Mayoría de la población satisfecha pese a la debacle de la economía local

 2 marzo, 2015

Simferopol AFP Un año después de que un comando prorruso ocupó el Parlamento de Crimea, primer paso antes de su incorporación a Moscú, la antigua península ucraniana sigue apoyando a las autoridades rusas a pesar de su maltrecha economía, la escasez y una inflación galopante.

“Estoy muy contenta de que nos hayamos unido a Rusia, era nuestro sueño desde hacía mucho tiempo”, exclama Galina Tolmacheva, enfermera. “Hay descontentos” a causa del desplome de los sueldos por culpa de la inflación, pero “lo principal es que no hay guerra”.

Un comando prorruso irrumpió el 27 de febrero de 2014 en el Parlamento de Crimea, una península que, antes de ser ucraniana, había pertenecido a Rusia hasta 1954, y forzó a los diputados a votar a favor de un gobierno favorable a Moscú para la organización de un referendo sobre su anexión a Rusia.

Esta votación, en marzo de 2014, provocó fuertes tensiones con Kiev y también con los países occidentales, que impusieron a Rusia unas sanciones sin precedentes.

Estas sanciones se aplican también en Crimea –ahora rusa– y la aíslan económicamente, lo que ha provocado el retiro de casi todas las empresas occidentales que estaban instaladas allí.

Para compensar, Moscú ha prometido invertir miles de millones de rublos en la región e intentar favorecer su apertura, construyendo un puente que la unirá a su nueva madre patria.

Penurias. Pero un año después del referendo, los habitantes de la península continúan aislados y sufren cortes de electricidad y agua, servicios que hasta ahora les proporcionaba Kiev.

Con la escasez de bienes de primera necesidad y de medicamentos como la insulina, sin olvidar la inflación que casi ha doblado el precio de los alimentos, la vida en Crimea es “diferente a la vida normal de una persona corriente”, acepta el gobernador de la península, Serguéi Axionov, en entrevista en la televisión rusa.

El sueldo de un habitante de la península raramente pasa de los 10.000 rublos (142 euros), como es el caso de los músicos de la Orquesta Filarmónica de Crimea, cuenta su antiguo director, Igor Kazdan.

“Es un desastre total; parece que Rusia no ha tomado el control todavía”, apunta el director de orquesta.

Las autoridades locales estiman que las dificultades económicas de la península son temporales. Un optimismo que parece compartir la población, de la que 82% sigue apoyando la adhesión de Crimea a Rusia, según un sondeo publicado en febrero por el instituto GFK.

Ciudadanos vestidos con uniforme militar y con banderas de Rusia y la antigua Unión Soviética asisten a un mitin en Sebastopol, Crimea. | AP
Ciudadanos vestidos con uniforme militar y con banderas de Rusia y la antigua Unión Soviética asisten a un mitin en Sebastopol, Crimea. | AP

Los del no. Sin embargo, otros han preferido irse de Crimea, como Alexandre Titov, de 22 años, quien desde octubre trabaja como programador informático en Dinamarca.

“No tenía ganas de vivir en una Crimea rusa”, cuenta. En el referéndum, él votó en contra del “robo” de la península por parte de Rusia, un “estado policial”.

Alexandre Titov forma parte de los pocos que votaron “no” en un referendo en el que 97% de los participantes votaron “sí”, según el Kremlin. Ese resultado no es reconocido ni por Kiev ni por los países occidentales.

Desde que el 18 de marzo de 2014, el presidente ruso Vladimir Putin firmó el tratado de adhesión, “reina una atmósfera de miedo en Crimea”, según Andréi Krisko, militante local por los derechos humanos.

“Casi cada día”, Krisko recibe denuncias de arrestos, incursiones policiales, expulsiones de Crimea. Algunos habitantes, agrega, son detenidos por “extremismo”, solo por haber expresado sus sentimientos pro-Ucrania.

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