15 febrero, 2016

Nairobi

"Estaría muy feliz si te murieras. ¿Por qué no te mueres y me dejas en paz?", le dice una mujer keniana a su hija, que nació fruto de una violación durante la ola de violencia que siguió a las elecciones de diciembre de 2007 en Kenia.

Brooklyn, que hoy tiene siete años, es solo una de las centenares de personas que han renunciado a tener una vida normal en este país, ante el estigma de los abusos sexuales cometidos por simpatizantes de los candidatos que compitieron en los comicios y la indiferencia del Gobierno.

El cruce de acusaciones de los dos principales aspirantes a presidir Kenia desató a finales de 2007 una ola de violencia tribal, entre los seguidores de Raila Odinga (de etnia lúo) , que se proclamó vencedor y acusó al presidente electo, Mwai Kibaki (kikuyu), de fraude electoral.

Una orgía de sangre se llevó la vida de 1.300 personas (desmembrados a machetazos, muchos de ellos), forzó a huir de sus hogares a 660.000 personas y al menos 900 mujeres fueron víctimas de abusos sexuales, según cifras oficiales.

El número de violaciones fue seguramente superior, según Human Rights Watch (HRW) , que presentó en Nairobi un informe sobre mujeres, hombres y niños víctimas de la violencia sexual y denunció que este colectivo todavía espera recibir asistencia básica y ser compensado por el Gobierno.

Las mujeres fueron violadas, casi siembre por grupos de hombres de tribus rivales, que las penetraron con pistolas, palos, botellas y otros objetos, frente a sus hijos y otros familiares. También abusaron de los hombre, a los que castraron y circuncidaron.

Pero hay otro grupo de víctimas no figura en ninguna lista oficial, porque la mayoría ni siquiera tiene partida de nacimiento: los hijos de las violaciones que se produjeron en aquellos días.

"Maltrato mucho a Brooklyn. Un día planeé ir al mercado de Gikomba y dejarla allí. La he maltratado tanto que va muy mal en el colegio y está muy asustada. Me tiene miedo..." , confesó a HRW Adhiambo, una mujer keniana que fue violada en diciembre de 2007, cuando tenía 17 años.

Como muchas otras mujeres que concibieron en esas condiciones, Adhiambo no quería tener a su hija.

"Un día, descubres que estás embarazada porque, simplemente, fuiste a votar y a ejercer tu derecho como ciudadana. ¿Qué haces?", explicó Jacqueline Mutere, fundadora de la organización comunitaria Grace Agenda.

A Mutere, una mujer de 47 años, también le costó aceptar a su hija, y finalmente decidió crear este grupo para ayudar a las mujeres que están criando a niños nacidos de violaciones.

"No quieres tener el hijo de un delincuente, de un kikuyu, de un lúo, de un kalenjin... Piensas en las opciones que tienes, y esa opción es el aborto. Pero el aborto es ilegal en Kenia", relató Mutere en rueda de prensa.

Cuando los niños nacen tienen que aprender a convivir con el estigma y el rechazo inmediato de su comunidad, su familia y su madre, quien a veces se convierte en el principal agente de su maltrato.

"Empecé a pegarle cuando era muy pequeña, ni siquiera tenía un año. Pero no me importaba", admitía Adhiambo.

"El informe de HRW demuestra que la vida de la gente ha quedado rota en pedazos" , lamentó Christine Alai, coordinadora del Programa de Violencia Sexual en Zonas de Conflicto de Físicos por los Derechos Humanos (PHR) .

Para Alai, es necesario investigar "el origen de las causas que dividen" a la sociedad keniana.

Para Mutere y otras víctimas de aquel infierno electoral, ésa es "la vida de las mujeres en Kenia".

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