Por: Alberto Barrantes C. 26 octubre, 2014
Lorena tiene 17 años, empezó a consumir marihuana a los 12 y vendió drogas en su barrio durante cuatro años. Su hijo de dos años fue el motivo para empezar la rehabilitación. | PABLO MONTIEL.
Lorena tiene 17 años, empezó a consumir marihuana a los 12 y vendió drogas en su barrio durante cuatro años. Su hijo de dos años fue el motivo para empezar la rehabilitación. | PABLO MONTIEL.

Con 12 años y sin terminar sexto grado de escuela, Raquel esperaba a que fueran las 3 a. m. para escapar de la casa, en busca de un cigarrillo de marihuana, sin que nadie sospechara de su huída.

La droga se la vendía un hombre de 33 años, quien se aprovechó de ella para que distribuyera marihuana entre otros menores de edad del barrio San Sebastián, en San José, a cambio consumir hasta cinco veces al día.

“Los precios iban desde los ¢2.500 hasta los ¢8.000 por un cigarrillo, dependiendo del tipo de marihuana. Desde mis 12 años vendí y consumí marihuana. Uno por la droga hace de todo y conoce a gente bien peligrosa”, narró esta adolescente, que ahora tiene 17 años y comenzó su rehabilitación desde hace nueve meses.

Con el dinero que ganaba de las ventas, compró zapatos, ropa y vendió su tranquilidad a un grupo de hombres mayores que la sacaron de las aulas y la veían como una distribuidora más en varios barrios.

“Me ofrecieron ir a otro país, pero a mí me dio mucho miedo. Tal vez estaría muerta. También me dio temor meterme en otras drogas, solo una vez consumí éxtasis, pero no sentí nada. Entre más se involucra uno, más se hunde”, relató la adolescente de 17 años.

Raquel se inició en el vicio a escondidas y sin despertar sospecha en los hermanos mayores con los que se crió. Las mentiras le duraron un mes, hasta que sus familiares se dieron cuenta.

“Mi hermano mayor me agarró a golpes esa noche. Ha sido uno de de los días más tristes de mi vida . Nunca dormí en la calle, pero desde ese día perdí mi hogar. Uno enfrenta una soledad enorme, no quiere hacerle caso a nadie, pero todos los días se da cuenta que está perdido”, dijo Raquel.

Motivación. La adolescente tuvo un hijo a sus 15 años. Ese episodio marcó una diferencia que la llevó hasta las puertas de la rehabilitación desde hace nueve meses.

“Debido al riesgo que corría mi hijo, el Patronato Nacional de la Infancia (PANI) me lo quitó en dos ocasiones. Cuando me dijeron que lo iban a dar en adopción la vida me cambió y fue para bien. Luché por él y le daré batalla a mi adicción solo por él”, concluyó.