1 marzo, 2013

Ciudad del Vaticano. AFP. Benedicto XVI fue un papa intelectual y un refinado teólogo que en sus últimas intervenciones supo mostrar una humildad y una sencillez que los fieles le desconocían.

“Nos ha dejado un gran testamento espiritual. Una reflexión con todas las claves de su pontificado”, dijo el mexicano Sergio Tapia, profesor de la Universidad de la Santa Croce, en Roma.

“Poco a poco, la imagen y prejuicio que se tenía del teólogo severo desaparece y aparece aquella de la persona que toma la decisión de romper los esquemas de todos y no solo de la Iglesia”, sostuvo Tapia, en referencia a la renuncia del Papa , un hecho sin precedentes en siete siglos en la Iglesia católica.

Para numerosos prelados, obispos y cardenales que asistieron el miércoles a la histórica audiencia en la plaza de San Pedro, algunos con los ojos empañados por las lágrimas, la última lección del Papa demuestra la densidad de su misión y, sobre todo, cuestiona el modelo centralizado de gobierno de la Iglesia.

“Es un discurso importante, bello y dramático, con el que cierra su recorrido de Pontífice y llama a la Iglesia a purificarse y a renovarse, tal como lo hizo antes de ser elegido Pontífice en 2005, en una memorable homilía”, comentó el vaticanista Ignazio Ingrao, de la revista Panorama.

“El Papa dice a la Iglesia: Soy solo un obispo entre los obispos”, explicó Ingrao. Una imagen que confirmó ayer, en su último encuentro con los cardenales, al ofrecer su “incondicional obediencia” a quien sea elegido su sucesor.

Despedida sencilla. El tímido y anciano Pontífice, a punto de cumplir 86 años, que en los últimos días de su pontificado ha abandonado las gafas y soporta con más resignación el protocolo de las ceremonias públicas, eligió el Evangelio para expresar el miércoles, con palabras sencillas, su confianza en una Iglesia aquejada por los escándalos y las luchas de poder. “La barca de la Iglesia no es mía, ni vuestra, es Suya”, dijo Benedicto XVI, que citó a san Pablo, el apóstol de las naciones, para explicar el peso que han significado para él durante los ocho años de su reino los viajes, las recepciones y las conferencias.

Relajado, sonriente, casi feliz, se dirigió a la gente común con menos timidez, agradeció las cartas, mensajes y oraciones que ha recibido de todo el mundo y hasta se refirió, sin mencionarlos explícitamente, a los escándalos, las controversias, en sustancia, los males de la Iglesia.

“El Señor nos ha dado muchos días de sol y ligera brisa, días en los que la pesca fue abundante, pero también momentos en los que las aguas estuvieron muy agitadas y el viento contrario, como en toda la historia de la Iglesia [cuando] el Señor parecía dormir”, afirmó.