En su primer discurso, afirmó que procurará mantener la unión del país

 20 junio, 2014

Madrid. AFP y EFE. Felipe VI abogó por una España unida y prometió una monarquía “íntegra, renovada y transparente”, al convertirse en rey de un país enfrentado con el desafío nacionalista en Cataluña y, a su vez, asumir las riendas de una Corona desprestigiada.

Vestido con uniforme militar y luciendo el fajín de capitán general de los ejércitos que poco antes le había traspasado su padre Juan Carlos I, el nuevo monarca, de 46 años, juró “guardar y hacer guardar la Constitución” que en 1978 devolvió la democracia a España.

En sus primeras palabras, pronunciadas junto a un cojín sobre el que reposaban la corona y el cetro, rindió homenaje a su padre, que abdicó a los 76 años, por su papel en la “reconciliación” del país tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975.

Sin embargo, lo más esperado en el discurso pronunciado ante diputados y senadores reunidos en el Congreso, fue la visión de los retos.

“Quiero afirmar como rey mi fe en la unidad de España, de la que la Corona es símbolo”, dijo sobre el desafío de Cataluña, región determinada a celebrar un referendo de independencia el 9 de noviembre.

“En esa España unida y diversa, basada en la igualdad de los españoles, en la solidaridad entre sus pueblos y en el respeto a la ley, cabemos todos, caben todos los sentimientos y sensibilidades”, agregó.

En este contexto, se comprometió a buscar la cercanía de los ciudadanos, a “saber ganarse su aprecio, su respeto y su confianza”, para lo que, según destacó, la Corona debe “velar por la dignidad de la institución, preservar su prestigio y observar una conducta íntegra, honesta y transparente”.

Solidaridad con pobres. Asimismo, dedicó un lugar relevante de su discurso a transmitir su “cercanía y solidaridad a todos los ciudadanos a los que el rigor de la crisis económica ha golpeado duramente, hasta verse heridos en su dignidad como personas” .

“Tenemos el deber moral de trabajar para revertir esta situación y el deber ciudadano de ofrecer protección a las personas y a las familias más vulnerables; y tenemos también la obligación de transmitir un mensaje de esperanza, de que la solución de sus problemas” y “la obtención de un empleo” sea “una prioridad” para el Estado.

Además de insistir en la necesidad de “garantizar la convivencia en paz y en libertad de los españoles”, Felipe VI no se olvidó en su discurso de recordar la importancia del impulso de la investigación y la innovación para “ganar la batalla por la creación de empleo, que constituye la principal preocupación de los españoles”.

Hizo un llamado a que “no se rompan nunca los puentes del entendimiento”, defendió la diversidad del país y terminó su discurso dando las gracias en español, gallego, catalán y euskera, el idioma del País Vasco, donde el independentismo recobra también fuerza.

A la ceremonia, a la que no fueron invitados jefes de Estado extranjeros ni representantes de otras familias reales, no asistieron la hermana menor del rey, la infanta Cristina, ni su esposo, Iñaki Urdangarin, ambos imputados en un caso de presunta corrupción.

Una recepción con 2.000 invitados y embajadores extranjeros cerró la jornada.

Laicismo y sobriedad. Las ceremonias fueron estrictamente laicas, gesto considerado prueba de modernización de una institución identificada durante siglos con la fe católica.

El nuevo monarca sube al trono en un marco de fuerte desprestigio de los partidos políticos tradicionales, desafiados por la irrupción de fuerzas alternativas.

También hay recelo general ante las instituciones de un país que apenas vislumbra la salida a una crisis económica que dejó a un cuarto de la población sin trabajo, pero se multiplica la corrupción.

Tras firmar su abdicación, el rey Juan Carlos perdió su inmunidad como jefe de Estado, un precepto constitucional que impedía juzgarlo y fue invocado en 2012 por la Justicia para rechazar dos demandas de paternidad en su contra.