24 marzo
Foto de archivo del 10 de octubre de 2010, en la que aparecen, en primera fila, el líder libio Muammar Gadafi (centro), el presidente egipcio Hosni Mubárak (der:) y el gobernante yemení Ali Abdullah Saleh (izq.).
Foto de archivo del 10 de octubre de 2010, en la que aparecen, en primera fila, el líder libio Muammar Gadafi (centro), el presidente egipcio Hosni Mubárak (der:) y el gobernante yemení Ali Abdullah Saleh (izq.).

El Cairo

El expresidente Hosni Mubárak, que dirigió Egipto durante 30 años con mano de hierro hasta ser derrocado por una revuelta popular en 2011, fue puesto en libertad este viernes después de que la justicia desestimó las acusaciones más graves que pesaban contra él.

Otrora adulado en el extranjero y temido en su país, Mubárak no pudo eludir la ola de indignación popular durante la Primavera Árabe en enero y febrero de ese año.

Las protestas populares, que duraron 18 días, generaron una sangrienta represión que dejó cerca de 850 muertos.

Derrotado y casi dado por muerto, Mubárak , de 88 años, salió este viernes del hospital militar en el que ha pasado la mayor parte de sus seis años de detención, después de que la justicia retiró los cargos por complicidad en la muerte de los manifestantes y lo absolvió definitivamente el 2 de marzo.

En enero de 2016, la corte de apelación había confirmado una pena de tres años de prisión para el exdirigente y dos de sus hijos por cargos de corrupción, pero la pena pronunciada tenía en cuenta el tiempo ya pasado en prisión, por lo que tanto Alaa como Gamal Mubárak fueron puestos en libertad.

A su llegada al poder en 1981, tras el asesinato de su predecesor Anuar el Sadat a manos de islamistas, pocos apostaron por la permanencia en el poder de este hombre sin gran carisma.

Nacido el 4 de mayo de 1928 en una familia de la pequeña burguesía rural del delta del Nilo, Mohamed Hosni Mubárak escaló puestos en la jerarquía militar hasta llegar a comandante en jefe de la Fuerza Aérea y fue nombrado vicepresidente en abril de 1975.

Su alianza con Estados Unidos y el mantenimiento contra viento y marea de los acuerdos de paz firmados en 1979 con Israel, que le habían costado la vida a Sadat, le dieron la reputación de moderado y el favor en Occidente.

De silueta rotunda, cabellera eternamente negra pese a su edad, inmune al paso del tiempo, y la mirada a menudo oculta bajo lentes de sol, Mubárak se convirtió con los años en una figura familiar de los cónclaves internacionales.

Pese a dar una proyección de hombre pragmático, su imagen se fue erosionando por la falta de contacto con su pueblo y por una reputación de orgullo sin límites.

Un temible aparato policial y un partido a su servicio lo apuntalaron en el poder pero lo alejaron de los egipcios.

Pese a su oposición férrea al islamismo radical inspirado en Al Qaeda, no logró impedir el fortalecimiento de un islam tradicionalista inspirado por el influyente movimiento de los Hermanos Musulmanes.

Esa cofradía fue la gran vencedora de las elecciones que se celebraron tras su caída, las primeras libres en Egipto, aunque eso no bastó para pacificar al país, y su sucesor, Mohamed Mursi, fue derrocado por los militares en julio de 2013.

Las políticas de apertura económica de los últimos años de su presidencia, en los que Mubárak se convirtió en un liberal convencido, hicieron que Egipto despuntara económicamente, pero las desigualdades también se acentuaron, así como el descontento social y la corrupción, otro mal endémico del país en las últimas décadas.

Durante su larga carrera, Hosni Mubárak escapó, por lo menos, a seis intentos de asesinato y el estado de emergencia rigió a lo largo de todo su mandato.

Desde que se apartó del poder, su estado de salud ha dado pie a numerosas conjeturas e informaciones contradictorias, con presuntos diagnósticos de depresión aguda, cáncer, accidentes cardíacos o problemas respiratorios.

El exjefe de Estado llegó incluso a ser declarado "clínicamente muerto" en 2012 por la agencia oficial Mena.

Desde el inicio del proceso judicial por su papel en la represión de la revuelta de 2011 siempre ha asegurado que no tuvo nada que ver en la muerte de los manifestantes.

"Ahora que mi vida se acerca a su final, gracias a Dios tengo la conciencia tranquila", aseguró en agosto.

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