Angustia crece y dinero se acorta para migrantes; Costa Rica no halla salidas

Por: Ángela Ávalos 10 diciembre, 2015

Liberia y La Cruz. “Nos están lanzando a los coyotes”, dijo Giovanni Aguilera, uno de los 74 cubanos atendidos en el albergue de la iglesia Betel, en barrio Nazareth de Liberia, Guanacaste.

Aguilera se refería a los traficantes de personas que, a cambio de altas sumas, se ofrecen a pasarlos de país en país.

En esa posada, sita en uno de los barrios más pobres y vulnerables de Liberia, conocieron la noticia, la noche del martes, de que Belice les negó el paso por su territorio.

Desde entonces, la ansiedad y la depresión se dispararon entre muchos de ellos, quienes, según sus planes iniciales, ya deberían estar para estas fechas con sus amigos o familiares.

Desesperado y ansioso por seguir su camino hacia Estados Unidos, este docente de profesión, denuncia la falta de voluntad política para facilitar la travesía de quienes huyen de la Isla, en busca de libertad.

Asegura que quienes aún tienen dinero están pensando en buscar un guía (coyote). En el peor de los casos, advirtió, habrá quienes irán solos, a riesgo de perder la vida.

En el Colegio Bilingüe de La Cruz, Luis Alberto Pérez Cepero, de 45 años, se declaró desde ayer en huelga de hambre en protesta por la decisión beliceña.

“Prefiero que la escasa comida que queda se la den a mujeres, niños y ancianos”, mencionó llorando, con una mezcla de disgusto, tristeza y zozobra.

La situación en estos albergues, por más ayuda que llegue o actividades que se organicen, se está tornando insoportable.

En Betel no cabe ni un alma más. El desayuno de este miércoles apenas dio para café y pan cuadrado con mantequilla.

Julio Vargas, oficial de enlace de la Comisión Nacional de Emergencias (CNE), confirmó que están con la capacidad de espacio al límite.

“Allá afuera tengo a seis personas y no tengo espacio para ellas. Estamos completos, con la capacidad al límite. No hay espacios físicos, aunque sí contamos con recursos para alimentos y atención de salud. Es un grave problema”, comentó Vargas, al referirse a la situación de los albergues en La Cruz y Liberia.

Aquí, el único que sonríe con inocencia es Yerico Boza, de 11 meses, ajeno a la ansiedad en que viven sus padres y los otros residentes, aunque él también atravesó pantanos y viajó en una panga por un mar embravecido para pasar de Colombia a Panamá.

Su papá, Yordanis Boza, dice que se quedará aquí hasta que se resuelva la crisis porque no quiere exponer a más riesgos de los que ya han pasado su pequeño Yerico, a su otro hijo, Justin, de tres años, y a su esposa Silenay.

Más allá del límite. En los alojamientos instalados en La Cruz, se agotó la provisión de ropa y de artículos de aseo personal. Los vecinos, a pesar de su pobreza, han apoyado, pero la crisis se prolongó más de lo imaginado.

Según las últimas estimaciones, se han abierto 26 albergues desde el 15 de noviembre, cuando Nicaragua bloqueó el paso de cubanos hacia su territorio.

Alrededor de 5.000 migrantes de la Isla se encuentran distribuidos en esos lugares y en casas de familias o en sitos pagados por sus propios medios.

Un reporte facilitado por la Defensoría de los Habitantes revela que, hasta el 8 de diciembre, se habían gastado más de ¢177 millones en la atención de estas personas, principalmente, en comida (¢52 millones ) y compra de espumas para dormir (más de ¢24 millones).

Montserrat Solano, defensora de los Habitantes, reconoció que la situación es preocupante.

“Este problema migratorio es regional, y en el ínterin se ha complicado la capacidad del Estado. En este caso, urge la cooperación internacional para garantizar los derechos a estas personas”, dijo Solano.

La preocupación se extiende a Peñas Blancas, el puesto migratorio en la frontera norte. Ahí todavía quedan más de 200 cubanos que no se han querido trasladar a los albergues.

Rebalsados. En medio de un panorama que parece cada vez más complicado los cubanos insisten en que los dejen seguir hacia Estados Unidos.

Saraiz Carrasco, originaria de Ciego de Ávila, viaja junto a su esposo, Agustín Chamizo Morales. Están desde hace más de un mes en el Centro Pastoral de La Cruz. “No queremos corredor humanitario. La mayoría de nosotros puede pagar y hacerse responsable del transporte. No queremos caridad pero tampoco que nos mientan”, reclamó airadamente.

Carlos Jiménez Febles, quien junto a su esposa y su hija de 24 años está junto a 433 cubanos en el colegio bilingüe de La Cruz, responsabiliza al gobierno costarricense por los resultados que hasta ahora ha tenido esta situación. Según Jiménez, la falta de acuerdos revela la falta de influencia regional para resolver este tema.

Para la tarde de ayer, varios isleños tenían programado un concurso de baile. Esta es una de las formas en que los migrantes instalados en La Cruz intentan sobrellevar la carga emocional que este éxodo representa para ellos.

Sin embargo, tras la noticia del martes, no estaban con ánimos para celebrar. Por el contrario, planeaban una reunión en el parque de La Cruz, para decidir el siguiente paso en esta travesía en busca de la libertad.