Trabajadores dejan sus oficios habituales para entretener a la gente en estos días

Por: Ronny Rojas 30 diciembre, 2012
Pantalla completa Reproducir
1 de 4

El festejo y la diversión de unos son el sustento para otros, y en estos días eso se ve con mucha claridad en el campo ferial de Zapote.

Allí, mientras muchas familias aprovechan la tarde soleada para reír, caminar y comer, otros se ganan la vida en una cocina, detrás de un bar, vestidos de payaso, barriendo o enfrentando toros.

Muchos llegan de sitios lejanos, en los que el nombre de Zapote no representa mayor cosa.

Por ejemplo, los tres socios argentinos que a punta de buena carne alteraron la tradicional oferta gastronómica de estas fiestas.

Se llaman Fabián Sirri, Miguel Ángel Bravetti –bonaerenses los dos– y Elder Aguirre, de Mendoza, en las faldas de Los Andes.

Hace un par de años el destino los unió detrás de una parrilla y hoy su chinamo es un éxito gracias al churrasco, el choripán y las costillas de cerdo, que resaltan entre el vigorón y la manzana escarchada.

“Al día vendemos 200 kilos de carne de res, 200 kilos de chorizo y 150 kilos de cerdo. Nos va bien”, dice Aguirre con una sonrisa. Y, si en Zapote les va bien, en Palmares sería mejor pues irán con tres chinamos a las fiestas de enero.

Cerca de la parrillada, sentados bajo el sol, están Deybi Ballestero y Allan Alvarado, amigos y vecinos de Guadalupe, Goicoechea, cuyos nombres de trabajo bien podrían ser apodos en el parque de Alajuela: Chimpandolfo y Marioneta.

Ellos trabajan como payasos y se pasan todo el día pintando las caras de los niños, quienes por ¢1.000 también reciben un globo.

En realidad no trabajan en Zapote, sino en Curridabat, al otro lado de la línea que divide ambos pueblos. “La Municipalidad de San José no quiere darnos permiso para trabajar. ¿Por qué don Johnny (Araya) no apoya el arte? ¿Qué hay de malo en pintarle la cara a un niño?”, reclama Chimpandolfo, en alusión al alcalde de San José.

Así se les va el día, esperando a los niños y cuidándose de no pasar la frontera en el pavimento pues la Policía Municipal josefina podría decomisarles sus pertenencias.

Aseo. Frente a los payasos, de pie y con un trapo en la mano, encontramos a Leticia Esquivel, quien nació en Jinotega, Nicaragua, hace 40 años, y hoy es la encargada de limpiar los sanitarios portátiles que se alquilan a los necesitados por ¢200 o ¢300, según sea la necesidad.

Cada vez que alguien sale del baño, ella entra a limpiar con desinfectante y desodorante ambiental.

Gana ¢10.000 al día y asegura que su trabajo no le molesta. “Solo hay que tener paciencia con la gente borracha, pero al trabajo hay que entrarle”, expresa sonriente.

Dentro del redondel para toros el asunto no es muy diferente. Allí está Alexánder Solórzano corriendo tras los animales vestido de Chapulín Colorado. Este mecánico industrial de Guápiles es parte de la renovada familia torera, una especie de combinado entre el Salón de la Justicia y la vecindad del Chavo del 8. Él y su gente –Batman, Flash, Robin y Quico– ganan ¢50.000 por corrida y pasarán el verano viajando por el país.

Etiquetado como: