Por: Ángela Ávalos 25 marzo, 2013

La foto de la pierna derecha de Francini Morera muestra un amasijo de hueso, pines y músculo muerto.

No parece una pierna, aunque los ortopedistas han luchado los últimos nueve meses para evitar la amputación de aquella extremidad vuelta añicos tras un accidente en motocicleta.

El choque sucedió el domingo 10 de junio del 2012. Francini salió a las 3 p. m. del supermercado donde trabaja y tomó su moto. No había recorrido ni 500 metros, cuando un carro cuyo chofer se brincó un alto la embistió.

“Yo salí por los aires. Cuando me quise levantar, no pude; vi el hueso afuera. Era la tibia”, recuerda esta madre, de 30 años.

La radiografía reveló que también tenía fracturados los platos tibiales y el peroné.

Lenta recuperación. Desde entonces, han pasado nueve meses, siete de los cuales ha estado internada en el albergue del Instituto Nacional de Seguros (INS), en La Uruca, San José.

Su salvación vino por la póliza de protección a terceros que tenía el dueño del vehículo que la impactó. Su póliza de motociclista no le hubiera alcanzado ni para un mes de atenciones.

¡Que si la vida le ha cambiado! De ser una mujer activa, ha pasado a depender de su mamá, su hija de nueve años y su pareja, porque aún no puede caminar: apenas puede apoyar la punta del pie lesionado.

Las operaciones a las que ha sido sometida superan la decena. De hecho, el miércoles 20 de marzo fue sometida a una más. Francini espera que este sea el final de una larga pesadilla.