Hacer cuadros y construir piezas con papel reciclado es para ellos una forma de olvidar

Por: Daniela Cerdas E. 20 diciembre, 2015

Jonathan tiene 17 años y lleva casi tres de estar en la cárcel de menores Zurquí, en San Luis de Santo Domingo de Heredia, por el delito de secuestro y robo.

A pesar de su encierro y de que le queda más de un año allí, él se libera tres veces por semana cuando pinta en un pequeño taller ubicado en el complejo.

El joven, al igual que otros cinco reclusos que acuden a las clases de pintura, ansía que el policía penitenciario lo llegue a recoger para llevarlo a ese lugar donde puede olvidar sus penas.

“Allá abajo (celdas) no hay nada que hacer; el encierro le enferma la mente a uno. Cuando vengo aquí, quiero ser mejor persona; me siento liberado, expreso mis emociones con la pintura”, comentó Jonathan, quien tiene un hijo de dos años.

El taller de pintura en la cárcel fue instalado por el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA), en junio pasado, como un plan piloto. La institución le brinda a los jóvenes los pinceles, el material reciclado, los lienzos y otros instrumentos necesarios.

Mario Sabatini, instructor del INA en esa cárcel, destacó que los seis muchachos que están en el taller ya se graduaron como técnicos en artesanía.

“Para ellos, salir de la celda y venir a pintar o a hacer jarrones o arte con material reciclado, es una liberación. Cuando uno ve la calidad de arte que hacen , siente que vale la pena. Ningún dinero me puede pagar la satisfacción que yo siento ”, explicó Sabatini.

Una de las obras de Jonathan es una pintura abstracta que refleja a una mujer con sus dos manos en la cara, la cual está atrapada entre una especie de barrotes, en un fondo rojo con asteriscos.

“Este cuadro refleja mi encierro. Los asteriscos son el problema en el que estoy metido, el fondo rojo representa el odio que siento. También, hay una superficie que refleja mis cicatrices”, relató el joven.

Dicha pintura se vendió en ¢25.000 en una feria en la Antigua Aduana, en San José, que permitió a los reclusos mostrar su arte. “Pensé que a nadie le iba a gustar”, admitió el joven.

Precisamente, en esa feria Jonathan conoció a su hijo, a quien solo había visto por fotos.

“Tengo que cambiar por él; yo ya toqué fondo. Hice una pintura dedicada a él, cuando no lo conocía, en la que yo llevaba a mi hijo en forma fetal, agarrado de mi corazón”, manifestó Jonathan.

Seguir adelante. Para Steven, de 18 años, ir al taller a confeccionar joyeros y jarrones con material reciclado hace que se sienta útil.

Steven lleva tres años en ese centro, descontando una pena de ocho años por homicidio.

“Este espacio hace que me salga del viaje, me inspira a seguir adelante. Hay días en que uno está agüevado y se va en el viaje haciendo esto. Uno se concentra y se le olvida todo”, contó el joven, quien explicó que van al taller cerca de seis horas por día.

En el caso de Yorcler, de 17 años y con una condena de ocho años por tentativa de homicio, cuando el encierro lo hace sentirse enojado, él toma las clases como terapia. El muchacho elabora jarrones pintados a mano.

“Me quita el viaje, el estrés, los malos pensamientos. Llegué a esta cárcel por defender a mi hermano. Uno no pierde la esperanza de ser alguien en la vida. Quiero ser cirujano, pero no le hago mucha bulla porque una cosa es decir y otra hacer ”, dijo Yorcler.

Los problemas, sentencias, culpas y nostalgias de Jonathan, Steven, Jorcler, se quedan afuera de la puerta del taller cuando ellos se meten en el mundo del arte. Un arte liberador, inspirado en las historias de su vidas.