Unos 8.500 han ingresado al país en los últimos cuatro meses en su viaje a Norteamérica; unos 4.500 están en albergues y otros viven a la orilla de las calles en frontera de Peñas Blancas

Por: Esteban Mata Blanco 18 septiembre, 2016

La Cruz, Guanacaste

–¿De dónde es usted?, pregunta el entrevistador. Sin inmutarse, el migrante contesta: “Congo”.

–Pero usted no es de Congo. Usted es de Haití.

– No, de Congo.

–¿De qué parte?

Se hace un silencio. El entrevistador insiste: –Ve, usted es de Haití; todos son de Haití.

Se llama Lima, o al menos, eso dice. Él es uno más de los 4.500 migrantes indocumentados que aguardan en los albergues del Gobierno de Costa Rica una señal para poder seguir su camino en busca de oportunidades de empleo en Norteamérica, especialmente en Estados Unidos.

Otro creciente grupo espera en campamentos improvisados que instalaron cerca del puesto fronterizo de Peñas Blancas, a ambos lados de la carretera Interamericana, a la espera de que Nicaragua les permita el paso.

Al verse descubierto, Lima se ríe. No queda de otra. De igual manera, está varado, y sabe que las autoridades ticas no tienen forma legal para deportarlo.

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Hace calor. La humedad anuncia un nuevo aguacero aquí, en el refugio de El Jobo, donde un centenar de refugiados más aguarda por una posibilidad para continuar su viaje.

Cansado de las preguntas y con una sonrisa suave pero sarcástica, da por terminada la charla: “Todos los haitianos vinieron alguna vez de África”.

La respuesta de Lima se repite, con algunas variantes, en boca de otros cuatro haitianos abordados por La Nación , durante una gira por el cantón de La Cruz, en la provincia de Guanacaste.

Como Lima, miles de migrantes haitianos enredan sus palabras (hacen una mezcla entre el francés y el creole) para hacerse pasar por africanos y, de esa forma, despistar a las autoridades de los países por donde cruzan.

Los haitianos tienen claro que esta es una buena estrategia para evitar que los devuelvan. Sin embargo, una vez descubiertos, y sin sentir peligro de una deportación, los caribeños comienzan a explicar sus razones.

Y así, como si fuera objeto del milagro de las lenguas, Lima empieza a hablar en perfecto español: “Mi familia está en Brasil. Mi esposa, mi hijo y mi padre, que ya es mayor. Salí de allá porque no hay trabajo. Yo soy constructor, hago paredes, pero no hay trabajo en Brasil”, relata.

El terremoto. Si bien la mayoría de migrantes haitianos iniciaron su peregrinación hacia el norte en Brasil, otros también comenzaron el éxodo en Argentina, Chile, Ecuador y Perú.

Tienen en común haber llegado a tierra continental luego del terremoto de 8 grados de magnitud Richter que sacudió su país natal, el 12 de enero del 2010, y que dejó más de 150.000 muertos, arrasó la infraestructura local y disparó la miseria en la nación más pobre de América.

La tragedia provocó una oleada de migrantes que se dirigió, especialmente, a Suramérica en busca de refugio y trabajo.

En abril de este año, las autoridades migratorias ticas empezaron a detectar un aumento en el flujo de viajeros indocumentados que decían ser africanos. En aquel entonces, el país apenas superada la complicada salida de unos 8.000 migrantes cubanos que llegaron a Centroamérica desde Ecuador.

El color de piel y su manejo del francés les permitió, en un principio, hacerse pasar por ciudadanos de excolonias francesas de África, como Congo. Además, le decían a las autoridades que no tenían papeles ni pasaporte.

La estrategia surtió efecto en un principio. De hecho, en junio pasado, la directora interina de Migración, Gladys Jiménez, declaró a La Nación que, de acuerdo con la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), 20.000 africanos venían en camino hacia Costa Rica.

Sin embargo, las sospechas tomaron cada vez más fuerza. El 8 de agosto, el canciller de la República, Manuel González, reveló que más del 95% de los migrantes que decían ser africanos, en realidad eran... de Haití.

Marcelo Pisani, director regional de la OIM, explicó que los migrantes de esa nación “prefieren pasar de incógnitos porque sienten que declarando que son ciudadanos haitianos, existen mayores posibilidades de que ocurra un retorno, o una deportación”.

Al respecto, Mauricio Herrera, ministro de Comunicación, precisó que en los últimos cuatro meses han ingresado unos 8.500 ciudadanos de ese país a territorio nacional y que vienen más.

Mano de obra. Uno de los países que más migrantes haitianos recibió fue Brasil. Una política de puertas abiertas desembocó en la entrega de más de 40.000 visas.

El acuerdo benefició a miles de damnificados por el terremoto. A su vez, las empresas encargadas de construir la infraestructura para el Campeonato Mundial de Fútbol (2014) y los Juegos Olímpicos de Río (2016) se garantizarían mano de obra.

Sin embargo, el final de las obras para el Mundial de FIFA trajo gran desempleo y marcó para Lima y para miles de migrantes haitianos el inicio de un éxodo, sin ruta definida y expuesto a los cobros abusivos de los coyotes en cada frontera, camino o río.

Este hombre sale a caminar y termina por contar parte de su historia. Una historia que empezó en Puerto Príncipe, donde nació 50 años atrás, y que sigue ahora, en medio de un camino incierto, rumbo hacia el norte.

Asegura que no puede detenerse porque en Brasil, su familia espera noticias suyas, noticias de un futuro mejor para todos.

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