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/LA NACIÓN

Nuestro desafío impostergable


Ennio Rodríguez


Hace unos años tuvimos la suerte de vivir en México, país extraordinario y hospitalario. De una riqueza cultural invaluable. Sin embargo, la pobreza y la concentración del ingreso generaban cuadros dolorosos todos los días. El lujo ostentoso conviviendo con la miseria. Hace unos meses me dijo mi esposa: "Costa Rica ya está como México". Sabía a qué se refería.

Los resultados de la Encuesta de Hogares confirman esa percepción intuitiva. En México, el quintil más rico de la población tiene 19.3 veces el ingreso del quintil más pobre. En El Salvador esa razón es de 19.8. Hoy en Costa Rica esa razón es de 20 veces. El contraste con los países desarrollados no podría ser más alarmante. En España el coeficiente es de 5.4 veces y en Noruega es 3.9 (cifras basadas en el Informe de Desarrollo Humano de Naciones Unidas).

Lo más preocupante no es solo el dato en sí, sino la tendencia al deterioro del indicador de concentración de la riqueza en nuestro país. Estudios del Banco Mundial comprueban que la violencia y la delincuencia no se asocian con los niveles absolutos de pobreza, sino con la desigualdad. Con base en este resultado, se podía predecir un hecho evidente: nuestro país se tornaría, cada vez, más violento. La apatía electoral y el creciente desencanto institucional también son resultados a esperar. El modelo de desarrollo está fracasando estrepitosamente. Sin embargo, los culpables no son ni la globalización ni la liberalización comercial.

La globalización es producto de la combinación de dos trayectorias de cambio tecnológico que se refuerzan mutuamente: el abaratamiento de las tecnologías de procesamiento de la información y la reducción en los costos para la transmisión de la información. El resultado de ambos es la interconexión de mercados y culturas antes separados. Los mercados financieros operan crecientemente de una manera tan interconectada como si fueran un solo mercado mundial. Consecuentemente, las políticas económicas poco pueden influir excepto en un sentido negativo: rápidamente se pagan los platos rotos de políticas fiscales o monetarias poco prudentes. En esto, literalmente se acabó la ideología.

Soberanía y TLC. Si la interconexión de mercados es fruto de la tecnología, la liberalización comercial solo viene a remover barreras e ineficiencias cada vez menos importantes, pero que introducen una desventaja competitiva a quienes las mantienen. Idealmente, la liberalización comercial debería ocurrir en el marco de la Organización Mundial de Comercio, pero ante su estancamiento, se vuelve estratégico implementar tratados de libre comercio (TLC).

Estos no son más que un marco jurídico para darle mayor certeza al creciente volumen de transacciones transfronterizas. La soberanía de antaño la borró la globalización. Contrariamente a lo que se afirma, los TLC son un intento de rescate de soberanía por un grupo de países que deciden darle marco jurídico a las relaciones entre sus agentes económicos que ya operan con un horizonte supranacional.

La pregunta entonces es cómo participar más efectivamente en un mundo interconectado de tal modo que los beneficios alcancen a todos. El problema actual es que la globalización ha traído beneficios, pero estos no han sido suficientes y, lo peor, se han distribuido inequitativamente. Nuestro desafío es rescatar a ese Estado anémico, capturado por grupos de presión y corrupto, para que juegue el papel que le corresponde ante la globalización: redistribuir el ingreso y crear condiciones para el crecimiento. La redistribución se logra más por el lado del gasto que por los ingresos fiscales.

Así el gasto (y su eficiencia) debe aumentarse significativamente en desarrollo humano (eliminación de la pobreza extrema, educación y salud) e infraestrutuctura. A su vez, debe revisarse las múltiples intervenciones y regulaciones con el objeto de crear el mejor clima de inversión posible. La reforma fiscal necesaria, por su parte, debe ser simple, fácil de recaudar los tributos, equitativa e igualitaria.

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