Destructor USS Lassen navegó cerca de islas reclamadas por cinco países

 28 octubre, 2015
El buque militar estadounidense USS Lassen (primer plano) participó en maniobras conjuntas con Corea del Sur y Turquía, en mayo. | EFE
El buque militar estadounidense USS Lassen (primer plano) participó en maniobras conjuntas con Corea del Sur y Turquía, en mayo. | EFE

Pekín. EFE. Las tensiones entre China y Estados Unidos por el mar de la China Meridional se agravaron este martes, después que un buque militar estadounidense navegó por aguas cercanas a las disputadas islas Spratly , en tanto Pekín aseguró que se “reserva el derecho” de actuar si este tipo de misiones continúan.

“Nos reservamos el derecho a tomar acciones futuras”, subrayó un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino, Lu Kang, en una rueda de prensa en Pekín.

Lu hizo estas declaraciones luego de que el destructor lanzamisiles USS Lassen, escoltado por aviones de vigilancia de la Marina de Estados Unidos, navegó varias horas dentro de las 12 millas náuticas (22 kilómetros) que rodean al arrecife de Subi, en las Spratly, cuya soberanía se disputan China, Taiwán, Vietnam, Malasia y Filipinas.

Sin respuesta. China “vigiló, siguió y advirtió” sin éxito, según el portavoz, al USS Lassen cuando este se acercó a esas aguas, una acción que Washington venía anticipando desde hace tiempo y que no se prevé sea la última.

Pese a no ser una sorpresa, pues Washington había anticipado desde hacía semanas que preparaba esa misión, la presencia del destructor agudiza las tensiones y evidencia las distintas interpretaciones de las dos potencias sobre la ley marítima internacional, según la cual los países pueden reclamar hasta 12 millas náuticas de las aguas que rodean su territorio.

Si este es el razonamiento de China para justificar su protesta, también lo es el de Estados Unidos para defenderse, al argumentar que la ley no contempla como territorios soberanos islas artificiales como el arrecife Subi, que permaneció durante mucho tiempo sumergido hasta que Pekín inició un proyecto de drenado y construcción en el 2014.

Al margen de la normativa internacional, el trasfondo del asunto es la desconfianza de Washington en que las construcciones que Pekín lleva a cabo en las islas (el arrecife Subi tiene capacidad para funcionar como pista de aterrizaje), tengan fines militares y no civiles, como asevera el Gobierno de China.

“Por supuesto tienen objetivos militares”, reconoce Zhu Feng, experto en las relaciones entre China y EE. UU., de la Universidad de Nankín, pero añade que las construcciones de China “no han causado ningún impedimento a la libre navegación”.

“A China, como primera potencia comercial, eso no le interesaría en absoluto”, matiza Zhu, al indicar que países vecinos han ejecutado acciones similares durante mucho tiempo, sin que se condenen de la misma manera.

El ministro chino de Asuntos Exteriores, Wang Yi, advirtió el martes a Washington de que no debería “crear problemas de la nada”, y Lu señaló que Pekín ya envió formalmente protestas a la Embajada de EE. UU., en la capital china, y también por medio de su legación en Washington.

“Las construcciones se realizan en nuestro territorio”, apuntó Lu, quien instó a EE. UU. a abstenerse de futuras acciones.

Además, en lo que pareció una amenaza velada, dijo que “sería una pena que China acelerara y fortaleciera sus construcciones”, un escenario que expertos como Zhu no creen probable, aunque sí que, como dice Pekín, éstas continúen a su ritmo.

Ante esta perspectiva y dado que el Pentágono explicó que esta es solo la primera de una serie de operaciones para ver hasta dónde está dispuesta a ceder la Administración que preside Xi Jinping, cabe plantearse cuáles son las posibilidades reales de un conflicto entre las dos potencias mundiales.

Expertos como Zhu descartan que esa opción sea del interés de ninguna de las naciones y considera que el “problema es que el siguiente paso de China dependerá de lo que haga EE. UU.”.

Demasiada incertidumbre para que haya pasado solo un mes desde que Xi viajó a Estados Unidos y buscó junto a su homólogo, Barack Obama, mecanismos de confianza para, en teoría, evitar episodios como éste en las aguas del Pacífico, a las que el Pentágono quiere tener trasladada la mayoría de su flota para 2020.

Entre tanto, Benigno Aquino, el presidente de Filipinas, que reclama también la soberanía de parte de las Spratly, secundó el envío del buque de guerra de Estados Unidos y dijo que “todo el mundo da la bienvenida a un equilibro de poder en la zona”.

Una zona marítima que China prácticamente reclama en su totalidad, y que, según parece, seguirá siendo el escenario de las principales fricciones entre las dos potencias y de las enemistades entre la segunda economía mundial y sus países vecinos.