9 noviembre, 2014

Le saluda un ciudadano. Uno del millón trescientos mil que lo elegimos presidente el 6 de abril.No solo le di mi voto, como cientos de compatriotas, yo también convencí a otros de votar por usted. Probablemente porque soy uno de esos pésimos periodistas, convencidos de que, en determinados contextos, la neutralidad es un acto de indiferencia.

Todos mis amigos, familiares y gente cercana votaron por usted. ¡Fuimos tantos! Casi todos votamos con ganas, como quien –por una vez– hace lo que quiere y no lo que le queda. Fue un voto ilusionado, alegre, hinchado de esperanza luego de un febrero inolvidable. La aplastante mayoría del pueblo que decidió cambiar.

Pero en las últimas semanas muchos empezamos a levantar la ceja. Algunos están confundidos, pero no pocos ya incluso se preguntan si aquel 6 de abril metimos la pata.

A mí no me cabe la duda. Estoy convencido de que en las elecciones de 2014 hicimos lo que había que hacer. Pero no estoy seguro de que se esté haciendo ahora.

Tinta fresca
Tinta fresca

¡Es que todavía no vemos el camino! Los argumentos se fueron agotando uno a uno: la finca encharralada, los primeros 100 días, los segundos 100 días, estamos empezando, fue Laura, denme tiempo.

También se han ido esfumando los simbolismos, tan corrongos como importantes. Las matas del jardín, la visita a los vecinos, las banderas de colores, el homenaje a Juanito... No es de extrañar esa creciente sensación de que lo simbólico ha ocupado el lugar de lo ejecutivo. Y el cambio, si hay algo que no puede ser, es simbólico.

Hay asuntos de fondo que nos ha costado entender: la apuesta por la DIS, cada vez más desorientada y charlatana. Un clérigo, sostenido contra viento y marea en Presidencia para un Gobierno que defiende la laicidad del Estado. El abultado Presupuesto Nacional de quien se comprometió a demostrar una ejemplar austeridad. La posposición de la agenda de derechos civiles. Las frecuentes contradicciones entre miembros del Ejecutivo.

Habría que sumar los temas de forma: no se agarre con los medios, deje que la prensa haga su parte y usted la suya. No se enfrente a “las redes sociales”, ofrezca espacios de participación efectiva y verá cómo se diluye la crítica majadera. Apueste decididamente por los principios de Gobierno Abierto, por la transparencia, el acceso a la información, y la colaboración. ¡Es un signo de los tiempos y una cita con la historia! Intervenga la comunicación del Gobierno y unifique el discurso, pero no a punta de circulares, sino en torno a una visión compartida.

El reloj corre para “ese cambio creador y fresco” que nos anunció en mayo. Urge capitalizar sus buenas intenciones en acciones que marquen el rumbo. Dibuje el camino suyo, que fue el que elegimos los votantes. Que “el mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe para donde va”.

El momento es ahora.