Muestra incluye ocarinas y flautas elaboradas entre 500 a. C. y 1.500 d.C.

Por: Andrea Solano B. 14 junio, 2015

El murmullo de un río, el golpeteo de la lluvia contra la vegetación, el rugido de un jaguar, el chillido de un mono y el trino de las aves fueron los sonidos “ambiente”, la música con la cual convivían nuestros ancestros precolombinos.

Inspirados en la naturaleza, quienes poblaron el territorio que hoy es Costa Rica, antes de la conquista española, fabricaron instrumentos musicales con los que reinterpretaron los sonidos de su entorno.

La exposición La metáfora de los sonidos –en los Museos del Banco Central– invita al público a un viaje sonoro por nuestras culturas precolombinas.

La muestra exhibe más de 60 instrumentos musicales como ocarinas, flautas, silbatos, tambores, sonajeros y cascabeles, fabricados entre el 500 a. C. y el 1.550 d. C. en el Pacífico norte y sur, el Caribe central y el Valle Central.

La curadora de arqueología de los Museos del Banco Central, Priscilla Molina, explicó que la muestra pretende revelar información sobre las personas quienes confeccionaron los instrumentos musicales, más que los objetos en sí mismos.

“Si bien ellos conocían los sonidos, en esa época no existía la música ni las estructuras musicales, tal y como las conocemos actualmente”, agregó Molina.

Molina y su colega Mónica Aguilar realizaron la investigación que sustenta la muestra y contaron con el apoyo de varios musicólogos costarricenses.

Sonidos vitales. El recorrido procura sumergir al visitante en el papel de la música en la vida de los indígenas precolombinos.

“Los músicos, los cantores y los bailarines estaban involucrados con la ejecución de los instrumentos en una gran variedad de rituales”, dijo Molina.

Esas prácticas rituales se asociaban con actividades como la siembra, la recolección de cosechas, la cacería, la fertilidad, enterramientos, guerras, alianzas matrimoniales y la comunicación entre pueblos.

Muchos de estos objetos, incluso, retrataban a los personajes tocando algún instrumento.

La arqueóloga destacó que los artesanos eran también muy importantes porque ellos confeccionaban los instrumentos y lo hacían con gran maestría.

“Estas personas debían manejar conocimientos de música para saber cuál era el diseño más adecuado para lograr las notas, los tonos y las afinaciones deseadas”, manifestó la curadora.

Muchas de estas piezas tienen una doble función como instrumentos musicales, pero también de “documentos” que reproducen prácticas cotidianas.

En uno de los sonajeros de barro se aprecia, claramente, la figura de una madre con un bebé en cada brazo, mientras que otros reproducen con detalle atuendos, como los tocados (adornos en la cabeza).

Muchos de los diseños de los instrumentos también estaban inspirados en la naturaleza: cocodrilos, aves, jaguares, monos, serpientes, ranas, entre otros.

Los visitantes podrán conocer, además, los tipos de instrumentos elaborados en esa época.

“Los aerófonos son los que producen un sonido cuando el aire choca con el cuerpo del instrumento como las ocarinas, las flautas y los silbatos”, expresó Molina.

Por su parte, los membranófonos, como los tambores, emiten sonidos cuando se golpean sus membranas, que en este caso son trozos de cuero tensado.

Finalmente, los idiófonos son los que suenan al ser sacudidos como los sonajeros, las maracas y los cascabeles.

La arqueóloga dijo que la exposición reserva un apartado para instrumentos posteriores a la llegada de los colonizadores.

“El mestizaje fusionó la cultura precolombina con la europea y esto se reflejó también en la música. Algunos de los instrumentos se usan en la actualidad”, comentó Molina.

Un ejemplo de ello es un violín fabricado con madera de balsa, que aún hoy es utilizado por la comunidad Térraba en Buenos Aires de Puntarenas.

La muestra también cuenta con varios complementos interactivos como videos y estaciones, en donde los visitantes podrán escuchar los sonidos y armar sus propias composiciones.

Los Museos del Banco Central están en los bajos de la plaza de la Cultura.

Se pueden visitar de lunes a domingo, de 9:15 a. m. a 5 p. m. La entrada cuesta ¢2.000 para nacionales y ¢5.500 para extranjeros.