Habitantes de la ciudad siria se han acostumbrado a convivir con el conflicto armado

 24 noviembre, 2014
Músicos sirios se presentan en un bar y restaurante de la ciudad de Alepo.
Músicos sirios se presentan en un bar y restaurante de la ciudad de Alepo.

Alepo, Siria

La otrora famosa vida nocturna de la metrópolis siria de Alepo , devastada por la guerra, trata de resucitar con bares abiertos y conciertos en los distritos controlados por el régimen e incluso en los barrios rebeldes castigados por las bombas.

En el bar Fayruz, en el barrio 'chic' de Mogambo, Jalaa y sus tres amigas degustan un helado, mientras chismorrean entre risas.

"Claro que nos quejamos del racionamiento de la electricidad, de la falta de agua, pero la mayor parte del tiempo hablamos sobre todo de nuestras vidas", explica esta abogada en esta zona del sector gubernamental.

Vestidas elegantemente con velos multicolores, las cuatro se divierten intercambiando mensajes y fotos con sus teléfonos mientras un violinista trata de hacerse oír.

"Paradójicamente, nos quedamos menos en casa que antes de la guerra, nos encontramos a menudo en un café de la esquina", asegura Mays, también abogada.

La guerra golpeó la capital económica de Siria en julio del 2012, cuando los rebeldes se apoderararon de la mitad de esta ciudad del norte del país.

Rutina de la guerra. "Al principio, no nos atrevíamos a salir, todo nos daba miedo: los francotiradores, el ruido de las bombas... Después, el temor cesó. ¿Oíste esta detonación? Ya ves, nadie ha reaccionado", comenta Dibeh, empleada de la compañía eléctrica.

Sirios juegan cartas en un café en el barrio de Mogambo, en el sector de la ciudad de Alepo controlado por las fuerzas gubernamentales.
Sirios juegan cartas en un café en el barrio de Mogambo, en el sector de la ciudad de Alepo controlado por las fuerzas gubernamentales.

Una frágil estabilidad ha permitido a una quincena de bares abrir o reabrir en Mogambo y Aziziyé, en manos del régimen.

"Pese a la guerra, debemos trabajar y vivir", resume el gerente del Fayruz, Jihad Moghrabi. "Al otro lado, abrieron algunos restaurantes, pero no es como aquí. Lo único en común es el café y el narguile", agrega este hombre de 30 años.

En el lado rebelde, en Bustan al Qasr (este), el patrón del restaurante al-Antik (El Antiguo), Abu Sami, se feexpresa. confía.

"Nuestro establecimiento atrae a combatientes y es muy popular", dice, señalando que se siente seguro cerca de un punto de control rebelde.

La mayoría de restaurantes cerraron en la zona insurgente por la campaña del régimen de lanzamiento de barriles de explosivos, un tipo de bombas no guiadas lanzadas desde los helicópteros, que ha dejado miles de muertos en un año.

Comparados a los de las zonas prorrégimen, que siempre han sido las más acaudaladas, la decena de establecimientos que sobreviven en estos barrios son más tradicionales y populares: las mujeres vienen siempre acompañadas de sus esposos y en ellos se recitan "qudud halabiya" y muashahat (géneros de poesía cantada).

La vida es diferente. Pero Riad al Hasan, un cliente habitual de estos restaurantes, echa en falta los viejos tiempos. "Cuando la ciudad estaba unificada, tenías muchas más opciones. Las calles ya no son tan seguras puesto que cada noche hay bombardeos y combates".

Y es que la vida nocturna es más animada en el oeste progubernamental. En Shahba al Sham, una discoteca abierta todas las noches en el antiguo hotel Meridien, una veintena de personas bailan en medio de la pista al son de una música ensordecedora. El fin de semana, pueden sumar un centenar.

La guerra no es obstáculo para que estos jóvenes se diviertan en un club nocturno en la parte norte de la ciudad de Alepo, bajo control de las fuerzas del Gobierno.
La guerra no es obstáculo para que estos jóvenes se diviertan en un club nocturno en la parte norte de la ciudad de Alepo, bajo control de las fuerzas del Gobierno.

"Todos mis amigos vienen aquí", manifiesta Husam Shaaban, un comerciante de autos de 29 años, acompañado de su novia, Sally, muy maquillada.

"Hace dos días, una bombona repleta de explosivos cayó cerca de mi casa y vine aquí a olvidar la guerra", asegura este joven, vestido con una camiseta negra.

En el barrio de los cristianos siríacos, Firas Jeilati, de 25 años y barba negra, atiende el Athar al Farasha, un café donde los artistas vienen a cantar o a recitar poemas antiguos y contemporáneos.

"El local pertenecía a dos hermanos que eran amigos míos. Como una premonición, me dijeron que si les pasaba algo, me tendría que hacer cargo. Media hora más tarde, morían en su casa por un obús".

"Pierdo dinero, pero continuaré hasta el final para cumplir mi promesa", proclama Jeilati.

"Alepo es una fuente de dolores que borbotea en mi país", se escucha recitar en su café, un "qudud" que hoy en día tiene una resonancia especial.

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