Por: Ángela Ávalos 27 diciembre, 2015

“Señor, ¿podría pasar a mi hijo a otro lado? No ve que esa luz le aumenta la fiebre y el mercurio lo inquieta más”.

Imposible. Christopher Solís Quesada, de 21 años, siguió varias horas acostado en una camilla, bajo la luz de un fluorescente, en un estrecho pasillo del Servicio de Urgencias, en el Hospital San Juan de Dios.

Su mamá, Margarita Quesada Aguilar, llevaba muchas horas haciendo guardia junto a él mientras se encontraba la causa de la fiebre intermitente.

En la estrechez de ese servicio, cumplir una solicitud como la de Margarita habría sido todo un lujo.

Ahí hay que “meter la panza” para que la gente logre avanzar a través de corredores compartidos por acompañantes de enfermos, pacientes y personal de salud demasiado lleno de trabajo.

Christopher es autista y tiene epilepsia refractaria. Ellos viven en Los Guido de Desamparados, en San José.

El jueves 17 de diciembre, su sitio estaba frente al Banco de Sangre y debajo de unos bombillos que no se apagan nunca, aunque afuera brille el sol en todo su esplendor.

“Aquí no hay dónde sentarse. Estoy sin desayunar, sin almorzar y llevo cuatro días sin poder dormir”, contó Margarita con unas ojeras que respaldaban sus palabras.

Esta familia de dos depende de una pensión con la que pagan su casa e intentan costear los tratamientos de Christopher.