Tras el ataque del Estado Islámico, el 20 de julio, el gobierno turco la emprendió también contra los kurdos

 30 julio, 2015
Una niña hace el signo de la victoria delante de una bandera del Grupo de Comunidades del Kurdistán
Una niña hace el signo de la victoria delante de una bandera del Grupo de Comunidades del Kurdistán

Nusaybin

El año pasado creían despertar admiración con su batalla contra los yihadistas en Siria, pero ahora los kurdos de la ciudad turca de Nusaybin se sienten abandonados por Occidente en nombre de esa misma lucha antiyihadista y temen lo peor.

"¿Qué pasó en un año para que todo el mundo nos olvide?", se pregunta Vedat, de 45 años, convencido de que los dirigentes occidentales, en su lucha contra los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI), están dispuestos a "sacrificar" a los kurdos.

"¿Somos infrahombres hasta ese punto?", protesta Ismet Alp, de 70 años, alcalde de un barrio de esta ciudad de calles polvorientas.

Ismet Alp recuerda perfectamente los "secuestros, torturas y detenciones arbitrarias" que eran el pan de cada día en los 90, en el momento álgido de la lucha armada entre el poder central de Ankara y la guerrilla kurda.

La luz verde implícita dada, según él, por los países occidentales al presidente turco Recep Tayyip Erdogan para atacar a los militantes kurdos le hace temer una vuelta a esta época negra, en medio de la más absoluta indiferencia.

Desde el comienzo de la ofensiva turca, los habitantes de Nusaybin viven al ritmo de las operaciones militares. No pegan ojo por la noche debido a la proximidad de la ciudad siria de Qamishli.

Los despiertan "los enfrentamientos entre jóvenes kurdos y las fuerzas del orden en las calles", cuenta Idris Sarikaya, de 32 años. Asegura que los jóvenes están enfurecidos y ya no dudan en apuntar con las armas a la policía, a la que consideran hostil.

"Cinco de nuestros adolescentes murieron en los últimos días" en enfrentamientos con la policía, informa Ismet Alp, con las lágrimas en los ojos. No se ha podido verificar este balance.

"Si hace falta, nos veremos obligados a organizar nosotros mismos nuestra seguridad" y "pasará forzosamente por las armas", suelta su hijo de 26 años, Mehmet.

Idris Sarikaya, un joven albañil padre de familia, asegura que la amenaza está por todas partes: "A 25 kilómetros de aquí hay muchos combatientes del EI y en nuestro lado, en Turquía , nos rodea el ejército turco". Él dice que ya no se fía "de nadie".

Su prioridad es evitar un atentado yihadista en Nusaybin, como el que el 20 de julio mató a 32 jóvenes kurdos en la ciudad turca de Suruc.

"Cuando los efectivos policiales son insuficientes, hace falta que nuestros jóvenes controlen a la gente y los vehículos en todas las calles, todos los barrios; que levanten retenes filtrantes en todos los sitios, si es posible sin utilizar las armas", explica.

Pero "cada vez que hemos levantado retenes, la policía vino para desmantelarlos", se lamenta.

Cansado por años de esperanzas de paz frustradas, Ismet Alp ya no tiene fe en el futuro. "Para nosotros los kurdos, la muerte es quizá todavía mejor que la vida que llevamos aquí", sentencia.

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