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Maestro Mario A. Arguedas Ramírez maario@costarricense.cr Profesor, Universidad Nacional La pregunta me la plantearon al filo de un evento internacional sobre educación: "Don Mario: ¿cuál es la característica esencial de un maestro?". Hacía escasamente una semana que había visto la película La pasión de Cristo y presentes tenía las imágenes de su crucifixión. Ante el doloroso sentir de unos clavos traspasándole sus manos y pies, destrozando su piel, tendones y venas, y después de haber vivido el calvario de la deshonra y el maltrato, Jesús oró: "Dios mío, perdónalos porque no saben lo que hacen". Esas imágenes muestran al maestro en su primer y esencial rasgo: el maestro cree en sus discípulos. En el momento mismo en que el maestro deja de creer en sus alumnos, los discípulos no tienen maestro. Error de apreciación. En una oportunidad tuve un alumno que "me daba problema" con su actitud en clase. Diariamente estábamos en conflicto, lo cual generaba un ambiente nada saludable a todos en el aula. Un día me entero de que este inquieto joven era hijo de un antiguo compañero de colegio al que guardo especial afecto. Su papá me lo hizo saber en un encuentro fortuito, donde además me contó el oculto aprecio y admiración que su hijo sentía por mí. A partir de ese momento mi relación con el muchacho cambió y el ambiente de aula fue excelente. Yo aprendí, con un pesar en mi alma, que "el problema" lo tenía yo y no el joven. Había creado una idea falsa del estudiante, lo estigmaticé como "alumno problema" (quién sabe por qué inconscientes temores personales). El estigmatizar es una manifestación clara de la pérdida de fe en una persona, y en el caso de jóvenes o infantes, la manera más precisa y cruel de su desorientación. Y, cuando ello proviene de quienes son sus mentores (padres, profesores, religiosos, .), la situación se agrava aún más. Dominio personal. Creer en las personas es permitirles ser y actuar aun en contra de nuestras convicciones e intereses. Solo el dominio personal manifiesto en desprendimiento, tolerancia, disimu- lo y humildad pueden propiciar tal posibilidad. Aunque Jesús creyó en sus errados detractores, no fueron salvos todos quienes le escucharon, sino quienes en él creyeron. Este hecho pone de manifiesto el segundo rasgo esencial de un maestro: lograr que sus discípulos crean en él. Esta es condición fundamental para la transformación. Osho la describe de manera precisa cuando dice: "El maestro es energía que mueve la energía en ti, el maestro es alegría pura y el discípulo está junto a su lado, participando de su alegría, de su ser, comiendo y bebiendo de la fuente eterna e inagotable. El maestro ilumina, colma tu ser de luz, es luz". Creer y que crean en él, esos son las dos columnas que edifican a un maestro. Y, cuando hablo de un maestro, no solo pienso en un religioso o en un profesor, pienso en el gobernante de un país, en el gerente de una empresa, en el padre o madre de familia, en los adultos en general. Por ello, en dicha oportunidad, concluí mi respuesta parodiando a la Madre Teresa: Todos estamos llamados a ser maestros. Amén.
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