Hay quien se libró de la cocina eléctrica y están quienes cada vez se duchan menos

 17 agosto, 2014
Ana Castro, vecina de Metrópolis 1 (Pavas), medita por unos segundos antes de abrir la refrigeradora. | PABLO MONTIEL
Ana Castro, vecina de Metrópolis 1 (Pavas), medita por unos segundos antes de abrir la refrigeradora. | PABLO MONTIEL

Los costarricenses se sacan de la manga cualquier medida de ahorro, eficiente o no tanto, con tal de batallar contra las alzas en los recibos de electricidad.

La sala y cocina de Ana Castro, de 57 años, están repletas de casi cuanto accesorio eléctrico conoce, pero, con costos enciende uno de los pocos bombillos del techo. También parece meditar unos segundos antes de ir a la refrigeradora y evita al máximo usar los discos de la cocina.

Castro asegura que su recibo de luz cayó de ¢15.000 a ¢8.000, ya que, por fin, sustituyó la “muy anticuada refri ”. Esta fue la mejor solución que se le pudo ocurrir, dijo esta ama de casa de Pavas.

“Las luces nunca las prendo; esa tele no sirve y aquella otra solo es una pantalla. La compu no tiene CPU y la cocina que se ve allá no prende. Aquí solo usamos la refri y el sartén eléctrico”, repasó.

Marta Cascante, de 47 años, prefiere comer fuera de casa antes que desembolsar montos “millonarios” a la empresa eléctrica. Ya no cocina mondongo, lengua, costilla ni pierna de cerdo porque eso implicaría dos o tres horas de una cocción “demasiado cara”.

No tiene idea de por qué paga ¢47.000 al mes si sustituyó cada bombillo viejo por uno más eficiente, jamás aplancha, y desconecta y conecta los enchufes y relojes despertadores de las cuatro personas que habitan con ella, en San Francisco de Dos Ríos.

Para evitar que sus salarios se esfumen tras la llegada del recibo, Linette Villegas, de Pavas, y Argentina Peralta, de Osa, se deshicieron de sus cocinas eléctricas. Argentina construyó un pequeño fogón, y Linette adquirió una cocina de gas, por más terror que le tenía a dar ese “peligroso” paso.

Otros, como Sara González, de Ciudad Quesada, ya no ven tanta televisión como antes y dejaron de pensar en la ducha como algo prioritario. Flora Morera, también sancarleña, solo la usa cuando la temperatura está muy baja, y ni hablar de lavar la ropa: es un lujo.

En este país están quienes, como Gilbert Cubillo, aseguran vivir felices sin recibir un solo kilovatio.

“ ¡Qué va! Aquí es con candelas. Yo, hace rato, quité la luz. No me rompo la cabeza. Estaba demasiado cara y tuve un pleito con la gente del cableado. De por sí, la luz a mí no me hace falta; además, todo lo eléctrico aquí ya está quemado”, manifestó el agricultor de 55 años, vecino de Pacuarito de Siquirres.

A inicios de julio, la muy repetida promesa del Gobierno de lograr una rebaja a corto plazo en el precio de la luz, topó con cerca: no habrá recibos más baratos, al menos durante 18 meses. Su compromiso pasó a ser mantenerlos estables y buscar una solución mientras tanto.

¿A qué recurren? Marquesa Cruz, de Pavas, confesó que paga menos desde que la Compañía Nacional de Fuerza y Luz (CNFL) impartió un curso en su comunidad sobre estrategias para ahorrar energía.

El consumo promedio residencial ha venido cayendo de manera sostenida: en el caso de los 520.000 abonados de la CNFL, este es de 250 kilovatios hora (kWh), y no de los 260 kWh de “unos meses atrás”.

“Aunque cada vez hay más aparatos, esta disminución revela que hay hábitos de ahorro y equipos eficientes que provocan que disfrutemos de las facilidades, pero con un consumo inferior al histórico”, dijo Víctor Solís, jerarca de la CNFL.

Una de las nuevas opciones es la tarifa residencial horaria, incentivada por la CNFL, que procura que sus clientes eviten usar ciertos aparatos en las horas pico: de 10 a. m. a 12:30 p. m., y de 5:30 p. m. a 8 p. m.

Hoy, 6.372 abonados sacan provecho de esa estrategia. Según la entidad, por un consumo similar se ahorran un 21 % en la tarifa de luz.

La entidad también imparte capacitaciones sobre el uso eficiente en centros educativos y pretende sustituir la iluminación tradicional en instituciones públicas.

En el 2008, el cliente residencial del ICE consumía unos 200 kWh mensuales, pero hoy consume unos 180 kWh. En casi el 85% de los hogares del país dicen aplicar acciones de ahorro.

El Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) no considera incentivos financieros para promover tecnologías eficientes; se inclina por procesos de certificación de eficiencia y reglamentos técnicos.

Por ello colaboró, por ejemplo, en la elaboración de un marco normativo en refrigeración, iluminación, aire acondicionado, etc. Ahora se concentra en un decreto de exoneraciones para incentivar la importación de equipos que trabajen con altos niveles de eficiencia.

De acuerdo con Carlos Obregón, presidente del ICE, la reducción del consumo energético es atribuible a tecnologías eficientes, campañas de ahorro y crisis económicas –tanto locales como globales–. A esto se suma que hoy hay más abonados de bajo consumo conectados a la red. colaboraron los corresponsales Carlos Hernández y Alfonso Quesada.