Por: Mercedes Agüero 17 junio, 2013

Una niña fue mordida por una terciopelo en La Ceiba, Honduras.

La alerta llegó hasta el radio de comunicación de Arnoldo Alfaro. Se ocupaba, con una urgencia, un suero antiofídico para contrarrestar el letal veneno.

La vida de la menor estaba en riesgo y no aparecía al antídoto.

“Me llamaron a mí y resulta que la Caja (Costarricense de Seguro Social) no tenía (el suero). Llamé al Hospital de Liberia, porque creo que en esa zona es donde hay más terciopelo, y tampoco tenían”, narró.

Con una visión de servicio formada a lo largo de sus más de 50 años de ser radioaficionado, Alfaro no se dio por vencido y siguió buscando el suero.

“Me vine al CIMA y ahí estaba el antídoto. Valía solo ¢5.000.

Llamé a la embajadora de Honduras aquí y le dije: necesito dejarle esto para que usted vea a ver cómo lo envía a su país. Y esa dosis llegó a tiempo; la niña se salvó”, relata con gran satisfacción este veterano del espectro.

La emergencia, dijo, ocurrió hace dos años y aunque parece algo tan sencillo, es una muestra de que esos pequeños radios pueden salvar vidas.

La gran bondad de la radiocomunicación es que no tiene fronteras. “El rey de Jordania hablaba con nosotros todos los días. El papá de Alejandra Guzmán, Enrique Guzmán, cada vez que la hija venía aquí y ‘se jalaba una torta’ me decía: Arnoldo, andá a ponerle orden”, recordó.

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