23 septiembre, 2016
Vista de una viña en Chianti, cerca de Florencia, Italia.
Vista de una viña en Chianti, cerca de Florencia, Italia.

Italia

En Toscana, esa tierra encantadora de Italia, con pueblos antiguos repartidos entre colinas, cipreses y olivos, se produce el célebre vino Chianti, que festeja, mañana sábado, tres siglos de haber alcanzado la primera certificación de origen controlada, un sello y un sabor que ha dado la vuelta al mundo.

Además de los festejos, algunos productores de la región del Chianti quieren ir más allá y obtener que se les reconozca el valor específico a sus micro-territorios, debido a su altura y clima.

El 24 de de septiembre de 1716, cuando Cosme III, el Gran Duque de Toscana, ordenó por decreto que el vino Chianti solo podía proceder de una zona delimitada entre Florencia y Siena, nació la primera Denominación de Origen Controlada, DOC, un sello que identifica geográficamente el vino por su calidad íntimamente relacionada con la geografía del lugar y la manera como se elabora.

Hoy en día, esa área de 70.000 hectáreas produce 35 millones de botellas al año del llamado Chianti Classico, uno de los vinos más famosos del mundo.

Aproximadamente el 80% de esa producción se exporta a un centenar de países y es una de las razones de la fama de Toscana, meta inprescindible para los amantes del vino.

Deleite. La canadiense Diya Khanna, quien vive en Berlín, viajó a Greve in Chianti, para un paseo turístico especial.

"En Canadá creemos que el Chianti es un único tipo de vino, pero cuando uno está aquí entiende realmente que no es así. Hay muchos tipos y muy diferentes entre ellos", explicó entusiasmada.

"El Chianti Classico que hemos probado es un vino aterciopelado, de tacto agradable, como una canción que termina dulcemente", explica.

Marco Mazzoni, propietario de la pequeña finca Corte di Valle fuera de Greve en Chianti, prueba el famoso vino.
Marco Mazzoni, propietario de la pequeña finca Corte di Valle fuera de Greve en Chianti, prueba el famoso vino.

Mientras el Chianti ordinario se produce en toda Toscana, el "Chianti Classico", desde el año 2010 y por ley, debe ser obtenido solo en una franja de tierra entre Florencia y Siena, con unas 7.000 hectáreas de viñedo.

Por lo general más barato, más ligero y menos difícil de obtener, el Chianti ordinario estará siempre asociado a la famosa botella envuelta en paja tejida que lo convertía en el compañero infaltable de todo buen almuerzo italiano.

La idea de Cosme hace tres siglos era la de garantizar la calidad y el sabor de Toscana, debido a su excepcional clima y antiguo saber.

Tres siglos después, esa idea persiste, aunque ahora el énfasis se coloca en algunas zonas aún más precisas, por su naturaleza, su tierra, su altitud.

Buen año. En Querciabella, cerca de Greve in Chianti, Manfred Ing, originario de Sudáfrica, ve con satisfacción cómo la uva Sangiovese - la principal vid roja que se cultiva en Chianti - promete una buena cosecha y un buen año.

Querciabella es el lugar más a la vanguardia de lo que piden algunos productores de Chianti Classico, los cuales piden que se cambien las reglas para que les autoricen "etiquetar" los vinos según la pequeña área de producción, algo que se hace en Borgoña (Francia), donde existen al menos 84 denominaciones de origen.

Cosecha de uvas cerca de Florencia.
Cosecha de uvas cerca de Florencia.

Al igual que los grandes vinos de Borgoña, los vinos de Querciabella son producidos sin fertilizantes ni pesticidas artificiales, de acuerdo con principios biodinámicos.

"Si queremos seguir produciendo vino en los próximos 300 años, ese el camino", sostiene Manfred Ing, que utiliza mostaza silvestre para reponer el suelo durante el invierno de manera de evitar el uso de fertilizantes.

En el mundo del vino en Toscana otra cosa ha cambiado en tantos años: llegaron las mujeres a ese pequeño ambiente cerrado.

"Somos un club pequeño, pero que está creciendo" sostiene Susanna Grassi, quien renunció en el 2000 a su cargo en una empresa de ropa interior para trabajar en una vieja granja que tiene la familia desde hace cuatro siglos.

Su finca "I Fabbri" (Los Herreros), abarca nueve hectáreas de colinas, cuya elegancia sorprende.

"Las mujeres tenemos una sensibilidad diferente cuando se trata de vino", asegura.

"Es que el embarazo nos enseña a esperar, a ser pacientes, porque sabemos que el resultado final será bello", resume.

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