que ellos sin mala fe ni agravio, pero me gané una andanada editorial al día siguiente.

Discrepar de ese Tribunal de resoluciones pacatas, omiso en su acuciosidad, indiferente, que se hace de la vista gorda, de estrecha interpretación, complaciente y hasta miope -todo en palabras de La Nación-, se constituye en un recurso político indigno y en una estrategia de "lanzar dudas sobre el honor de las personas y de las instituciones públicas" si quien lo manifiesta es alguien que, con conocimiento de causa, se preocupa, igual que La Nación y sus editorialistas y columnistas, en esperar lo mejor de quienes están obligados a dar lo óptimo. La Nación puede hacerlo, pero, con ocasión del proceso electoral del 2006, no se vale que lo hagan otros. Hay en eso una gran diferencia.

Nota de la Redacción:

Sí, en efecto, "hay una gran diferencia". Las críticas al TSE, en columnas y editoriales de La Nación se referían, como dice el diputado Rodrigo Alberto Carazo, al tema de las donaciones políticas y a la urgencia de las reformas electorales. En cuanto a maniobras fraudulentas en una convención del PLN, en 1997, La Nación condenó estas conductas.

Si, en el escrutinio de las elecciones de febrero del 2006, La Nación elogió el proceder del TSE no fue por complacencia, sino porque dirigentes del PAC, como el diputado Carazo, han estado sembrando dudas sobre la limpieza de dicho proceso. Las informaciones sobre un fraude en estas elecciones se publicaron en la prensa internacional. Dichosamente, el bien ganado prestigio de Costa Rica en esta materia se mantuvo incólume.

Esta es la cuestión de fondo. No es correcto, entonces, que el diputado Carazo utilice las opiniones de La Nación, en otras circunstancias y en otras cuestiones, para ajustarlas a sus intereses políticos de hoy. El TSE puede ser objeto de críticas, como cualquier institución pública. Sin embargo, "hay una diferencia" capital entre estas críticas y la siembra de dudas sobre un fraude electoral.

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