Vecinos de barrios pobres compran provisiones por temor a desórdenes

 5 diciembre, 2015

Caracas. En cola desde hace cuatro horas para comprar pollo, harina y aceite, Hilda García se aprovisiona para las elecciones legislativas venezolanas del domingo. “Por si acaso trancan todo. Tengo temor de que vaya a haber plomo”, manifestó.

Enclavada en una colina de casas humildes en el este de Caracas, la barriada Veintitrés de Enero, tradicional bastión chavista, vive el bullicio de un viernes particular. Faltan pocas horas para las votaciones y muchos, como Hilda, se levantaron temprano para ir a comprar.

En voz baja, cuidándose de no ser oída por la vecina de atrás, Hilda, de 63 años, se queja de que “la situación está malísima”. Como ella, los vecinos de su edificio, un bloque de cemento con ropa tendida en sus ventanales, aprovecha el mercal (mercado popular) que montó el Gobierno. Hoy está mejor, hay pernil (pierna) para Navidad.

Temores. Hilda y muchos otros temen desórdenes si la oposición gana la mayoría parlamentaria –como dicen las encuestas– por primera vez en 16 años de gobierno chavista.

“Todos quieren ganar, los chavistas y oposición; entonces uno se preocupa de que algo pueda pasar”, afirmó Whitney Rivas, una manicurista de 22 años, que cargaba a su niña de seis meses en la fila de un supermercado estatal del este de Caracas. Este día, hay harina y café. Allí no hay pollo ni pernil.

Un jovencito pasa cerca de una gran pancarta, en Caracas, donde se promueven candidatos al Congreso cercanos al gobierno chavista. | AP
Un jovencito pasa cerca de una gran pancarta, en Caracas, donde se promueven candidatos al Congreso cercanos al gobierno chavista. | AP

Alexánder Varela, cocinero de 41 años, interviene en la conversación: “Hay gente que cree que va a haber pleito en la calle; por eso, estas compran nerviosas, pero no va a pasar nada”, asegura, recostado en la pared, delante de Whitney en la cola.

Venezuela sufre una aguda escasez de productos básicos y una inflación disparada al 200% –según analistas independientes–, por lo que el Gobierno, que atribuye la crisis a una “guerra económica” de empresarios, dispuso la venta regulada de productos básicos a precios subsidiados.

Sin embargo, muchos alimentos no se consiguen y hay que recurrir al mercado paralelo, a precios altísimos.

Café, salsa de tomate, pan, galletas, atún enlatado... “Todo lo que pueda servir para una semana, aunque nos cueste más bolos (bolívares)”, dice Aura García.

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El temor de la gente no es casual. El presidente Nicolás Maduro proclamó que los chavistas ganarán “como sea”.

Mejor en casa. En el interior del país, la tensión es similar. “Hoy me iba a Mérida, al novenario de un tío, pero mi familia me aconsejó quedarme en casa. Hay estrés por todos lados”, cuenta Mercedes Suárez, desde Maracaibo.

“Me dijeron que podía escasear la gasolina y me armé con una garrafa para tener en la casa, también llené el tanque”, asegura Alberto Peña en una estación de servicio de Barquisimeto.

Por estos días, está difícil cambiar dólares por bolívares en el mercado negro. En vísperas de elecciones, la divisa se cotiza a 920 bolívares, 145 veces la tasa oficial más baja (6,30 bolívares) reservada para la importación de alimentos y medicinas.

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“La gente piensa que si gana la oposición esto va a cambiar. Se especula que bajará mucho el precio del dólar, eso hace que se esperen para comprar”, declaró un cambista.

En los cajeros automáticos se forman también largas filas. “Estamos sacando plata por si hay un zaperoco”, declara Maricela González, con un bolsa llena de bolívares, a la salida de un banco del este de Caracas.

Universidades y otras instituciones, entre ellas una prestigiosa academia de enseñanza del inglés ubicada en Chacaito, en el este de Caracas, decidieron no abrir el lunes.

“Yo no voy a ir a dar clases. Traeré a mi mamá conmigo a mi casa el fin de semana, por cualquier emergencia quiero tenerla cerca”, declaró a la AFP María Brenes, una profesora universitaria que vive en el oeste de Caracas.

En el barrio Veintitrés de Enero, Hilda sigue en fila. Ella no se complica: “Yo estoy lista para ir a votar; después me quedo en mi casa, quietita a esperar. ¡Que sea lo que Dios quiera!”.