Los cubanos llenaron de color y amor un conflicto político y fronterizo que los varó en el límite entre Costa Rica y Nicaragua desde hace una semana.

Por: Alessandro Solís Lerici 22 noviembre, 2015
Cubanos en la frontera entre Costa Rica y Panamá.
Cubanos en la frontera entre Costa Rica y Panamá.

Guanacaste

Se deja ver la luna en La Cruz de Guanacaste, a 16 kilómetros de la frontera con Nicaragua. Está fresca la noche del lunes y en las faldas de la pampa se ha desatado desde el domingo un drama fronterizo que tiene a unos 2.000 cubanos anclados en Costa Rica, dada la negativa de Nicaragua de permitirles transitar y retomar su romería hacia los Estados Unidos.

“No somos los primeros que queremos pasar por ahí (por Nicaragua). Son situaciones que estoy más segura que no son por migración, pero esta vez nos tocó a nosotros”, manifestó en un refugio de la pastoral católica una señora que prefirió no ser identificada. “Estoy incómoda, porque creíamos que iba a ser una travesía mucho más rápida para llegar a las tierras de libertad, como les llamamos nosotros”.

“Hemos huido por cuestiones políticas y económicas, y Estados Unidos nos da la libertad de acogernos y huir, porque estamos huyendo del sistema en que vivimos”, dice con voz entrecortada pero ocultando su ansiedad con una sonrisa y un temple que es común en esta comunidad cubana.

Hasta el miércoles, 883 personas permanecían en albergues instaurados por la Comisión Nacional de Emergencias, con el apoyo de múltiples organizaciones. Además de la pastoral, se izaron tres refugios adicionales en La Cruz, y el miércoles se inauguró otro en Liberia.

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17/11/2015. Partida de domino en el gimnasio del Colegio Nocturno de la Cruz. Foto: John Durán.

El 37% de las personas albergadas hasta el miércoles son mujeres, algunas embarazadas, y en total había 28 menores de edad en el éxodo. Por la consabida inversión en educación de Cuba, muchos de estos migrantes portan títulos universitarios; son desde economistas, ingenieros y matemáticos hasta cocineros y profesores, pero dicen que en Estados Unidos trabajarían en lo que sea.

Esta crisis vino después de que Costa Rica desmantelara una red de coyotaje en Panamá, y le otorgara una visa temporal a la masa de cubanos que esperaron casi una semana para superar Paso Canoas y continuar su trayecto hasta el norte.

“No hubiera habido problema si no desarticulaban la banda de coyotes”, asegura José Luis Bento –otro cubano en éxodo– en el albergue de monjas, donde el espacio entre colchonetas era mínimo y donde los cubanos terminaban hablando de política cubana en absolutamente todas las pláticas.

Además del apoyo del gobierno local, los cubanos tienen otro gran soporte en esta engorrosa situación: ellos mismos. Entre cubanos se sostienen, casi que de forma inconsciente. Los coterráneos son una suerte de sistema inmunológico para sus pares, y esa es una realidad presente en todos los albergues y en la frontera. ““Al cubano le gusta eso: ‘Bueno, hay masa, entonces vamos juntos todo mundo’”, explicó Roberto Teste, un migrante.

Donde las monjas, un señor mayor reposaba en una camilla y escuchaba conversaciones, y solo tuvo aliento para decir: “Yo no quisiera ir otra vez a Cuba. Vendí mi casita para ir a Estados Unidos”. Tres paisanos que quizá tenían tanto miedo como él frenaron sus reflecciones del momento para acercarse al señor con palabras de aliento. “Lo vamos a lograr, tú tranquilo”. El señor sonrió, con un gramo de paz.

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17/11/2015. Pasillos de el Colegio Nocturno de la Cruz. Foto: John Durán.

Puntos de quiebre

La notable hermandad de este pueblo cubano en éxodo tiene algunas pruebas de fuego, pues la actitud enérgica e impetuosa de los isleños puede generar ciertos conflictos, en especial cuando los puntos de vista no coinciden.

Por ejemplo, si bien había una alta población de migrantes en los albergues, otro buen puño de almas prefirió dormir a la intemperie en el puesto fronterizo de Peñas Blancas, en los ramales de la dirección regional de migración, en la calle que comunica con Nicaragua y en un predio en donde se estacionan decenas de furgones.

El lunes y el martes, un grupo de cubanos que se apropiaron de esta zona limítrofe bloquearon el paso de camiones de Costa Rica hacia Nicaragua al puro filo de la frontera, en el punto cero. El martes, personal de la Defensoría de los Habitantes resguardado por miembros de la Fuerza Pública intentó convencerlos de levantarse de la calle. Durante toda la mañana, el esfuerzo fue fútil.

Pasada la 1 p. m., la situación alcanzó su calor máximo cuando discutieron dos grupos antagónicos: los que pensaban que no valía la pena bloquear la frontera de Costa Rica –el país que los estaba ayudando– y los que pensaban que esa era la única manera de encontrar respuestas en la inquietud.

Osmani, de 24 años, fue uno de los que protagonizó esta suerte de motín. “¿Usted cree que me puedo sentir libre cuando no puedo dar un paso hacia adelante?”, me preguntó enojado cuando me acerqué a conversar. “Me organicé con unos amigos para cerrar la frontera a ver si de esa manera, como es la única herramienta que tenemos, logramos seguir. Estamos agradecidos con Costa Rica, pero hay cubanos que no se arriesgan y aquí estamos hablando de ganar”.

A unos metros se encontraba un cubano anónimo que minutos antes había criticado las acciones de Osmani y los suyos, e incluso lo retó a cruzar con él la frontera y pasar frente a miembros del ejército de Nicaragua, para ver si era consecuente con su pensamiento. “La guerra es allá, no en el patio de Costa Rica, ¡y si no es allá no es en ningún lado! ¿Tu vas a hacer una guerra donde mejor te convenga? ¡Eso es ilógico!”, enfatizó el señor.

Eventualmente lograron persuadirlos de retirarse de la calle y se reabrió el paso de camiones. Horas más tarde, el gobierno de Costa Rica anunció que comenzaría conversaciones con los demás países para resolver la crisis, y que esto tomaría algunos días más, por lo que amenazó con procesar legalmente a quienes volvieran a bloquear alguna calle.

Esa noche, convencieron a algunos de salir de Peñas Blancas y registrarse en los refugios disponibles, pero otros se negaron a irse de allí, con la intención de ser los primeros en recibir las próximas actualizaciones. Sin importar el lado en el que estén, los cubanos son tenaces con sus convicciones.

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17/11/2015. Ricardo Alonso pintó sus uñas con los motivos de las banderas de Cuba y Estados Unidos. Foto: John Durán.

Jovial desesperación

Leslie Torres y Lizeth Cardona (de 22 y 25 años, respectivamente), salieron de Cuba con una madre y una tía. “Yo me fui por mi mamá y yo la sigo donde vaya, pero claro que me dolió irme”, comentó Leslie en Peñas Blancas, donde durmió y pasó frío y calor y se empapó y sudó, pero nunca se despegó de su recién adquirido teléfono celular, con el que conoció un nuevo mundo informativo.

De hecho, parecía como que todos los cubanos venían con celular en mano desde Panamá, y si no era así, lo compraban en Costa Rica, pues empresas telefónicas –ni lerdas ni perezosas– enviaron empleados para vender chips y teléfonos.

Mirando las pantallas de sus celulares estaban los miembros de una numerosa familia que reposó en el albergue del Colegio Nocturno de La Cruz, donde se le dio refugio a unos 400 cubanos.

Con ellos conversé una hora prácticamente repasando la historia de Cuba para concluir que todo esto es demasiado confuso y doloroso como para digerirlo. Querían ser escuchados. Querían hablar. Querían dejar claro que no son malas personas por lo que están haciendo; que solo son seres humanos pidiendo su derecho a la migración.

La madre de la familia contaba que en Cuba, siendo educadora, ganaba menos de $30 al mes. “¡Siendo profesora! ¿Te imaginas?”, saltó a decir uno de los jóvenes que se congregaban alrededor. “Ustedes tienen un problema económico, pero mi problema es político”, dijo otro.

En el mismo albergue, a esa hora, un grupo de seis se turnaba los cuatro campos de una mesa improvisada de dominó, y escuchaban desde sus celulares música recién bajada de la web. Tenían la misma actitud vívida que cuando jugaban con sus amigos en algún parque de Cuba, a pesar de que ninguno se conocía previamente ni eran de las mismas ciudades.

Con los cubanos, en los albergues, en la frontera y en las calles de La Cruz, se empapa uno de un espíritu de perseverancia propio de quienes consideran que ya han pasado por lo peor; que lo mejor está en el horizonte.

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18/11/2015. Rafael del Pino trabajaba como cocinero en Cuba y ofreció sus servicios para preparar arroz moro ( gallo pinto) en el Colegio Nocturno de La Cruz. Foto: John Durán.

A echar las manos

Esta semana, muchos costarricenses en redes sociales se conmovieron por las imágenes de algunos cubanos que preguntaron cómo podían ayudar a la comunidad de La Cruz mientras se les brindaba una solución.

“Un grupo de ellos de inmediato se organizó para limpiar canoas y mejorar el jardín de la iglesia que los alberga”, publicó la Defensoría en Facebook, en un post que al cierre de esta revista acumulaba más de 30.000 likes.

Ese es tan solo un guiño del talante que los migrantes les demostraron a los guanacastecos esta semana. “Son impecables. No hay desorden; ellos mismos limpian todo”, me dijo Luis Rosales, guarda de seguridad del Colegio Nocturno, donde –al igual que en los demás albergues– los cubanos formaron comitivas para dividirse responsabilidades y tareas.

En el refugio ubicado en la casa de bomberos de La Cruz, tres mujeres se repartían las tareas de cocina (las tres comidas del día y, si había suministros, una lechita con azúcar y café para la merienda–, mientras que un par de hombres eran responsables de recoger la basura.

En el Nocturno, el miércoles al mediodía, Rafael del Pino preparaba su primera comida para todo el albergue: un arroz moro, o arroz con gris, muy parecido al gallo pinto pero cocinando el arroz con el caldo de los frijoles. Del Pino fue cocinero de un restaurante pequeño en Cuba y se ofreció para ayudar a cocinar en el refugio.

“Estamos recibiendo donaciones pero tenemos que ayudar también, no convertirnos en una carga económica, alimentaria ni política para el país”, manifestó Rafael mientras cocinaba.

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18/11/2015. Los hermanos Teste conversan con sus esposas en Cuba vía videollamada en su recién adquirido celular. Foto: John Durán.

Contacto inédito

El miércoles en la tarde, en el predio de furgones de Peñas Blancas, sentados al costado de un contenedor, los hermanos Teste estrenaron un celular de $50 para hacer una videollamada a un café Internet en Cuba, donde sus esposas aguardaban noticias de sus amados, que habían salido del país 18 días atrás y no habían podido comunicarse de vuelta a casa.

No parecía que estuvieran viviendo una situación tan fastidiosa como la que atravesaban: transmitían con sus rostros un júbilo casi infantil, profundo, por tener la oportunidad de conversar y ver a las personas a las que quieren ayudar con esta migración, a pesar de que la mala señal. “Es en Cuba que la señal es mala”, dijeron.

“Trabajábamos de taxistas en Cuba. El salario que más gana en Cuba es el taxista, pero los carros eran del año 52 y te paraba la policía y tenías que cambiarle los repuestos”, contó Santi Teste. “No puedes trabajar en Cuba”, agregó Roberto.

“Nuestras esposas nos apoyaron pero la ruta que cogimos es difícil”, dijo Santi, quien tiene dos hijos en casa. “Nosotros estamos apretados, pero los que vienen con niños están todavía más apretados”, alegó Roberto.

—¿Planean trabajar de una vez en Estados Unidos?

—¡Hay que festejar primero! Por lo menos 15 días hay que festejar, grita Santi.

Los Teste nunca habían dormido en el piso ni visto antimotines. El trajín que pasaron para llegar aquí, con la esperanza de continuar, no lo desean a nadie. Muchos de los cubanos consultados alegan que es “lo más peligroso que se puede hacer”.

Pero sentados en el asfalto viendo la pantalla de un celular, el mundo y todos sus problemas se absuelven. Están vivos y sus amadas lo saben. Están vivos y tienen un objetivo en mente. Están vivos y están rodeados de los suyos. ¡Están vivos, todavía!