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El punto de partida

La política, más compleja que el ajedrez, pertenece al plano de la realidad

Carlos Ml. Arguedas


La sombría foto del presidente electo, don Óscar Arias, tratando de afrontar con cautela y parsimonia la bulliciosa acometida de los periodistas en la puerta de su casa, flanqueado por el rostro volunta- riamente inexpresivo de la respetable esposa de su adversario, don Otón Solís, y por la actitud distante y displicente en vías de ser hostil de este, no auguran nada bueno.

Uno sabe que estos acontecimientos no se dejan librados a la espontaneidad o la improvisación. Los políticos suelen ser magníficos histriones, capaces de sostener el tipo hasta en las circunstancias más difíciles e inesperadas. Uno sabe también que una cosa es lo que pasó en la privacidad de la biblioteca de su residencia, que es el sitio donde a lo mejor don Óscar resolvió hacer las veces de anfitrión -que el sitio cuenta: es de suponer que don Otón habrá estado allí muchas veces en el pasado en actitud más relajada-, y otra distinta la ocurrida en el portal de la casa. Tampoco había simetría en el atuendo: el Presidente electo restó calor a la ocasión enclaustrado en un traje que a mí me pareció color mostaza -pero yo padezco de irremediable miopía-, mientras su adversario optó por vestir como un hombre común.

Urgencias diferentes. Si había un guion, la insistencia de los periodistas en los avatares del TLC no dio oportunidad de ensayarlo; la agresividad de los periodistas es monotemática, aunque tal vez no sea culpa de ellos. Pero tiendo a creer que no había ninguno. En cambio, es evidente que había urgencias políticas diferentes.

En cuanto a don Otón se refiere, toda la parafernalia estaba destinada a confirmar su condición de jefe de su partido, pero, más que esto, a ir configurando el carácter de jefe de la oposición. Lo primero nadie se lo discute, aunque pudiera haber cerca de él quien sueñe inútilmente lo contrario; lo segundo es un asunto de mediano plazo y erizado de obstáculos, pero he oído que a estas alturas los signos astrológicos (¡a lo que puede ser llevado el análisis político en este país!) le favorecen. Si bien se mira, don Otón ha perdido en dos elecciones, pero en ninguna de ellas ha sido derrotado.

Sin mortificación. El sinsabor de una visita conyugal que quizás pudo ser públicamente menos entumecida y más graciosa, precisamente porque no estaba destinada a comprometer una agenda ni nada remotamente parecido (eso vendrá después, y ojalá que así sea), lo encajó el Presidente electo sin visible mortificación. No está mal. Nada hizo don Óscar Arias para destruir el personaje de su adversario: el líder al que hay que respetar, con quien hay que dialogar y al que no se puede manipular. Esto va en su vena pragmática, insistente pero paciente. El arte de la política es como el de la seducción: lo que falta para llegar depende de adónde quieres ir.

La foto de la visita es solo el punto de partida. La política es mucho más compleja que el juego de ajedrez; pertenece al plano de la realidad. Así que hay que revocar lo que dije al principio: los buenos y los malos augurios son cosa de quienes se dedican a la adivinación, pero no de quienes tienen por oficio la política, como don Óscar y don Otón.

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