Viven impedidos de hacer trámites o compras; se exponen a engaño y estafas

Por: Daniela Cerdas E. 5 abril, 2015
Agustían Hernández le pide ayuda a su hijo, de 12 años, cuando requiere leer y escribir.
Agustían Hernández le pide ayuda a su hijo, de 12 años, cuando requiere leer y escribir.

Para la mayoría de personas es sencillo y rutinario atender la solicitud de una doctora de dirigirse a la puerta donde dice “laboratorio”.

Sin embargo, para María Calderón, vecina de Alajuela, y otros 86.000 analfabetos del país esa es una tarea imposible.

A la dificultad de realizar estas gestiones se unen la vergüenza y el miedo de ser estafados porque no pueden leer los documentos que autorizan.

En Costa Rica, el 2,4% de la población mayor de 15 años no sabe leer ni escribir.

La mayoría vive en condición de pobreza, ya que tampoco puede conseguir trabajo digno.

En el caso de Calderón, quien tiene 46 años y es madre de siete hijos; la pobreza en la que vive no le permitió ir a la escuela.

“Para un trabajo, siempre preguntan si uno sabe leer y escribir. Una vez fui a una entrevista en una empresa y ellos dieron por sentado que yo sabía leer. Me pidieron que llenara un formulario, les dije que no podía y me rompieron la hoja en mi cara”, recordó la mujer.

Debido a la imposibilidad de encontrar empleo, Calderón se dedicó a cuidar a sus siete hijos, quienes ya son mayores de edad, mientras que su esposo, Fermín Ávila, mantiene económicamente a la familia que ha vivido en una casa de latas y pedazos de madera, que él mismo construyó.

Según Calderón “el mundo no está preparado para lidiar con las personas analfabetas”. Ella se acompaña de uno de sus hijos para hacer mandados por miedo a que le cobren de más o que se aprovechen.

“Yo no puedo andar sola. Voy a comprar una blusa y me dicen el precio y yo me pregunto si es mucho o es poco. La vez que la doctora me dijo que fuera al laboratorio, yo me metí por otra puerta. Ella se enojó y me dijo ‘¿qué, es que no sabe leer?’. Muy apenada le tuve que decir que no”, contó Calderón.

Alfabetización. La población analfabeta en el país se redujo a la mitad en los últimos 15 años, según datos del Estado de la Región en su informe del 2013. En el 2000, la tasa era del 4,8%.

El Ministerio de Educación Pública (MEP) tiene tres programas de enseñanza abierta que han ayudado a bajar este índice.

Marielos Alfaro, jefa del Departamento de Educación para Adultos, explicó que en estos casos se trabaja en el primer ciclo, que incluye el proceso de alfabetización, segundo y tercer grados. Esta etapa dura siete meses.

El segundo ciclo es la conclusión de la educación primaria, abarca cuarto, quinto y sexto grados. Las clases se dan en la noche, dos veces a la semana. Muchos de los asistentes llevan a sus hijos a las lecciones.

“Ahorita hay unas 5.000 personas en los procesos de alfabetización y primer ciclo, en la educación abierta. En el 2013, el MEP entregó 3.000 certificados de persona alfabetizada”, dijo Alfaro.

Calderón no ha querido estudiar. “Me da vergüenza”, alega.

El mismo sentimiento tiene Agustín Hernández, vecino de Santa Bárbara de Heredia. Él cree que, a sus 58 años, “está muy grande” para aprender a leer.

Debido a la falta de trabajo y a las necesidades de sus cinco hijos, tuvo que “pulsearla” para llevar comida al hogar.

Recientemente, pudo alquilar un taxi de porteador que le ayuda a mantener a los suyos.

“Yo no puedo leer nada; una vez iba a ir a pagar un recibo de luz, pero llevé el de agua. En mi trabajo, me guío por las señales de tránsito y por la ruta que toman otros carros. Solo sé firmar, también sé contar dinero y tengo licencia de conducir al día”, relató el porteador.

El Ministerio de Obras Públicas y Transportes imparte un curso teórico para personas analfabetas. El curso dura un mes, con dos clases semanales y luego la prueba teórica.

Para matricularlo, se necesita aportar una certificación emitida por la dirección regional de educación correspondiente que haga constar que no tiene los estudios primarios.

Orgullo de los hijos. Calderón y Hernández no quieren que sus hijos afronten los mismos obstáculos que ellos han tenido.

“Mi hijo de 12 años me gana; él me ayuda a leer. Yo le digo que estudie para que no sea como yo”, relató Hernández.

Calderón se deprime porque no se siente productiva. Sus hijos le enseñaron a escribir su nombre. “Pasamos necesidades, pero nunca quise que mis hijos abandonaran los estudios. Lloré tanto porque uno de ellos se graduó de bachillerato. Tengo otro que a final del año, se gradúa en Administración de Empresas en la ‘U’. Ellos son mi orgullo; yo me miro en ellos”, expresó.