1 diciembre, 2015

Bangui. AFP. Refugiados en el barrio PK5, bajo la amenaza constante de las milicias armadas cristianas, los musulmanes de la capital de República Centroafricana recibieron triunfalmente el lunes al Papa , quien les devolvió la “esperanza”.

“Creíamos que todo el mundo nos había abandonado, pero él no. Él quiere también a los musulmanes. Estoy muy feliz”, confesó Idi Bohari, un anciano ataviado con una túnica blanca resplandeciente pese al polvo levantado al paso de los vehículos blindados de la Organización de las Naciones Unidas.

Miles de personas se congregaron a lo largo de la carretera, algunos mostrando la bandera amarilla y blanca del Vaticano en una mano y su rosario en la otra, bajo la vigilante mirada de decenas de cascos azules, encargados de controlar la zona.

La etapa en Bangui era especialmente preocupante por causa de los enfrentamientos que oponen a menudo a jóvenes musulmanes cercanos a la exguerrilla Seleka y a milicias cristianas antibalaka, que han causado más de 100 muertos en Bangui desde finales de setiembre.

Cristianos y musulmanes están “condenados a vivir juntos”, reafirmó el lunes el gran imán de la mezquita central, Nahib Tidjani, delante del papa Francisco. Y no fue casualidad que el Pontífice decidiera realizar una escala imprevista en la escuela primaria de Koudougou, reabierta hace solo dos semanas, donde aprenden juntos cristianos y musulmanes.

Ousmane Abakar, portavoz de la comunidad musulmana de Bangui, manifestó que “ha llegado el momento de hacer las paces definitivamente”, después de dos años de caos que han devastado la República Centroafricana.

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“No debemos aceptar ser manipulados –advirtió– pues no se trata de un conflicto confesional; son los políticos quienes instrumentalizan a nuestros compatriotas y, al final, es el pueblo centroafricano el que pierde”.

Casi cada día, historias de jóvenes musulmanes o cristianos “asesinados” por el campo contrario recorren la ciudad. ¿Hechos demostrados o simples rumores? Tanto es que la tensión aumenta de inmediato y en los barrios implicados, barricadas hechas con neumáticos y palés de madera impiden la circulación, paralizando toda la capital.

En la avenida Barthelemy Boganda, que lleva al PK5, una parte de la carretera desierta, que bordea casas con los tejados calcinados, separa los barrios cristianos de las posiciones de los grupos de autodefensa musulmanes. La mayoría, con edades de apenas 20 años, vigilan la entrada de cada callejón de tierra rojiza.

“Debemos proteger a los habitantes, musulmanes y cristianos. Aquí al menos vivimos bien juntos, mientras que allí no puede vivir ningún musulmán (en zona cristiana), incluso salir del PK5 es un problema”, aseguró Faiçal Amadou, uno de los responsables de los comités de autodefensa.

Centenares de católicos y protestantes conviven con los musulmanes del PK5.

Es el caso de Lazare Ndjadder, de unos 60 años. “Siempre hay momentos de miedo, sobre todo a causa de pequeños bandidos o de atracadores, pero yo no me he sentido nunca inseguro aquí, es mi casa”, dijo con una gran sonrisa.

“Muchos somos mestizos: mi madre es cristiana y mi padre es musulmán2, ahondó Amadou Kolingba, que lleva el apellido del antiguo presidente –cristiano– André Kolingba (1981-1993).