500 tuneleros trabajan para dotar de 60 MW adicionales a hidroeléctrica Cachí

 16 junio, 2014
Pastor Cantillo, Perro Negro, es un líder entre unos 500 tuneleros que laboran actualmente en la ampliación de la planta Cachí. | ALONSO TENORIO
Pastor Cantillo, Perro Negro, es un líder entre unos 500 tuneleros que laboran actualmente en la ampliación de la planta Cachí. | ALONSO TENORIO

Perro Negro habló de dejar olvidadas dentro del túnel un par de uñas – “a fin de cuentas innecesarias” – tal y como las dejaron ir varios tuneleros más en el transcurso de los últimos dos años de excavaciones.

Calcula que le va a costar “aquerenciarse” en su casa, en Paraíso de Cartago, tras acumular unas 14.000 noches fuera; de un campamento a otro y de proyecto en proyecto, entre rincones muy lejanos del país.

“Esto es como perder un gato, pero al revés. Y se le suma que para la noche cuando uno llega, sorprende apestando a carne asada”, dijo Pastor Cantillo, conocido como Perro Negro.

“Son solo unas uñas menos, cortadas y majonazos. Ya si uno sale vivo de aquí, puede bailar y despedazarle el tele a la doña, del bailongo que se echa encima del aparato”, dijo a mediodía del jueves pasado, minutos antes de que se abriera el paso entre las alas A y B del túnel gemelo de la hidroeléctrica Cachí.

Y eso hizo, bailó sobre un cajón plástico anaranjado, como una especie de líder entre cientos de tuneleros. Al mismo tiempo salían jingles mundialistas desde una pantalla amarrada al túnel, cerca del teléfono para emergencias.

Sesenta megavatios (MW) de potencia adicional, que traerá la ampliación de esa planta hídrica cartaginesa, llevarían electricidad a 71.000 hogares. Eso implica tres años de labor de 1.062 personas; 500 tuneleros que se reparten las 24 horas diarias, del lunes al domingo.

El tope de túneles delató que falta un año para que la capacidad de Cachí sea de 160 MW. Serían 191.000 las familias, en siete comunidades de Cartago, las beneficiadas por el embalse a cargo del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE).

Imagen sin titulo - GN
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Bajo tierra. El que la máquina rozadora austríaca despedazara el último metro de barrera de ahí dentro hizo estallar una gritería bajo tierra, en el túnel de lúgubres 6.000 metros de largo y 5 m de diámetro.

Se izaron banderas hasta que se apagaron las imágenes brasileñas, ese día del tope de túneles. Tenían en mente, varios tuneleros, “entonarse y echarlo llenito como recompensa” al poner un pie fuera.

Pero dos días después volverían; aún está pendiente la etapa de revestimiento, las pruebas húmedas, y todo quedaría listo en enero.

Perro Negro hace de los túneles su casa desde 1976. Tiene 62 años, una esposa de 58, una hija de 26, nueve hermanos y el plan de pensionarse en el 2015. Ha hecho de misceláneo, fontanero y soldador para proyectos de energía del ICE como el Arenal, Pirrís y Cachí.

“No me han cobrado un cinco por la experiencia que gané en fontanería y soldadura. Si me la llegaran a cobrar, no tendría jamás cómo pagarles. Lástima que ahorita se termina este proyecto”, declaró.

Expresó que le pagan el monto justo y no requiere de aumentos salariales. Es más, no entiende cómo a los demás no les alcanza la plata. “Debe ser por la gastadera en guaro y cigarros”, calculó con desdeño.

Lo curioso es que desde que inició, 38 años atrás, las cuadrillas, capataces y capitanes en cada proyecto han sido casi todos los mismos. Y ha visto morir, a su lado, a tres.

Algunos de quienes suman décadas ahí, admiten que el tiempo les regaló modernidad. Hace 20 años se barrenaba a mano, no con máquina jumbo ; se ponían uno a uno los arcos y se extendía la piedra con pala. Además, esta vez no se usó tanto explosivo como suele hacerse en este tipo de obras. Rafael Arce, de 36 años, es el maestro a cargo de la primera y única máquina rozadora en el país, útil para cavar a “puro pulso”. Con su uso, Arce acepta que logró una exitosa disminución en el uso de dinamita.

La seguridad es hoy mayor: portan guante y mascarilla y en lugar de usar filtros de cigarro para tapar sus oídos, usan orejeras auténticas. Ya no se mueven con carritos ganaderos, sino con las “perreras”, y se les exige el cuidado de no atravesarse en medio de la línea férrea.

Durante 10 días laboran de 6 a. m. a 6 p. m. En medio quedan cuatro días libres, y por los siguientes 10 días trabajan de 6 p. m. a 6 a. m. Esos cambios de rol, aceptan varios, ni se sienten pues en el túnel siempre parece de noche, y da lo mismo.

Comenta Perro Negro que llega al trabajo una hora antes de la debida, “para que no lo dejen las perreras” y que es rarísimo topar con tuneleros amargados. Eso, a pesar de las jornadas cuatro horas más largas que las de un empleado público ordinario.

Olman Rojas, otro tunelero, cuenta con una mano los días para pensionarse y recuerda que en sus primeros años, en los ochentas, “era más bien una fiesta salir corriendo de la casa al proyecto”.

“Ya con el tiempo le va poniendo uno más cuidado a eso de la familia; se hace más duro pues mi esposa debe quedarse sola en El Coyol (Alajuela) y en casa son enfermizos. Lo pone a uno a pensar eso, porque no me puedo quedar. Y se va uno con aquello, pensando...”, dijo.

La ausencia en su casa y en su barrio con sus hijos, le preocupa también a Rafael, el maestro de la rozadora. Pero, sobre todo, los tiene nerviosos a él, a Olman, a Perro Negro, al vocero del proyecto Marcelino Rivera –y tal vez a muchos trabajadores más– qué pasará con ellos tras concluir este proceso.

No hay futuro sólido, lamentan. Los próximos proyectos del ICE son la Planta Hidroeléctrica Diquís (cuyo destino y año de arranque es aún incierto) y el embalse Reventazón, que estaría listo en dos años.