Residentes le pidieron ayuda para movilizarse en la zona cuando hay protestas

Por: Esteban Oviedo 15 mayo, 2014

Ayer a las 8:40 a. m., Marcela Méndez escuchó que alguien tocaba el timbre de su casa, ubicada al costado oeste de Casa Presidencial.

Marcela Méndez observa al mandatario alejarse luego de que pasó a su casa para saludar.Albert Marín.
Marcela Méndez observa al mandatario alejarse luego de que pasó a su casa para saludar.Albert Marín.

La joven de 20 años salió en pijama y encontró, frente al portón de la vivienda, a un nuevo vecino que venía para presentarse: el mandatario Luis Guillermo Solís.

“¿Ay, pero por qué trajo tanta cámara? ¡Y yo en pijama!”, expresó, emocionada, Méndez, quien confesó estar “enamorada” de los ideales del nuevo gobernante.

“Es increíble; no se esconde”, agregó. Ella nunca había recibido la visita de un presidente, pese a vivir a escasos 100 metros de la sede del Gobierno en Zapote.

“Ojalá no nos saquen del barrio”, le manifestó Solís, quien a esa hora apenas iniciaba su excursión.

Luego continuó su camino, tocando timbres, tocando portones y llamando con un “upe”.

En la casa de Ángela Quirós le hicieron una solicitud: habilitar permisos para que los vecinos de Casa Presidencial puedan pasar sin problemas a sus casas cuando hay manifestaciones en la zona.

“Con las huelgas a veces hay un problema y entonces los hijos que venimos aquí, de los papás de aquí, que todos son señores mayores, no podemos entrar. Entonces, a veces se nos complica venir a visitarlos”, dijo Siany Vallejos, hija de Quirós.

A esta y otras inquietudes similares, Solís respondió diciendo que se elaborarían carnés para los residentes de los alrededores, de manera que puedan pasar.

“No les puedo prometer que no habrá manifestaciones”, le advertía el político a la gente.

Solís llama desde un portón diciendo “upe”.Albert Marín.
Solís llama desde un portón diciendo “upe”.Albert Marín.

María Salazar, hija del escritor Carlos Salazar Herrera, no solo le abrió la puerta sino que le obsequió un libro de su padre. “Hasta que estoy temblando; me hubiera vestido”, comentó ella, mientras su esposo, Fred Bacon, dijo que la visita del mandatario era un símbolo de transparencia, similar al que hizo cuando mandó quitar los árboles que tapaban la vista hacia el edificio presidencial y las vallas metálicas que lo rodeaban.

Amable Vásquez y Carmen Peña, una pareja con 65 años de matrimonio, afirmó que este es el primer presidente que ven en su barrio. “Los demás pasan escoltados”, resaltó el hombre.

Conforme avanzaba, en cada casa y en cada acera, los vecinos sacaban sus teléfonos para tomarse fotos con el gobernante.

“Ya sabe que estamos a la par, si necesita algo me avisa”, le dijo Solís al encargado de una pulpería que le estrechó la mano desde una ventanilla con verjas.

También visitó la sede de la Cruz Roja Costarricense, diagonal a Casa Presidencial, donde le obsequiaron un chaleco y un casco en medio de numerosas fotografías.

Un vecino de Casa Presidencial sale a saludar al presidente Luis Guillermo Solís, quien visitó a los vecinos de la sede del Gobierno para presentarse. Albert Marín.
Un vecino de Casa Presidencial sale a saludar al presidente Luis Guillermo Solís, quien visitó a los vecinos de la sede del Gobierno para presentarse. Albert Marín.

“Que el señor lo bendiga”, le dijeron frente al comercio Zapote Market. Luego entró a la carnicería Méndez Hermanos y a las oficinas de la Corporación Bananera Nacional (Corbana), así como a un taller de enderezado y pintura.

A cada paso, una foto. Ana Helena Chacón, la segunda vicepresidenta, lo llamó desde una parada de autobús para presentarle a una exsuegra. Solís acudió y cerca de allí, mientras reanudaba el camino hacia el centro de Zapote, tomándose fotos entre la gente, extendió la mano a un caminante que le declaró: “Ahí está el hombre”.

Después llegó a la casa de Michael Alvarado. “¿Cómo está?”, le preguntó Solís. “Pura vida, papá”, le respondió el joven, quien aprovechó para fotografiarse junto a sus hijos con el presidente.

También pasó por el kínder de la localidad, por la farmacia de la esquina, en el centro, hasta llegar a la iglesia católica de la localidad, pues quería entrar a saludar.

Sin embargo, en la entrada había una carroza fúnebre y personas vestidas de negro en las gradas de acceso. “Hay un funeral”, advirtió Solís, que decidió entrar solo.

Pasó entre los presentes y ya dentro se hincó. Luego de un rato salió junto a los sacerdotes e incluso los dolientes, quienes terminaron sacándose fotos con él.

Había tiempo: el sepelio empezaría unos 40 minutos más tarde.