Desde diciembre de 2013, han muerto 5.100 personas por el enfrentamiento entre milicias cristianas y musulmanas

 3 noviembre, 2014

Bangui

Miembros de las Fuerzas Armadas centroafricanas participaban en febrero en el linchamiento, en Bangui, de un presunto exmiembro de la milicia Seleka.
Miembros de las Fuerzas Armadas centroafricanas participaban en febrero en el linchamiento, en Bangui, de un presunto exmiembro de la milicia Seleka.

Ni un alma en el primer cruce del barrio PK5. Solo al final de una de las calles camina algún vecino de este punto de Bangui, capital de República Centroafricana. En la esquina, los puestos del mercado están vacíos. Tras 20 meses de guerra entre milicias musulmanas y cristianas, la tregua, frágil, había animado a los tenderos a reabrir.

Una granada lanzada por un musulmán contra cristianos el 7 de octubre desató de nuevo el terror. En 12 días, murieron una docena de personas solo en Bangui, entre ellos, dos cascos azules. 7.160 personas huyeron de sus hogares. Bangui, admiten militares europeos, volvió a ser "una ciudad sin ley".

El miedo en el país (de 4,6 millones de habitantes), tras más de 5.100 fallecidos desde diciembre de 2013, según la agencia AP, sigue a flor de piel. El autor del ataque pertenecía a Seleka (Alianza, en sango), grupo formado por musulmanes centroafricanos y mercenarios chadianos y sudaneses. Respondieron milicianos cristianos conocidos como antibalaka (antimachete).

Militares españoles del contingente europeo penetran en PK5 hasta tierra de nadie, otrora trinchera del conflicto. Un grupo de niños, muchos huérfanos de la guerra, bromean con los militares. "Mira ese", dice un soldado, "perdió al padre y a la madre y todavía sonríe".

El 15% de los centroafricanos profesa el islam, frente al 85% de cristianos. En la raíz del conflicto, la discriminación que los musulmanes sienten en las esferas de poder. La lucha por partir en dos el país, también por controlar las minas de oro y diamantes, ayuda a explicar la ofensiva de los Seleka sobre Bangui en marzo de 2013.

Su líder, Michel Djotodia, tomó la presidencia y los que lo ayudaron dieron rienda suelta a saqueos, violaciones y asesinatos. Los antibalaka contraatacaron en diciembre. Djotodia huyó un mes después. Fueron entonces las milicias cristianas las que la emprendieron contra los musulmanes.

"Imagínese que tiene a dos chicos armados", plantea a un militar italiano Merle, un veinteañero vecino. "Uno es cristiano y el otro musulmán, ¿a quién desarmará?". Sin mirar a los ojos salvo cuando ríe, escucha cómo el soldado explica que desarmaría a ambos. "Pero a ese lado", exclama señalando la otra orilla, "hay muchos jóvenes musulmanes locos y tienen que desarmarlos".

¿Quiénes son los locos de Merle? Ibrahim Bohari, musulmán de pelo trenzado, da alguna pista desde los estudios de Radio Ndeke Luka, en el sur de la capital. Fue futbolista y ahora coordina la ONG Los Hermanos Centroafricanos.

"Hay muchos jóvenes que no tienen empleo y son manipulables", señala. "Toman drogas y son utilizados por los grupos políticos". En otra mesa, con gorra y barba cerrada, se sienta Kengbanda Cyrille, técnico de electrodomésticos y comandante antibalaka. "Entiendo a los Seleka", afirma con sorna, "son patriotas radicales".

El despliegue de soldados europeos y cascos azules ha obligado a las milicias a esconder los fusiles y machetes. Las atrocidades, sin embargo, han calado. La onda expansiva de aquella granada llevó a miles de centroafricanos a refugiarse en los campos de M'Poko, junto al aeropuerto, hogar hoy de unos 21.000 desplazados (unas 900.000 personas han dejado sus casas desde diciembre).

Abraham, de 27 años y estudiante de Derecho, es uno de esos huidos de M'Poko. "Nunca pensé que fuera a vivir aquí, vivir así y con niños, nunca lo pensé", confiesa.

El miedo gobierna la débil tregua. Al sureste del aeropuerto corre el río Ubangui. Media docena de trabajadores enredan en las obras del embarcadero. "Antes éramos unos 30", dice Siril, joven capataz de la obra. Pero los antibalaka llegaron hace unos días y muchos huyeron a Congo, al otro lado de la orilla. "'Pronto volverán a trabajar", aventura. ¿Tiene miedo? "No, ahora se está bien". Los antibalaka, asegura, están cerca, al otro lado de las montañas.

Algunos de esos milicianos, sin embargo, ya no tienen donde resguardarse. Sanze Isevin es antibalaka. Tiene 25 años y está encarcelado. Descalzo, sin camiseta, se sujeta a los barrotes de una prisión destartalada. "Me detuvieron los franceses cerca de Camerún", explica. ¿Qué hacía? "Defender a mi familia contra los Seleka". Ahora, como expresan otros reos, solo quiere ser libre. Dejarlo todo para encontrar, precisamente, un trabajo.

Etiquetado como: