27 junio

Sao Paulo

Michel Temer siempre fue un corredor de fondo en los envenenados pasillos del poder brasileño, desde donde emergió hace un año para desbancar a su compañera Dilma Rousseff. Pero, desde entonces, nada ha salido como lo calculó este veterano estratega, en lucha constante por su supervivencia.

El último revés lo recibió este lunes, cuando el fiscal general lo denunció formalmente por corrupción, dejando su cargo de nuevo al borde del abismo.

Ahora se abre un proceso ante la Corte Suprema que podría apartarlo del cargo aunque, antes, debe ser validado por dos tercios de la Cámara de Diputados, donde este político de 76 años comenzó su viaje al poder hace tres décadas.

Su gobierno está en la cornisa desde que el diario O Globo reveló el 17 de mayo una comprometedora grabación en la que parecía dar su aval para la compra del silencio del poderoso expresidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, ahora preso.

"No renunciaré. Repito, no renunciaré", proclamó después de que el Supremo Tribunal Federal (STF) decidiera investigarle.

Y no se ha ido. Pero en aquella velada, registrada en el grabador de uno de los dueños del gigante cárnico JBS, para muchos empezó el fin de un mandato que nunca se despojó de las convulsiones de su nacimiento, en pleno frenesí de la destitución de la izquierdista Rousseff.

Miles de brasileños se manifestaron desde entonces para pedir su salida, al tiempo que una veintena de pedidos de impeachment se agolpaban en el Congreso y el crucial PSDB (Partido de la Socialdemocracia) se planteaba abandonar su gobierno.

Temer logró ganar tiempo y sobrevivió al juicio del Tribunal Superior Electoral (TSE), que decidió por una ajustada mayoría no anular los comicios en los que fue elegido vicepresidente junto a Rousseff en 2014, pero todavía quedaban muchos frentes abiertos.

Discreto organizador entre bastidores, el mandatario conservador supo abandonar a tiempo el barco de la entonces presidenta, de quien ya se había desmarcado meses antes reprochándole que le tratara como un "vicepresidente decorativo". Él quería más.

Rousseff le acusa de haber orquestado un "golpe parlamentario" junto a Cunha, apodado el "Frank Underwood de la política brasileña", en referencia al maquiavélico protagonista de la serie House of Cards.

Pero solo Temer sigue ahora en pie.

Escudado en su aire glacial y gestos contenidos, el presidente ha gobernado impermeable a las críticas de quienes cuestionan su legitimidad o la dureza de sus ajustes.

Pragmático y con el apoyo de los mercados, siempre ha pensado que el éxito de sus polémicas reformas le permitirá pasar a la posteridad como el presidente que sacó a Brasil de la peor recesión de su historia, dejando en segundo plano sus ínfimos índices de popularidad.

Pero la mejora de las cifras, incluyendo el primer crecimiento del PIB tras ocho trimestres de contracción, no ha sido suficiente para conectar con la población a este político que apenas había salido de la sala de máquinas del poder. Y su popularidad se halla en un escuálido 7%.

¿Quién es?

Michel Miguel Elias Temer Lulia nació en 1940 y creció en una finca del interior paulista como el menor de ocho hermanos en una familia de inmigrantes libaneses católicos, llegados a Brasil 15 años antes.

En la capital económica del país se convirtió en un prestigioso abogado constitucionalista e inició la carrera que lo llevó a ser tres veces presidente de la Cámara de Diputados durante sus seis mandatos como legislador del PMDB, partido que presidió durante 15 años.

Su salto a la primera línea atrajo también los focos hacia su tercera esposa, Marcela, madre de su quinto hijo y 43 años menor. Esta exconcursante de certámenes de belleza, con "Michel Temer" tatuado en la nuca, fue ensalzada en un polémico perfil de la revista Veja como la primera dama perfecta: "Bella, recatada y de su hogar". El artículo no tardó en hacerse viral.

Amante de las letras, cuando aún era vicepresidente reunió los poemas que escribía en servilletas en el libro "Anónima intimidad" (2013). Pero como se desprende de los versos de "Asintonía", por entonces no se avistaba la tormenta.

"No hay tragedia / A la vista. / Ni recuerdos / De tragedias pasadas. / Ni dolores en el presente. / Lamentablemente / Todo va bien / Por eso / Andan mal / Mis escritos".

Eran otros tiempos.

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