Vuelve a la escuela, junto a otros 17 adultos mayores, con proyecto desarrollado por la UNED en Pavón de Los Chiles

Por: Ángela Ávalos 21 octubre
Mariana Hernández llegó a Costa Rica huyendo de la guerra, hace más de 30 años. Le acababan de matar al marido y su pelo aún era negro. Las canas son de ahora, como su interés por aprender a leer y a escribir, algo que no le permitieron ni padres ni marido en su natal Juigalpa.
Mariana Hernández llegó a Costa Rica huyendo de la guerra, hace más de 30 años. Le acababan de matar al marido y su pelo aún era negro. Las canas son de ahora, como su interés por aprender a leer y a escribir, algo que no le permitieron ni padres ni marido en su natal Juigalpa.

Su juventud la dejó tirada hace rato, cuando los pretendientes le enviaban cartas de amor que ella no sabía leer. Tampoco podía devolverles las palabras, aunque lo quisiera, con toda la intensidad de su corazón adolescente.

Sin instrucción
Sin instrucción

"Ya se me pasó el tiempo y no puedo hacerles cartas a los novios. Siempre quise, pero tenía que darlas a leer... Las letras no conversaban con uno ni uno con ellas"... hasta ahora, dijo.

Tiene 80 años. Se llama Mariana Hernández Villegas. Mar. Son las tres primeras letras de su nombre que ya sabe reconocer y escribir después de cuatro lecciones, las primeras en toda su vida.

"Quien no sabe leer está como en la oscurana", afirmó con la seguridad de haber vivido muchas épocas oscuras, debido a la decisión tomada por sus padres de no enviarla a la escuela. Era mujer. Eran los años cuarena y, en su Juigalpa natal (Nicaragua), la única escuela que había estaba reservada para unos pocos; la mayoría, varones.

"Solo nos enseñaron a trabajar. Hasta ahora que tengo 80 años quiero aprender. ¡Haga la cuenta! Por lo menos, para firmar mi nombre y salvarme de muchas cosas…", agregó.

En 80 años sin saber ni leer ni escribir ni contar, ni sumar ni restar... le han ocurrido muchas cosas.

Un día, contó, tomó el bus.

Los jueves, cada 15 días, un grupo de 17 adultos mayores se reúnen en el centro de la UNED en Pavón de Los Chiles. La persona más joven tiene 50 años y la mayor 80.
Los jueves, cada 15 días, un grupo de 17 adultos mayores se reúnen en el centro de la UNED en Pavón de Los Chiles. La persona más joven tiene 50 años y la mayor 80.

"Le dije al varón: 'Me acordás adónde nos vamos a apiar (sic), recordá que es en San Miguel. Nos bajaron en Río Frío, en un lugar que le dicen Cariblanco, y yo no conocía. No me quedó más remedio que volverme p´atrás y volver a agarrar el bus de regreso", agregó.

"Ya se me pasó el tiempo y no puedo hacerles cartas a los novios. Siempre quise pero tenía que darlas a leer... Las letras no conversaban con uno ni uno con ellas". Mariana Hernández, estudiante de 80 años.

Una amiga le llevó 'el santo' hasta San Francisco de El Amparo, comunidad fronteriza de Los Chiles, en Alajuela.

Ahí vive Mariana. Se dedicaba a pasar sus días entre el sopor de los aguaceros y las nubes de zancudos, hasta que su amiga le trajo la noticia de que en Pavón estaban enseñando a leer y a escribir a los viejitos.

Una necesidad y un reto

Todo empezó en mayo pasado. La información llegó primero a la sede principal de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), en San José.

"Nos llegó una solicitud del centro que tenemos en Pavón. Un grupo de una asociación les comentó la situación de varias personas, la mayoría no sabían ni leer ni escribir y otras leían muy lento. Una nicaragüense ni siquiera sabía identificar el día en que nació", contó Yelena Durán Rivera, directora de la Dirección de Extensión Universitaria de la UNED.

Educadora como es, Durán reunió a otras colegas y comenzaron a soñar con un plan piloto que les permitiera a estos adultos mayores tener una educación integral, más allá del ejercicio de la lectoescritura.

"A muchos les dicen que a esas alturas de la vida no pueden aprender, por eso, también estamos trabajando la autoestima con juegos. La estudiante mayor tiene 80 años; la menor 50. Empezamos en julio con cinco o seis y ya vamos por 17 alumnos.

"Cada uno aprende a su ritmo, con el método constructivista, en una metodología individual. Esta señora de 80 años escribía por inercia el nombre pero no reconocía las letras. Ahora, empieza a escribir su nombre e identifica las letras", agregó Durán, refiriéndose al caso de Mariana Hernández.

Cada 15 días, los jueves, las educadoras Lidieth Calvo y Rosemary Munguía y la psicóloga Melissa Alfaro viajan hasta Pavón desde San José. Se tienen que ir un día antes para iniciar a tiempo, a las 8:30 de la mañana.

Para llegar hasta Pavón desde San Francisco, donde vive, Mariana agarra el bus. Si lo hiciera a pie, tardaría hora y media y ahora no puede. Las piernas le duelen.

Los 17 alumnos son puntuales y no hay ausencias. No importa que no les entreguen un título. Para ellos, este trámite es muy secundario.

"Son mujeres agricultoras, amas de casa. Trabajan en lo propio, son señoras de finca y mujeres inteligentes", describió Durán.

En el grupo hay dos hombres. Uno, va a clases con su esposa.

"Esperamos seguir con ellos en el 2018 porque no podemos dejarlo a medio camino. Debemos buscar fondos y estudiantes avanzados de Educación que se ofrezcan como voluntarios pues nuestro interés es extenderlo a otras regiones", dijo Durán.

Rosa María Solano, de 68 años (izq.), y María Rojas, 67 años, son dos de las 17 personas que se benefician de este programa de la UNED. Esta universidad estatal quiere extender el programa a otras zonas del país donde aún hay personas con dificultades para leer, escribir y hacer las operaciones matemáticas básicas.
Rosa María Solano, de 68 años (izq.), y María Rojas, 67 años, son dos de las 17 personas que se benefician de este programa de la UNED. Esta universidad estatal quiere extender el programa a otras zonas del país donde aún hay personas con dificultades para leer, escribir y hacer las operaciones matemáticas básicas.

Desaparecer de la lista

En el 2016, Costa Rica se convirtió en el único país de Centroamérica libre de analfabetismo.

Solo un 3,6% de su población no sabe ni leer ni escribir, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), de acuerdo con datos correspondientes al 2015 de personas de 15 años o más sin ningún tipo de instrucción.

Para declarar a un país libre de analfabetismo, se requiere que el analfabetisno no supere el 5% de la población.

Históricamente se han hecho grandes esfuerzos por aumentar la cobertura, sobre todo de la educación de buena calidad. Pero personas, como Mariana, se han quedado fuera de ese grupo privilegiado.

Datos nacionales
Datos nacionales

Mariana es nicaragüense de nacimiento, pero la segunda mitad de su vida la vivió en territorio costarricense, en muchas partes.

"Yo ya venía como de 40 años. Traía negrito el pelo y ahora lo tengo blanco. Nos pasamos de este lado por la chamusca (la guerra), no queríamos morir todavía: queríamos vivir la vida.

"Al marido me lo mataron en la guerra, por eso yo busqué la picada. ¡Ni lo había soñado siquiera…! Aquí gracias a Dios me ha ido bien. Lo que mi país no me dio al inicio de mi vida me lo está dando Costa Rica", agregó en referencia a cumplir el sueño de aprender a leer y a escribir.

Mariana. M-a-r. Ya las escribe de su puño y letra. Y está aprendiendo a reconocer los números del 1 al 10.

"Mis hijas y nietas me han estado ayudando a practicar porque aquí vine a a prender. Yo no sabía ni la 'O' redonda... ¡nada!.

"Para qué le voy a negar que me está costando, pero me dijeron que no me agüeve (sic)… ¡No me agüevaba ni cuando estaba joven menos ahora!".

Delfín Arias tiene 68 años y es uno de los pocos hombres que asisten al curso. La UNED está buscando ayuda, sobre todo de voluntarios, para extender el programa a otras zonas donde hay población que necesita tener la instrucción básica.
Delfín Arias tiene 68 años y es uno de los pocos hombres que asisten al curso. La UNED está buscando ayuda, sobre todo de voluntarios, para extender el programa a otras zonas donde hay población que necesita tener la instrucción básica.

Una historia aparte: la de Berta Dávila Reyes

La Biblia la compró en ¢500... "Yo ando la foto, ¡hasta sale bonito mi Señor! Pero viera usted la tristeza. Yo solo veo, aunque tengo buena memoria. Ese es el primer libro que quisiera leer".

Berta Dávila Reyes está a un paso de los 75 años (los cumplirá el 24 de octubre) y está aprendiendo a leer y a escribir.

 "Nunca fui a la escuela. La escuela de nosotros fue el trabajo. ¡Ni jugamos!", agregó.

Vive en El Amparo, en Los Chiles, en casa propia: "Es un cucaracherito pero ya no me mojo ni me asoleo. Antes andábamos como anda mucha gente: rondando por ahí, dormíamos en el suelo", recordó.

De todos los 17 estudiantes que asisten al centro de la UNED en Pavón, ella es una de las más entusiastas.

"La tristeza es que uno quiere ver qué dice el libro, y no logra saber nada. Cuando voy al banco, me dicen que ponga el número de cédula y, ¿cómo lo voy a poner yo?"... dice para explicar porqué alguien de confianza siempre la acompaña cuando necesita hacer algún trámite.

"¡Ya sé poner Berta!", aseguró. La pusimos a prueba por teléfono: "deletree su nombre". "B-e-r-t-a", y soltó una carcajada al comprobar que lo hizo bien.

Nació en Granada, Nicaragua, pero desde los seis años sus papás la criaron en Upala, así que es más tica que otra cosa.

"Todavía firmo como los niños. Sé poner Berta…", repitió.

Mujer alegre de vida difícil. Regresar a la escuela, a los juegos, a los números y a las letras la ha entusiasmado tanto que hasta mandó a fabricar un pupitre para ponerlo en su casa y hacer ahí las tareas que les mandan cada 15 días.

Berta Dávila Reyes, de 75 años (de verde), mandó a fabricar un pupitre para tenerlo en su casa y hacer ahí las tareas que le envían en su 'escuela'. Hasta ahora está aprendiendo a leer y a escribir.
Berta Dávila Reyes, de 75 años (de verde), mandó a fabricar un pupitre para tenerlo en su casa y hacer ahí las tareas que le envían en su 'escuela'. Hasta ahora está aprendiendo a leer y a escribir.