24 febrero, 2016
Carole Joseph con sus hijos en Oraiani, Haití
Carole Joseph con sus hijos en Oraiani, Haití

Oriani

Las zanahorias y las papas que cultiva Carole Joseph en Haití están secas. Ya no le quedan pollos a la familia. La mujer vendió primero sus pocas herramientas y luego la cama de madera donde dormían ella y sus hijos para comprar comida. La familia ahora duerme en el piso de su casucha.

Lo único que le queda son las cacerolas que usa para cocinar sobre fogatas... cuando hay algo para comer.

Esta mujer de 28 años, con cuatro hijos, es parte de las 1,5 millones de personas que no comen bien por una sequía de años que arruina las cosechas de su pequeño poblado de la montaña y de otras regiones del país.

"Comemos y bebemos algo todos los días, pero nunca lo suficiente como para recuperar las fuerzas. Ya no sé qué hacer", expresó Joseph con voz ronca mientras acunaba a sus mellizos, cuyos cabellos quebradizos y amarillentos son signo de malnutrición.

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En los últimos tres años ha habido una feroz sequía que ha agravado la miseria de numerosos haitianos que ya vivían en la pobreza absoluta. Las cosechas del año pasado fueron las peores en 35 años, en un país en el que más de dos tercios de su población viven de la agricultura, y que a menudo usa herramientas arcaicas.

Muchos haitianos se van a dormir hambrientos y están acostumbrados a las privaciones y a los desastres naturales. Pero el impacto de esta sequía ha sido tan severo que el país enfrenta una "inseguridad alimenticia sin precedentes " , según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios.

La sequía se intensificó el último año por El Niño, un fenómeno que ha estado alterando los patrones climáticos en todo el mundo y que ha producido sequías en América Latina y el Caribe. Cuba sufrió su peor sequía en más de un siglo en el 2015 y en Puerto Rico y otros sitios se ha racionado el agua.

Pero hay pocos sitios más vulnerables que Haití, donde 3,6 de sus 10,4 millones de habitantes no consumen el mínimo de calorías diario, de acuerdo con el Programa Alimenticio Mundial de la ONU. De ellos, 1,5 millones necesitan ayuda urgente porque están tan mal alimentados que se debilitan.

"Esta sequía es muy peligrosa. La presión sobre la gente va en aumento", dijo el economista haitiano Kesner Pharel, quien acotó que los alimentos se llevan más de la mitad del ingreso promedio de una familia en Haití.

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Pharel dijo que la producción agrícola se ha contraído tanto en los dos últimos años que el 70% de lo que consume Haití es importado. Antes se importaba el 50%. A medida que merma la producción de alimentos, se desvaloriza la moneda local, lo que hace que los costos de los productos importados aumenten.

Las autoridades dicen que cada vez más familias de zonas rurales se ven obligadas a emigrar a las ciudades. Al no contar con las suficientes calorías, por otro lado, los niños son más vulnerables a infecciones, incluida sarampión.

Wendy Bigham, directora local del Programa Alimenticio Mundial de la ONU, dice que muchas familias campesinas han estado consumiendo las semillas para sus cultivos, pidiendo préstamos y vendiendo sus posesiones, como ganado y herramientas, para poder comprar comida. Con el correr del tiempo, no obstante, la situación se hace cada vez más insostenible.

En el poblado de Oriani, en las montañas del sudeste del país, Joseph lo sabe muy bien. Su esposo se fue hace un año para buscar trabajo en República Dominicana y no ha vuelto. Se vio obligada a vender sus pollos y sus otras posesiones para comprar comida.

Una tarde reciente, periodistas de AP se encontraron con ella en una clínica del pueblo colmada de mujeres con bebés. Sus mellizos de dos años, Angelo y Angela, no están desarrollándose normalmente, al punto de que todavía no caminan ni dicen palabra alguna. Lo único que le dieron en el lugar fueron unas tabletas para combatir los parásitos ya que a la clínica se le acabó una mantequilla de maní rica en sustancias nutritivas.

En la casucha de su familia de piedra y madera, los otros dos hijos de Joseph, Junel, de 10 años, y Stevenson, de 12, descansan sobre una alfombra de paja mientras su madre trata de alimentar de pecho a los hambrientos mellizos. Joseph está tan malnutrida y deshidratada que no produce leche alguna. "Solo quiero calmarlos" , expresó.

Para hacer llegar ayuda de emergencia a gente como Joseph y sus hijos, el Programa Alimenticio de la ONU intenta recaudar $84 millones en donaciones para distribuir efectivo y comida entre un millón de personas. Estados Unidos ha reforzado su ayuda de emergencia a Haití, repartiendo $11,6 millones entre organizaciones sin fines de lucro para combatir el déficit alimenticio de unas 135.000 personas.

Hacer llegar comida de emergencia a comunidades a las que se puede llegar únicamente en burro es difícil, pero no tanto como resolver los crónicos problemas alimenticios de Haití.

Abnel Desarmours, director interino de la Unidad de Coordinación Nacional de Seguridad Alimenticia del gobierno, dijo que hacen falta más esfuerzos sostenidos para escaparle al ciclo inacabable de desastres y rescates. El aumento en la inseguridad alimenticia refleja lo vulnerable que siguen siendo los haitianos a pesar de haber recibido asistencia mundial por décadas.

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Haití tiene problemas de malnutrición desde hace tiempo como consecuencia de una pobreza generalizada, el mal funcionamiento de las instituciones, la corrupción y un sector agrícola frágil, muy golpeado por una degradación climática y ambiental.

Por ahora, Joseph hace lo que puede para darle a su familia dos comidas diarias. "Es muy duro porque empiezan a llorar de noche y no puedo hacer nada", expresó.

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