Por: Ángela Ávalos 10 diciembre, 2015

La Cruz. Hasta hace poco más de un mes, los esposos Marcela Barquero y Edwin Sánchez se dedicaban a sus respectivos trabajos y a criar a sus hijos.

Colaboraban con la Iglesia católica como parte de la Pastoral Familiar y apoyaban a las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción durante los días de la catequesis.

Hoy, esta pareja y la formada por Sonia Gamboa Bonilla y el médico José Danny Jara Salas, son los principales responsables de asegurar que la comida llegue a más de 350 cubanos repartidos en los albergues del Centro Pastoral Monseñor Héctor Morera, y al llamado fogón de la parroquia.

Desde el pasado 15 de noviembre, cuando el Gobierno nicaragüense cerró su frontera a estos migrantes, en el cantón de La Cruz, uno de los más pobres del país, han abierto 11 de 12 centros para esta población. En la zona, hay otro en Liberia.

En el país funcionan 26 albergues, en sitios como San Ramón, Upala, Los Chiles, Guatuso y Zarcero, con cerca de 5.000 cubanos.

Recargo. Las jornadas de esos dos matrimonios se han alargado.

Barquero trabaja en la municipalidad local y su esposo es topógrafo independiente. El escaso tiempo libre ahora lo dedican a ayudar a los viajeros.

Alberto Osoria (primer plano) pasa el día en un saturado cuarto habilitado en el llamado fogón de la parroquia de La Cruz, parte del albergue del salón parroquial Monseñor Héctor Morera, ubicado en La Cruz de Guanacaste, donde se encuentran más de 300 ciudadanos cubanos.
Alberto Osoria (primer plano) pasa el día en un saturado cuarto habilitado en el llamado fogón de la parroquia de La Cruz, parte del albergue del salón parroquial Monseñor Héctor Morera, ubicado en La Cruz de Guanacaste, donde se encuentran más de 300 ciudadanos cubanos.

De ellos, resaltaron que la mayoría es gente muy educada.

La religiosa Juana Adelina Fernández Leiva, una de las tres monjas franciscanas, afirmó que el apoyo de estas dos parejas y de varias familias más que abrieron sus casas a los cubanos, ha sido vital para sobrellevar la carga de la atención a estas personas.

“Ya cogimos este trabajo y ya no lo podemos soltar”, apuntó.

Cada día, ella va a fincas de la zona a recoger donaciones de leña y frutas para preparar los tres tiempos de alimentación.

La preocupación que ronda entre todos se debe al tiempo que se ha prolongado esta crisis.

“Algunas de las familias colaboradoras me han manifestado su ansiedad porque no esperaban que esto tardara tanto. Son gente pobre, la mayoría, que está viendo incrementado el consumo de agua y luz en sus casas”, resaltó la hermana Juana.

Sin embargo, se dan los milagros, pues aunque el número de comensales aumentó, nunca les ha faltado para darles de comer.

“Es como el milagro diario de la multiplicación de los panes”, manifestó la religiosa.