Por: Ángela Ávalos 4 febrero, 2016

A Fernando Méndez casi lo matan de un balazo cuando andaba fumigando por una de las calles de Barranca, en Puntarenas.

Se salvó de la muerte porque el arma se le trabó al atacante, quien, enfurecido, lo golpeó con la cacha en la frente hasta hacerlo sangrar. Este trabajador de 23 años, alguna vez pensó que el kimono azul con el logotipo del Ministerio de Salud lo protegería mientras fumigaba las calles de Barranca o El Roble.

Lleva dos años en este empleo, mas nunca había vivido un ataque como este del 20 de enero. Ese miércoles, casi al mediodía, estaba en Bonanza con su máquina fumigadora cuando un hombre entró en cólera despotricando contra él por motivos que desconoce.

“Supongo que estaba drogado. Desde que llegué, no dejó de insultarme. Cuando pasé frente a su casa fumigando, salió con una pistola y me disparó, pero se le encasquilló la bala. Como no pudo dispararme, agarró la cacha de la pistola y me golpeó con fuerza en la frente. No perdí el conocimiento, pero sí sentí mucho dolor y se me nubló la vista. Un carro que pasó me llevó al hospital”, relató el joven, quien también estudia Derecho.

La seña del golpe la guardará por siempre sobre su ceja derecha. La herida aún está fresca, pues apenas se viene recuperando tras su periodo de incapacidad, que venció esta semana.

Fernando y sus compañeros de cuadrilla admiten que hoy se ha vuelto más común sufrir ataques de este tipo. A veces, estos provienen de drogadictos que están “muy elevados” (drogados). En otras, los agreden para asaltarlos, pensando que llevan pertenencias de algún valor.

Varios de sus compañeros han sufrido asaltos. Uno, incluso, desvió con su brazo una puñalada que le intentaron propinar en el pecho para robarle.