Jaime Daremblum
Han transcurrido cincuenta años desde que el gran estadista británico Winston Churchill usó la célebre metáfora de la "cortina de hierro" para referirse a la división del mundo en dos bloques antagónicos, divididos por sus ideologías y sistemas socioeconómicos. En este último medio siglo el mundo ha cambiado a un ritmo sin precedentes, resultado de una revolución científica y tecnológica asombrosa que colocó en las manos del hombre un potencial enorme, tanto para el desarrollo como para la destrucción masiva y final.
De la tregua armada a la guerra fría
Destruido el Leviatán perverso del nazismo y finalizada la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más cruento de la historia, pareció despuntar una nueva era de paz y esperanza. La fundación de las Naciones Unidas en la Conferencia de Paz de San Francisco auguraba un vigoroso esfuerzo colectivo internacional para prevenir una nueva conflagración.
Pero 1945 fue también un año de sombras. Los desacuerdos entre las potencias vencedoras tardaron poco en resurgir después de los años de alianza contra el Eje. Marcado por el nuevo impulso del expansionismo soviético, especialmente visible en la imposición comunista en Europa centro-oriental, y las crisis conexas de Berlín, Grecia, Turquía e Irán, el devenir internacional pasó rápidamente de la "tregua armada" a la "guerra fría", metáfora acuñada por el financista y asesor presidencial norteamericano Bernard Baruch en abril de 1947 y que habría de dar nombre a toda una época.
Estados Unidos había comprendido que las circunstancias internacionales demandaban un compromiso permanente y total en defensa de la democracia frente a la acometida soviética. Un resurgido Leviatán totalitario amenazaba en el Este y no existía escape posible hacia el desarme, el aislacionismo y la neutralidad, como había sucedido -con resultados tan negativos- después de la guerra de 1914-1918.
Con la clara racionalización enunciada en el "telegrama largo" de George Kennan y la sólida formulación de la Doctrina Truman, la política exterior estadounidense dio sus primeros pasos decisivos en la contención del expansionismo soviético: ayuda inmediata a Grecia y Turquía e implementación del gigantesco Plan Marshall para la reconstrucción de Europa y, más adelante, la conformación de la OTAN.
El respaldo de Estados Unidos también fue determinante para la partición de Palestina y el establecimiento formal del Estado de Israel en 1948. El liderazgo norteamericano, fundamentado en un poderío económico y militar entonces -y todavía hoy- inigualable, devino así en el factor más importante de la política mundial. La Guerra Fría pronto llegó a convertirse en un estado de tensión permanente, primero entre las superpotencias y luego entre los dos bloques encabezados por cada una de ellas.
Sin embargo, fue mucho más que un conflicto entre superpotencias y bloques. Fue en realidad la confrontación entre dos concepciones diametralmente opuestas y mutuamente excluyentes del ser humano, la sociedad y el mundo: democracia versus totalitarismo. La variable ideológica galvanizó ese enfrentamiento y le dio una dimensión moral.
Un largo conflicto
A partir de la intervención ordenada por Harry Truman en la guerra civil en Grecia para impedir la caída de esa nación europea en la órbita de Moscú, se inició una serie de etapas en este conflicto de casi cinco decenios. Hasta 1950, el escenario principal fue Europa, en donde Josef Stalin vio frustrados sus proyectos expansionistas, a pesar del indiscutible avance que representó la adquisición de capacidad nuclear por la URSS el año anterior.
Con la guerra de Corea, el énfasis se trasladó a Asia Oriental y el Pacífico. La victoria del maoísmo en China introdujo un factor clave en la región y, de esta forma, las ambiciones propias de Pekín se combinaron con las maquinaciones del déspota soviético para crear el primer conflicto armado importante de la Guerra Fría, que se prolongó hasta 1953.
La repentina muerte de Stalin -seguida por la contienda entre sus presuntos sucesores- y una postura más enérgica del nuevo presidente norteamericano, Dwight Eisenhower, iniciaron un período de relativa estabilización hasta 1959. Aunque el panorama internacional de los años cincuentas se complicó por los procesos de descolonización y la conexa proliferación de Estados afroasiáticos que no siempre correspondieron a realidades étnicas bien definidas, el equilibrio global entre las superpotencias se mantuvo inalterado, a pesar de las crisis de Guatemala (1954), Suez y Hungría (1956).
La toma del poder por Fidel Castro en Cuba, en 1959, abrió un capítulo crucial en la historia de la Guerra Fría. La rápida gravitación del régimen castrista hacia la esfera soviética y la incapacidad de Washington para prevenir o revertir ese proceso provocaron una alteración importante en el balance de poder: por primera vez la Unión Soviética se expandió en una tradicional zona de influencia norteamericana.
La Guerra Fría alcanzó un punto casi caliente, a raíz de la crisis de los misiles de octubre de 1962. Después de varios días de tensión exacerbada, en los que el mundo se acercó peligrosamente a una hecatombe, los soviéticos accedieron a desmantelar las plataformas de lanzamiento de misiles, pero Estados Unidos aceptó el alineamiento de Cuba y se comprometió a no apoyar otra invasión de la isla como la de Bahía Cochinos el año anterior. Acto seguido, la dictadura fidelista habría de transformarse en el nudo gordiano de la redes internacionales del terrorismo impulsado desde Moscú.
Tras el interludio caribeño, el foco central de tensión pasó una vez más al continente asiático, específicamente a Indochina. Luego de la retirada francesa en 1954, la zona se había desestabilizado paulatinamente y perfilaba convertirse en un nuevo frente para las ambiciones soviéticas y chinas. La intervención norteamericana para contener la insurgencia comunista en Vietnam, sobre todo a partir de 1964 con la administración de Lyndon Johnson, escaló vertiginosamente en un conflicto armado de vastas
proporciones. Washington no logró implementar una estrategia político-militar coherente y, peor aún, fracasó en convencer a la ciudadanía sobre el propósito de su involucramiento en las hostilidades. La extensión de la guerra a Camboya y Laos (1970) aumentó las presiones pacifistas en Estados Unidos.
En 1972, Henry Kissinger, asesor de seguridad nacional de Richard Nixon, ensayó el acercamiento con Pekín para limitar las ganancias soviéticas en Indochina y buscar una salida aceptable a la intervención norteamericana. Con el rapprochement Estados Unidos-China, se evidenciaron cambios importantes: el bipolarismo clásico de las fases anteriores cedió terreno ante las aspiraciones de Pekín -y sus crecientes choques con Moscú- y la mayor autonomía económica, política y militar de Europa occidental que Charles de Gaulle venía propugnando desde los años sesentas.
Carter y Brezhnev
Desde la caída de Saigón y la reunificación de Vietnam bajo dominio comunista, en 1975, la política internacional se caracterizó por un nuevo expansionismo soviético y un repliegue relativo de Estados Unidos.
A los costos políticos, económicos y psicológicos de la intervención en Vietnam se aunó la crisis interna provocada por el escándalo de Watergate para frustrar una política exterior norteamericana efectiva. Después del interregno de Gerald Ford, la administración de Jimmy Carter quiso reformular esa política siguiendo un nuevo idealismo basado en los derechos humanos que, desafortunadamente, era ajeno a las circunstancias mundiales.
La mediación en el acuerdo de paz firmado en Camp David entre Israel y Egipto, tras varias guerras manipuladas por Moscú, fue el único aspecto positivo de aquella gestión. Las vacilaciones de Carter resultaron evidentes en la crisis de los rehenes en Teherán y la incapacidad de responder adecuadamente a la insurgencia comunista en Centroamérica a finales de la década de 1970.
Por su parte, la Unión Soviética, embarcada en un programa de rearme -convencional y nuclear- sin precedentes, abrió nuevos frentes de expansión en Yemen del Sur, Etiopía, Mozambique, Angola, Nicaragua y El Salvador, utilizando a su satélite cubano. Además, la diplomacia moscovita supo alentar las dudas y miopías occidentales, aprovechando la détente y promoviendo la idea de una simetría ética entre el orden soviético y la democracia, es decir, una completa reversión del foco central en el conflicto Este-Oeste. Tales acrobacias ideológicas, sin embargo, en nada impidieron a Leonid Brezhnev continuar con la doctrina de intervención prácticamente ilimitada que había formulado años antes con motivo de la represión brutal de la "primavera de Praga", en 1968.
El despliegue del poderío soviético, empero, ocultaba serios problemas económicos y políticos. En primer lugar, el costo de la escalada armamentista y de las múltiples intervenciones imponía una carga cada vez más pesada a la economía soviética, la cual nunca fue un dechado de productividad y eficiencia. Y, una vez más, las aspiraciones de un mejor nivel de vida de la población eran pospuestas en aras de los designios imperiales.
Por otro lado, el sistema se hundía en uno de sus períodos de mayor corrupción y cinismo en el que la nomenklatura, con sus regalías y privilegios, hacía mofa de los ideales igualitarios del socialismo. Al angustiante déficit alimentario y los estantes vacíos en los comercios se agregaba la crisis de credibilidad. La invasión soviética a Afganistán en diciembre de 1979 y la babilónica inauguración de los Juegos Olímpicos de Moscú el siguiente verano parecieron señalar la cima del imperio; pero la verdad es que, al despuntar los años ochentas, la URSS era un gigante con endebles pies de barro.
La elección a la Casa Blanca de Ronald Reagan, en 1980, inauguró una nueva fase en la política estadounidense. Realizador de una política pragmática, Reagan se propuso devolver a su país el rango de gran potencia tras un período de dudas y decepciones. Volvió a insistir en la superioridad de la democracia y la economía de mercado frente al sistema soviético. En esa superioridad, según Reagan, debía fundamentarse una remozada y enérgica política de contención. Y, más allá de esta, formuló su doctrina de que sí era posible revertir los avances del comunismo apoyando activamente a los grupos y organizaciones locales que se le oponían.
Dispuesto a recurrir a la fuerza en caso necesario, inició un proceso de rearme en el que supo hacer valer la abrumadora superioridad tecnológica estadounidense y con el cual los agobiados recursos soviéticos no pudieron competir.La posguerra fría
En la actual transición de posguerra fría, el contexto mundial se caracteriza por tendencias contradictorias. Se da un proceso de mayor integración global mediante el comercio, las finanzas, las comunicaciones, los avances científicos. Y la cooperación internacional necesita fortalecerse para resolver los grandes problemas que enfrenta la humanidad en el desarrollo económico, el progreso social, la salud y la conservación ambiental.
No obstante, existe también una tendencia hacia la fragmentación. El destino común del hombre es negado por un elenco macabro de crimen organizado y fanatismos racistas, ultranacionalistas y religiosos cuyo epítome es el fundamentalismo islámico y su aparejo de terror centrado en la teocracia iraní. Estos retos opacan el futuro de la humanidad y obligan a un replanteamiento integral de los instrumentos internacionales, especialmente la ONU.
La desaparición de la URSS ha sido, indudablemente, el acontecimiento más significativo de los últimos cincuenta años, debido a sus consecuencias directas sobre la geopolítica mundial y, más importante aún, porque constituyó una prueba indiscutible de la superioridad de la democracia frente a cualquier despotismo. Aunque no exenta de obstáculos y retrocesos, la reafirmación democrática constituye la tendencia global de nuestro tiempo.
Pero el Leviatán totalitario sobrevive en China, empañando el horizonte no solo de Asia, sino del mundo entero. Las transformaciones capitalistas en esa populosa nación son aún islotes en un mar de absolutismo y hasta la fecha no auguran suplantar el modelo totalitario de Pekín.
Sin embargo, el ímpetu de la libertad suele derribar las cárceles del pensamiento. Esperemos que, con la agonía y extinción de este último Leviatán, el mundo pueda avanzar en sus aspiraciones de un futuro mejor.