Por: Víctor Hugo Murillo S. 26 noviembre, 2016

Están apenas separados por 145 kilómetros de agua y sus relaciones se remontan inclusive a los momentos cuando a Estados Unidos lo constituían 13 colonias británicas y Cuba era una posesión del Imperio español.

Desde el siglo XVIII, mantenían intercambios comerciales, en muchos casos por la vía del contrabando que la monarquía de Londres alentaba para romper el rígido control monopolista que ejercía –o al menos lo intentaba– la Corona española.

La lucha por la independencia de Cuba, partir de la segunda mitad del siglo XIX, no pasó inadvertida para Estados Unidos, donde la idea una anexión de su vecino ya interesaba y se discutía.

En 1848 y 1854 el Gobierno estadounidense ofreció a España comprar el territorio.

En el último cuarto del siglo XIX, aumentó la presencia económica estadounidense en Cuba, donde los productores estaban urgido de capital y crédito que España no podía satisfacerles.

Esta dependencia inquietó al líder del movimiento independentista, José Martí, quien advirtió sobre el lastre que tal situación representaría para una Cuba soberana.

Washington no veía con agrado a la Isla independiente y decidió intervenir en la lucha emancipadora de los patriotas cubanos. “La intervención transformó una guerra cubana de liberación en una guerra de conquista de Estados Unidos”, puntualiza el politólogo Louis Pérez en Cuba and The United States: Ties of Singular Intimacy.

Tras derrotar a España, se declara la independencia de Cuba, que entre 1902 y 1934 fue un protectorado estadounidense regido por la Enmienda Platt.

Al momento del triunfo armado de Fidel Castro, la potencia estadounidense ejercía un dominio abrumador sobre la economía cubana, especialmente en la industria azucarera, los servicios públicos y el transporte, sectores que fueron nacionalizados por el Gobierno que se instaló a partir del 1.° de enero de 1959.

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