Guido Fernandez
La gente piensa que los periodistas estudiamos ingeniería molecular. Nos imagina sentados a la mesa de diseño tratando de reestructurar la sociedad. Nos atribuye una suerte de poder de sanación divina. Nos supone gravitando milagrosamente sobre el pensamiento y la acción del público. A los periodistas nos hace cosquillas esa percepción, la cultivamos y, por qué no, nos servimos de ella. Por eso, no falta quien nos vea en afanes alevosos de conspiración para limpiar el planeta de enemigos y hacer sobresalir solamente a los amigos. Por eso tenemos reputación de jactanciosos y omnipotentes.
Yo confieso que me sentía más aprendiz y novicio que impetuoso reformador social cuando entré a la oficina del Director de La Nación aquel 1º de mayo de 1968. Tenía algunas ideas y sentía la ebullición de una época de cambio ideológico mundial. Venía de Berkeley, California, y de Washington, D.C. y sabía lo que estaba ocurriendo en París y en Tlatelolco. Pero los zapatos me quedaban grandes. La silueta patriarcal y de hondas dimensiones humanas de don Ricardo Castro Beeche, fallecido apenas siete meses antes, estaba presente en el periódico y permanecería ahí por mucho tiempo. No podía ser de otro modo: había sido director y gerente durante diecisiete años, y la huella breve pero también duradera de don Sergio Carballo, habían moldeado a la empresa.
Con Manuel Jiménez Borbón y Fernán Vargas Rohrmoser había discutido muchos cambios. Pero primero tenía que asir las riendas, lo cual no sería posible mientras no tomara posesión real de aquellos sobrios muebles de metal gris y tapices rojos que me había heredado don Ricardo.
Dos años después, en 1970, quien acudió en mi rescate fue, paradójicamente, don Pepe Figueres. Era el primer año de su tercera administración, y por cierto, lo hizo más de una vez. ¿Sería por eso que nunca participé de la animosidad que evidentemente había contra él en ciertos corredores del edificio de La Nación en la avenida primera? (En alguna parte he dejado escrito que el editor de fotografía sistemáticamente eliminaba la de don Pepe cada vez que Mario Roa le traía una para publicar, muy al estilo de la vendetta del diario El Comercio de Lima con respecto de Víctor Raul Haya de la Torre, de cuyos funerales no dio noticia por no mencionar su nombre).
Si don Pepe no guardaba por mí admiración tenía sus razones, y cito solo una. En 1954, en su segunda administración, yo era un bisoño reportero de Diario de Costa Rica cuando don Otilio Ulate me envió a cubrir una gira por la zona bananera. Una noche, entre los tabiques de la casa de huéspedes, escuché furtivamente una conversación del Presidente de la República y el embajador de Estados Unidos, Robert C. Hill, que yo convertí inmediatamente en una nota exclusiva, de primera página, en mi opinión gran hazaña periodística. Don Pepe se puso furioso.
Eso no le impidió, sin embargo, servirme de resorte para salir del anonimato. (Don Pepe me dijo una vez que a él se le olvidaban con facilidad "las tortas que le hacía La Nación", y este fue el caso. Así era don Pepe. A diferencia de los chinos, para quienes no hay amigos duraderos ni enemigos eternos, para él no había sino camotes de un día y diferencias efímeras ).
Dieciséis años después, de nuevo en la Presidencia, tuvo la ocurrencia de retarme a un debate por televisión, en cadena nacional, sin límite de tiempo, para discutir el tema de la hacienda pública. Sin esa resplandeciente oportunidad, yo no habría salido de la relativa oscuridad de la oficina en donde todavía me aturdía el enorme deshumidificador con el que alguna vez don Ricardo Castro Beeche había intentado, sin éxito, combatir el asma. Y creo que tampoco me habría ganado el respeto de mis compañeros.
Eso fue en 1970. El moderador escogido por ambos fue un amigo común, Rodrigo Madrigal Nieto, y a él y a miles de televidentes les consta: cuando terminaron las tres horas de discusión, en vivo y sin anuncios, incómodo por mis argumentos pero sin dar el brazo a torcer, don Pepe concluyó el diálogo invitándome a dejar La Nación para irme a trabajar con él "puesto que estábamos de acuerdo en todo".
No lo estábamos. El defendía una política fiscal keynesiana, deficitaria y controlada. Yo, una política fiscal conservadora, como todavía la defiendo. Por cierto, yo me había asesorado de Miguel Angel Rodríguez y Alberto Di Mare, y el asistente de don Pepe era Oscar Arias. Sin embargo, creo que yo escuché más a mis amigos que don Pepe a su colaborador en el Ministerio de Planificación.
Pero esa no fue la única circunstancia en que don Pepe, sin proponérselo, vino en mi ayuda. La proverbial confrontación entre La Nación y Liberación no cejaba (la pugna que se remotaba a los ácidos editoriales de don Sergio Carballo contra la Junta de Gobierno en 1948 y 1949) y proporcionó indirectamente otra mano de don Pepe para mí.
El choque entre don Pepe y La Nación alcanzó un tono tan vitriólico y descompuesto que don Pepe creyó llegado el momento de realizar el sueño de su vida: tener su propio periódico.
Invitó a Costa Rica a Robert Vesco, quien tenía la plata y necesitaba el refugio. En La Nación reaccionamos con tal mezcla de estupor, indignación y susto que decidimos ejercitar por primera vez, con un equipo de jóvenes periodistas, lo que Alberto F. Cañas llama averigüismo: desentrañar, exhibir y desarticular las relaciones financieras entre el Presidente y el financista prófugo de la justicia norteamericana. Una indagación parecida solo la había hecho en La Nación, y creo que en la prensa costarricense en general, Joaquín Vargas Gené, con aquella prodigiosa saga reporteril sobre el robo de la Virgen de los Angeles.
La respuesta de don Pepe fue ponernos la competencia. Se inventó un periódico progubernamental y liberacionista. Vesco lo financió con $2,4 millones de aquella época -impresionante el tamaño estándar, como lo fueron en su época La Tribuna y Diario de Costa Rica, cientos de miles de ejemplares regalados en todo el país con las primeras ediciones del diario- y puso al frente de la empresa a los mejores talentos del partido, el doctor Luis Burstin, presidente; Rafael Segovia Atencio, gerente, y tres directores de lujo en vez de uno -Alberto F. Cañas, Enrique Obregón Valverde y José María Penabad.
A pesar de contar con tanta gente de primera, y el 10 por ciento del dinero que Vesco les había escamoteado a los inversionistas norteamericanos, Excélsior no llegó a cumplir su cuarto aniversario. El periódico fracasó y cerró, y hoy los clientes de un mercado de artesanías en Curridabat posiblemente no saben que ahí está la cripta de ese fallido intento.
Pero el resultado en cuanto a La Nación fue extraordinario. No solo se fortaleció el periódico en el primer lugar sino que se afianzó en él hasta cumplir hoy sus primeros 50 años. Y aquí entro en materia porque me han pedido que escriba sobre la influencia de La Nación en el avance de los medios de comunicación en el país y me han puesto, por supuesto, cuatro cuartillas como límite.
Mi tesis es que sin duda La Nación es el principal medio de comunicación escrito del país y de América Central, como Telenoticias lo es en la televisión, pero que su posición no siempre y no solo ha sido el resultado de sus propios actos sino de la interacción de circunstancias históricas en las cuales está inmerso.
Primero, Excélsior fogueó a algunos periodistas que luego enriquecieron las filas de La Nación (Lafitte Fernández y Ricardo Quirós). Yo me llevé a Rocío Fernández para trabajar con Norma Loaiza las notas culturales. Ahí nació la tercera apertura del periódico al espectro cultural e ideológico del país, el de las artes y las letras, gran capítulo de otro aggiornamento igualmente importante: la Página 15, que yo había fundado a pocos días de haber llegado a la Dirección, y el suplemento Ancora. (Agradezco, de paso, a Eduardo Ulibarri, el haber conservado y fortalecido estas tres experiencias, para mí una de las razones que explican la consolidación de La Nación en la vida del país).
Segundo, los planes de modernización de La Nación se aceleraron: fotocomposición, impresión en frío, separación de colores, el nuevo edificio en Llorente de Tibás (una tarea que la Junta Directiva nos encargó al arquitecto Carlos Escalante van Patten y a mí), y particularmente la energía de las nuevas caras en la Redacción, entre otras Eduardo Ulibarri y Guillermo Fernández, y cuando aun no habían cumplido 20 años (que me excusen si ya los tenían), Edgar Fonseca, Marcela Angulo y Pilar Cisneros. Ellos y ellas se unieron a Edgar Espinoza y a Carlos Morales para emprender, con los viejos y los no muy viejos, un periodismo diferente, más profesional y menos interesado en la condición epitelial y efímera de los hechos cotidianos.
La infusión de talento no se quedó ahí. Hoy se ha derramado capilarmente sobre toda la prensa costarricense y constituye parte de la savia prolífica de la que los medios de comunicación se alimentarán todavía durante muchos años.
Lo cual me lleva a tres conclusiones. La inicial es que los primeros años de la década de los setentas marcaron el punto de inflexión que definió en algún sentido lo que el periodismo costarricense habría de ser en los siguientes dos o tres decenios. Pero ello no se debió a un acto voluntario, autónomo y unilateral de La Nación sino, en gran medida, a la acción refleja y si se quiere de elemental supervivencia que desarrolló el periódico frente a la competencia de Excelsior. Esta, a su vez, la había desencadenado el deseo de La Nación de denunciar al país el peligro de la alianza entre don Pepe y Vesco, todo ello en el contexto de una pugna ideológica con Liberación y de una amarga confrontación personal con don Pepe.
Se puede hablar de correlación de fuerzas. Yo prefiero invocar la mano invisible de Adam Smith o las sincronías de Carl Jung. O la divina providencia, que sabe discernir entre malvados e inocentes cuando se dan estas querellas.
La segunda conclusión: el lindero que separa al buen periodista del mediocre no está marcado con sutilezas. El buen periodista llega a la Redacción con la idea de reportear los hechos de la manera más profesional y honesta, pero sin perder de vista el rumor lejano de los cambios sociales, la naturaleza íntima de las nuevas vertientes de la cultura (definida según André Malraux), los valores espirituales y éticos y las características sociopolíticas de su país.
El buen periodista no confunde la cruzada con la trinchera. Para él la lucidez y la tolerancia se sobreponen al fanatismo. (La Nación ha recordado recientemente en un maravilloso documental -un collage histórico hecho en vídeo por Xavier Gutiérrez-, el antecedente del editorial de protesta de don Sergio Carballo cuando encarcelaron a Carlos Luis Fallas bajo el ridículo cargo de un robo de gallinas. Yo debo agregar, a mucha honra, que en mi época Enrique Benavides y yo apoyamos la reforma al artículo 98 de la Constitución Política que le permitió al Partido Comunista volver a tener una presencia legal en el sistema democrático costarricense).
La Nación no es, pues, el resultado de planos que alguien dibujó en la soledad de un gabinete sobre el contorno de una sociedad perfecta e idílica. Como toda obra humana trascendente, entre los que trabajan y han trabajado en ella se podría trazar un paradigma de esa sociedad, pero la acción laboral cotidiana y la interpretación del paradigma van tomando forma todos los días, con avances, estaciones y retrocesos, con la concurrencia de quienes hacen el periódico y quienes lo leen.
Esas dos fuerzas -un concepto de periodismo y la forma como los lectores lo viven y participan de él- a veces actúan en armonía y a veces en pugna. Los temarios del periódico y los del público con frecuencia se encuentran en tensión y de pronto son pendencieros. Pero de lejos la lava candente en las faldas del Arenal también parece inmóvil. Basta acercarse un poco para advertir que no está quieta.
Y esta es la tercera conclusión: solo en los países totalitarios y con frecuencia no por mucho tiempo, el temario nacional y el temario de la prensa semejan círculos concéntricos alrededor de ejes de interés aparentemente compartidos por los medios de comunicación y el poder político. En los países abiertos y democráticos, lo normal es que no se confundan en uno solo.
El resultado en los países totalitarios es la confusión entre prensa y poder. El resultado en los países democráticos es la multiplicidad y pluralidad de medios de comunicación, un verdadero régimen de opinión pública y de opinión no publicada, y la explicación del éxito comercial e institucional de la buena prensa.
Finalmente, esa multiplicidad y pluralidad de medios de comunicación origina, a su vez, la alucinante variedad de los matices. Vemos una prensa ajena, indiferente, una especie de entelequia en la que se desahogan vanidades o intereses de gupo.
Vemos una prensa que prefiere colocarse en una posición alternativa, contracultural o minoritaria y desde ahí criticar o torpedear el sistema con la intención de depurarlo.
Vemos una prensa artesanal dedicada a la sedición, al periodismo samizdat soviético de copias impresas en Xerox y circuladas clandestinamente, o el inusitado muro de la democracia en la primavera de China de 1980. Su intención no es depurar el sistema sino sustituirlo. Y vemos, por último, esa otra prensa que intenta buscar e identificarse con el temario nacional.
Ambos sectores están legitimados por la naturaleza múltiple de las fuerzas del quehacer del hombre. Pero la prensa que intenta aproximarse al temario nacional tiene una tarea muy compleja. Si la superficie de esos círculos de temario propio y temario nacional no hace intentos de fertilización o ni siquiera se toca tangentemente, esa prensa también queda condenada a la periferia. E, ipso facto, a reservarse para ella un papel militante de freno y contrapeso de la realidad cultural, social y política de un pueblo, pero castrado de acción inmediata y sin mucha esperanza de convertirse en un proyecto de dimensiones nacionales.
Y tomo de nuevo el asunto de los círculos del temario de la prensa y el público, o como dicen ahora, de la agenda. Si el terreno común se amplía y entreteje en una red más sólida es porque ambos, prensa y público, han llegado a un acuerdo tácito: ensayar un proyecto de dimensiones nacionales que refleje mejor e interprete de una manera más profunda la realidad que tienen entre manos.
Si la crisálida sale de su capullo y vuela por sí sola es señal de que la prensa y el público se deciden por la amalgama de una institución. En ese instante estamos en presencia de una obra hecha por ambos y propiedad de ambos. A partir de ese momento, ni la prensa decide por sí sola, ni el lector y el comerciante imponen sus criterios. La decisión sobre publicar y no publicar es en cierto modo compartida. Los propietarios, los periodistas, los administradores y los técnicos pasan a ser los ejecutores del proceso, los instrumentos de esa integración, y el público, el órgano de apelación y última instancia sobre la suerte de aquella aventura.
Es el caso de La Nación cuando publica denuncias contra el tabaquismo o contra el alcoholismo, mal que les escueza a los accionistas de las fábricas de cigarrillos y de cerveza que también lo son del periódico. Eso es lo que me dejaron a mí como experiencia mis 12 años como director de La Nación y lo que tengo en la mochila como resultado de mi paso por otros medios de comunicación, como ahora en canal 7.
En cada ocasión, como lo indica el ideograma chino para la palabra crisis, tuve la sensación de que estaba ante un peligro pero también ante una oportunidad y un reto. Por eso el estado actual de la prensa costarricense es como el vértice de muchas fuerzas tributarias.
Como el Río Sucio y el Río Frío cuando se juntan en el cañón del parque Braulio Carrillo. Uno ve cómo descienden de la sierra los dos brazos separados, cristalino e impetuoso el uno, manso y turbio el otro; y cómo, tan pronto pasan bajo el puente, la espuma se funde con el lodo y el cauce se hace más parsimonioso y ancho. Algo nos dice esta metáfora sobre el idiograma chino para la palabra crisis.