Poca preparación y desconocimiento sobre posibles panoramas entre los principales problemas de los habitantes de los poblados más cercanos al volcán

Por: Patricia Recio 18 mayo, 2015

Vivir a pocos kilómetros del volcán Turrialba motivó a don Olman Mora a tomar la decisión de salir con sus dos hijos y 20 vacas de su finca en La Central, y alquilar otra a unos cuatro kilómetros de la entrada del parque que alberga al macizo.

"Un día de estos estuvieron cayendo piedras, ahí sí ya me preocupé. Me da miedo que se venga una erupción y no poder salir ni sacar el ganado", relató.

Él y su familia conforman uno de los dos únicos hogares que aún habitan en el radio de 5 kilómetros de acceso restringido dentro del área del protegida. Toda la vida ha vivido ahí, pero es la primera vez que el coloso logra quitarle el sueño y asustarlo hasta la determinación de que lo mejor es buscar un nuevo lugar.

Las recientes erupciones del Volcán Turrialba motivaron a la Comisión Nacional de Prevención de Emergencias (CNE) a aumentar este lunes el círculo de restricción de acceso al volcán Turrialba que pasó de tres a cinco kilómetros a la redonda desde el cráter.

El queso que produce don Omar es conocido por muchos como uno de los de mayor calidad debido a que literalmente se produce en las faldas del volcán. A pesar de su traslado asegura que ese título no lo perderá, pese a tener que dejar su casa y su lechería, y acostumbrar su ganado a un clima de menor altura.

Para poder vender el producto que le da sustento debe bajar a caballo hasta la entrada al parque, pues ni siquiera quienes le compran el queso tienen autorización de atravesar las cintas amarillas que resguardan el acceso principal al volcán. Por eso también vive con la preocupación de que un jueves de estos, pase algo y su cliente no se anime a llegar.

"Imagínese qué hago yo con el queso si un día no vienen", cuenta don Olman, quien según dijo produce cerca de 100 kilos de queso por semana.

Otro de los problemas que deben enfrentar quienes conviven con el volcán es la lluvia ácida. A partir de octubre del año pasado, la lluvia comenzó a afectar los pastos que alimentan sus 20 vacas. La producción era de unos 150 kilos semanalmente y ahora sus vacas están flacas y dan menos leche.

Lluvia ácida y otros escenarios. Unos cuantos kilómetros hacia el noroeste, Germán Serrano, vecino de Pacayas, trabaja junto a unos seis peones en su cultivo de repollo. Aunque en sus palabras se evidencia una mayor tranquilidad, el agricultor también se ha visto afectado por las cenizas y el ácido que en más de una ocasión han acabado con sus repollales enteros.

Según dijo, en la zona donde siembra (a unos 7 kilómetros del volcán) el principal problema que enfrentan es el ácido que daña los suelos y los cultivos.

"Ese humo que tira como azul a veces lo agita a uno", contó el campesino.

La ceniza que los afectó fue la que cayó en octubre del 2014, cuando se dio la primera gran erupción con la cual el Turrialba le recordó a sus vecinos que también está vivo y despierto. El evento de marzo pasado lo vieron pasar de largo, pues según dijo, todo el material volcánico se fue para la capital.

La dirección del viento, la velocidad y la época del año son factores que influyen en el impacto de las erupciones.

Un informe de la Universidad de Costa Rica establece los mapas de peligros volcánicos y restricción de uso de la tierra en el volcán Turrialba, el cual menciona como probable que se repita el patrón de erupciones registradas entre 1864 y 1866, cuando el volcán estuvo activo durante dos años.

Los posibles escenarios para estos pequeños poblados ubicados a pocos kilómetros del cráter contemplan la ceniza, lluvia ácida y lo que los expertos llaman balística, esas famosas piedras grandes que son lanzadas a gran velocidad, las mismas que desde hace un par de meses le quitan el sueño a don Olman y sus hijos.

De hecho, Guillermo Alvarado Induni, especialista en vulcanología y geología de la Red Sismológica Nacional, dijo que el volcán podría entrar en una etapa más activa.

"El escenario que se está manejando no es el más crítico sino el parecido al del siglo XIX, que afectó los alrededores del volcán. Lo que recogían de ceniza es igual a lo que uno recogió ahora en marzo. En esa época hubo ocasiones que duró cinco días cayendo ceniza", explicó.

Cuidado con las lahares. Otro de los riesgos son las coladas de materiales expulsados por el volcán, que ante un panorama eruptivo como el que está viviendo el Turrialba son muy probables y podrían afectar a las poblaciones que viven cerca de los cauces de los ríos, ya que estas coladas, también llamadas lahares, arrastran a su paso troncos y otros materiales que con fuertes aguaceros pueden convertirse en importantes avalanchas.

Además, según Alvarado, lo más peligroso sobre todo para quienes viven a pocos kilómetros del volcán son los flujos piroclásticos, que se tratan de nubes de ceniza a muy alta temperatura y de las cuales ya ha habido registro en las últimas semanas.

Las coladas de lava no representan mayor peligro pues en caso de que se dieran su alcance no sería mayor a los cinco kilómetros que actualmente están protegidos dentro del principal anillo de seguridad y no se permite el acceso de particulares.

La lluvia ácida, que ha quemado los pastos alrededor del volcán, ha provocado la desaparición de poblados como la Picada, donde todo lo que queda son casas vacías, una iglesia abandonada y un paisaje desolado.

Pero del otro lado del volcán, en lo que se podría decir las faldas de la parte trasera, el principal daño por ceniza lo enfrentan los pobladores de San Gerardo de Robert.

El centro de este pueblo, cuya única vía de acceso (y salida) es desde el volcán Irazú, lo conforman una escuela, dos casas y una lechería.

La Picada es ahora un pueblo fantasma. La lluvia ácida hizo que se tornara imposible la vida en ese lugar.
La Picada es ahora un pueblo fantasma. La lluvia ácida hizo que se tornara imposible la vida en ese lugar.
Otro de los riesgos son las coladas de materiales expulsados por el volcán, que ante un panorama eruptivo como el que está viviendo el Turialba son muy probables y podrían afectar a las poblaciones que viven cerca de los cauces de los ríos.

Este punto ubicado en las faldas del volcán Irazú es el que según los expertos recibe la mayor cantidad de ceniza cada vez que al Turrialba se le ocurre hacer una exhalación.

Ahí viven unas 20 familias, que se dedican en su mayoría a trabajar en las lecherías de la empresa Dos Pinos y de otros particulares, que se encuentran un poco más alejadas del "centro".

Precisamente la escuela es el único punto de reunión público. Ahí llegan funcionarios de la Comisión Nacional de Emergencias, atiende un médico una vez al mes (pues tampoco hay centro de salud) e imparten lecciones a nueve niños de primero, cuarto, quinto y sexto grado.

Todos ellos son atendidos por el maestro Rodolfo Camacho, quien asegura que los pequeños no le temen a los ruidos que emite el volcán previo a realizar las emanaciones de gases y ceniza. Sin embargo, asegura el educador, ellos conocen el protocolo y saben donde se encuentran las máscaras que les sirven para proteger las vías respiratorias cuando los gases y la ceniza se adueñan del aire.

Pese a tener que lidiar con la ceniza a diario, la principal preocupación de los habitantes de esta comunidad son los animales.

"Aquí nos afecta mucho la ceniza y el olor a azufre, pero de lo que tenemos que estar más pendiente es de los animales, los pastos se cubren mucho de ceniza y las vacas se quedan sin alimento, eso baja la producción, a veces cuando cae mucha ceniza se les da heno", cuenta Juan Carlos Núñez quien labora en una de las lecherías de la zona.

Su esposa, Paula Gómez habla más de las implicaciones en la casa y los sustos que al principio les causaban los retumbos, a los que asegura ya se acostumbraron.

“En la casa, el principal problema es que no se puede tender la ropa y casi siempre hay que estar encerrados. El volcán está haciendo erupciones y no se sabe cuándo va a lanzar cenizas”, afirma la ama de casa quien también trabaja ordeñando ganado en la lechería.

Prevención. En la Pastora el panorama es contrario, este pueblo que sí se encuentra dentro del anillo preventivo por la actividad del volcán es el menos impactado y sus pobladores los menos preocupados.

Ahí, Jorge Fonseca, quien es dueño de un pequeño abastecedor, es uno de los pocos que cuenta con un plan de emergencias familiar. Con orgullo lo muestra y asegura que su familia tiene conocimiento de este manual que les indica las acciones a seguir en caso de una erupción, los puntos de reunión y hasta el contacto de emergencia a quien acudir. Pero él es la excepción en este pueblo donde varios vecinos consultados aseguran no tener ningún tipo de previsión porque a ellos la ceniza no los ha afectado.

Para Javier Pacheco, vulcanólogo del Observatorio Vulcanológico y Sismológico, aún falta mucho trabajo con los pobladores.

Pacheco asegura que es necesaria la instrucción permanente ante el proceso que se está viviendo.

Además de prevenir, es necesario acabar con mitos. Ambos expertos coinciden que irónicamente quienes más preocupados son los pobladores de Turrialba centro, quienes no se verían afectados en caso de un evento mayor.

También preocupa el estado de las vías de acceso y por ende para eventuales evacuaciones en caso de emergencia.

Otro de los aspectos que han valorado, según reconoció Alvarado, es la compra de un radar que emita una alarma para alertar a los pobladores en caso de una erupción, ya que con las cámaras dependen de otros factores como la nubosidad para detectar el momento en que se está dando una exhalación.

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