50
AÑOS

Una actividad marginal de la cultura

Gabriel Macaya

Caracterizar un período reciente de nuestra historia implica muchos riesgos: ante lo convencional, al escoger sus límites, y en este caso particular, los últimos cincuenta años de desarrollo científico en nuestro país, al tratar de analizar un proceso que en años muy recientes manifiesta una gran actividad.

Distinguiría en este proceso varias etapas, a saber: un primer período, que no analizaré en este comentario, de grandes investigadores científicos pioneros, y que culmina en 1944, con la muerte de Clodomiro Picado, quien representa en nuestro medio el primer gran científico, o sabio, como muchos en su época lo llamarían. Un segundo período, ligado al desarrollo de la Universidad de Costa Rica (UCR), fundada en 1940, y a su programa de formación de profesores en el extranjero.

El tercer período refleja el desarrollo de instituciones de política y promoción científica, iniciado con la fundación del CONICIT, en 1972, y completado con la creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología en la administración Arias Sánchez. El cuarto período, en el que estamos ahora, es, tal vez, el más difícil de caracterizar, pero contrapone una gran confusión, en cuanto al papel del CONICIT y del Ministerio de Ciencia y Tecnología, y la consolidación, en las universidades públicas, principalmente, y también en otras instituciones de grupos de investigación de alto nivel, con reconocimiento internacional.

Es innegable el efecto que tuvo la política de formación de profesores de la Universidad de Costa Rica. Este grupo se capacita mediante estudios de posgrado en universidades extranjeras de renombre. Al ser la investigación el eje de la formación de posgrado en estas universidades, al reinsertarse estos profesores en sus funciones universitarias, comienzan a desarrollar actividades de investigación y a conformar masas críticas.

La Universidad, inicialmente con recursos de sus propias unidades académicas, apoya a estos investigadores tímidamente. Luego de la reforma de 1973, se crea la Vicerrectoría de Investigación en la UCR, y se institucionaliza el apoyo al desarrollo de la investigación.
Este proceso coincide, como hemos visto, con la creación del CONICIT, el cual tiene sus antecedentes en la Comisión Universitaria de Investigación (CUNI), ambas instancias desarrolladas por iniciativa del Dr. Rodrigo Zeledón, reincidente, al convencer al Dr. Oscar Arias, para que cree un Ministerio de Ciencia y Tecnología. La interacción de estas instituciones, de política y promoción de la ciencia, con las universidades ya en este período la UCR no está sola-, permite la conformación de proyectos de inversión en infraestructura para la investigación, financiados por la AID y el BID, que permiten la construcción y equipamiento de laboratorios de Investigación y servicios.

Este período se caracteriza también por una nueva preocupación: de ligar la investigación científica a las necesidades del llamado "sector productivo", y de demostrar la rentabilidad de la inversión en ciencia y tecnología.

Un efecto importante del proceso de formación de posgrado en el extranjero, ha sido el de la constitución de una comunidad científica con sólidas relaciones y colaboraciones con grupos de investigación extranjeros de gran prestigio. Se han creado así redes formales e informales de apoyo a la investigación científica costarricense.

Si bien en los momentos iniciales del desarrollo de nuestra capacidad de investigación, esta colaboración pudo haber significado una cierta subordinación de prioridades y temáticas a las de los grupos extranjeros más desarrollados, en la actualidad se ha constituido en un factor de atracción de colaboraciones y colaboradores extranjeros a proyectos generados por nuestros propios grupos de investigación.

En todo su desarrollo reciente, la ciencia no ha sido patrimonio exclusivo de las universidades públicas, otras instituciones han jugado papeles importantes. Sin embargo, su amplitud o sostenimiento corresponde a las primeras. Pueden citarse, sin ser exhaustivo, el Museo Nacional, el INCIENSA, el Ministerio de Agricultura, y más recientemente surgen instituciones privadas, siendo el Instituto Nacional de Biodiversidad una de las más exitosas.

En cuanto a las instituciones de política y promoción del desarrollo científico y tecnológico, atravesamos ahora un período de gran confusión. Se ha propuesto el cierre del CONICIT, aunque recientemente parece haberse abandonado la idea, el Ministerio de Ciencia y Tecnología ha desaparecido, convirtiéndose en un viceministerio del de Industrias, y la comunidad científica nacional clama por claridad en este proceso.

Sin duda, este breve e incompleto recuento de hechos y desarrollos llama a algunas reflexiones. Para el desarrollo científico es indispensable un marco institucional que garantice continuidad de largo plazo en las acciones. Y esto implica, en nuestro medio, abstraerse de la incidencia de la política partidista tradicional, cuyo horizonte temporal pocas veces va más allá de los cuatro años. Si de desarrollo científico se trata, la dificultad misma de prever su futuro, significa darle a esta actividad un marco de libertad creativa, generalmente en conflicto con los criterios tradicionales de planificación y rentabilidad al corto plazo.

Datos recientes colocan a Costa Rica en el grupo do países latinoamericanos con mayor producción científica per cápita. Más de la mitad de toda la producción científica centroamericana --medida en términos de publicaciones científicas--, se concentra en Costa Rica, y una gran parte de esta, en la Universidad de Costa Rica. Pero dado el tamaño de nuestra población, en términos absolutos, esta producción es pequeña, como lo es nuestra comunidad científica.

Esto me lleva a una consideración, en torno a la fragilidad inherente de esta comunidad frente a la enorme diversidad de la ciencia moderna. En estas circunstancias, la conformación de masas críticas, es decir de grupos de investigadores, que por su tamaño e interacciones, sobrepasan un umbral de producción mayor que el de sus integrantes trabajando en forma aislada, requiere procesos de identificación y selección de áreas o temas de investigación particularmente complejos.

Consideraciones o aspectos ligados a campos "a la moda", disponibilidad o imposición de temas relacionados con las fuentes de financiamiento, dependencia de colaboraciones con grupos extranjeros, pueden hacer frágil nuestro desarrollo científico.

En gran parte, la fortaleza de una comunidad científica viene de su redundancia. Esto posibilita multiplicidad y variedad de enfoques, posibilidades de reemplazo o sustitución de recursos humanos muy especializados, y representa, en general, una garantía de regulación ética y de excelencia, indispensable para el surgimiento de una actividad científica competitiva. Esta redundancia es condición prioritaria para la interacción entre científicos en los diferentes sectores, de investigación y productivos.

Esto nos lleva a una pregunta crucial: ¿Puede un sistema, necesariamente limitado en su tamaño y en sus posibilidades de financiamiento como el nuestro, soportar todos estos requerimientos? En otros términos, ahora que la indexación con respecto al PIB está de moda, la inversión requerida para desarrollar en Costa Rica una verdadera comunidad científica activa y competitiva, demandaría un nivel de gasto con respecto al PIB que, en la coyuntura actual de necesidades, nadie encontraría justificable. Y hacer depender este desarrollo de financiamiento extranjero, además de su fragilidad al largo plazo, tampoco parece viable. Esta situación exige gran claridad en las acciones que se emprendan. No podemos cometer errores. Y, desgraciadamente, la historia reciente, en cuanto al CONICIT y al Ministerio de Ciencia y Tecnología es un signo muy preocupante.

Cincuenta años de desarrollo de nuestra ciencia deberían haberla integrado ya a nuestra cultura. Pero sigue siendo una actividad "marginal" y mal comprendida. Los prejuicios son comunes, y un cierto sensacionalismo en nuestros medios de divulgación, no contribuye a su integración cultural. Hay mucho por construir.

Huellas vivas