11 abril

Reguengos de Monsaraz, Portugal.

En ciertas aldeas del sudeste de Portugal, la escasez de curas católicos ha llevado a varias mujeres, simples creyentes, a celebrar ellas mismas el encuentro dominical para animar la vida religiosa de estas comunidades envejecidas pero abiertas al cambio.

En la minúscula iglesia de Carrapatelo, aldea de medio centenar de casas posadas sobre una colina que da a los viñedos de la región de Reguengos de Monsaraz, Claudia Rocha, vestida de negro y con zapatillas, se dirige a una docena de fieles, mujeres mayores en su mayoría.

Mientras su cazadora de cuero y su smartphone la esperan apoyados en el primer banco, la joven de 31 años lleva con facilidad esta "asamblea dominical en ausencia de cura".

Claudia Rocha dirige la celebración religiosa dominical en su pueblo, Carrapatelo, en Portugal. La falta de curas católicos ha impulsado a que cada vez más mujeres asuman ese rol.
Claudia Rocha dirige la celebración religiosa dominical en su pueblo, Carrapatelo, en Portugal. La falta de curas católicos ha impulsado a que cada vez más mujeres asuman ese rol.

Tras las oraciones y los cantos litúrgicos, ella misma comenta las lecturas bíblicas del día, como lo haría cualquier otro prelado.

Al final de la ceremonia, distribuye la comunión como en la misa, con la sola diferencia de que las hostias que reparte han sido antes consagradas por un cura y que no bebe el vino, que representa la sangre de Cristo.

"Si yo no estuviera aquí hoy, esta iglesia estaría cerrada. Poco importa que sea mujer, diácono o cura: lo que cuenta es tener a alguien que pertenezca a la comunidad y mantenga el vínculo con el cura, incluso cuando él no está", explica a la AFP.

Esta asistente social, divorciada sin hijos, forma parte del grupo de 16 laicos, ocho mujeres y ocho hombres, elegidos por el padre Manuel José Marques para ayudarle a conservar una presencia regular de la iglesia en las siete parroquias a su cargo.

"Puede parecer raro y nuevo, pero no hemos inventado nada. Se trata de una herramienta prevista por la Iglesia desde hace mucho tiempo, para los casos en que sea absolutamente necesario", destaca este cura de 57 años.

En efecto, otros países tienen este tipo de celebraciones sin ministro ordenado, como Alemania, Francia, Suiza o Estados Unidos, debido a la falta de curas católicos.

Su aparición se remonta a los años 80, pero el Vaticano y numerosos eclesiásticos se niegan a alentarlas por temor a una banalización de la misa.

El padre Manuel José, por su parte, no lo ve con malos ojos. En Reguengos de Monsaraz, localidad de la región de Alentejo, cerca de frontera con España, necesita este tipo de asambleas dominicales, que se celebran desde hace más de una década.

Los fieles que lo ayudan de forma voluntaria, de entre 24 y 65 años, "son gente que tiene la experiencia de la fe y del encuentro con Jesucristo, y que saben hablar de ello", resume precisando que no hace "ninguna distinción" entre hombres y mujeres.

El recurso a las mujeres laicas existe en otras regiones rurales de Portugal, país de diez millones de habitantes de los cuales el 88% es católico, según estimaciones de la Iglesia, y que solo tiene unos 3.500 curas para 4.400 parroquias.

El pasado agosto, el papa Francisco creó una comisión de estudio sobre el papel de las mujeres diáconos en los albores del cristianismo. Y si bien desmintió haber "abierto la vía a las diaconisas", su iniciativa se percibe como un gesto de apertura potencialmente histórico sobre el papel de las mujeres en el seno de la Iglesia.

"Es un asunto muy delicado, pero nosotros lo hemos hecho simple. En esta pequeña aldea, le hemos tomado la delantera al Vaticano", considera Claudia Rocha al salir de la iglesia.

Exhibiendo un espíritu progresista, el padre Manuel José considera que "las mujeres sería muy buenas curas y diáconos". No obstante, advierte, "no es la opinión de un cura ni de diez la que hace la teología":

Los parroquianos, por su parte, aprueban la presencia de una mujer en el púlpito. "Al principio nos resultaba extraño: '¿Una mujer diciendo la misa?' Pero luego nos acostumbramos", explica Angélica Vital, obrera jubilada de 78 años.

"Y si faltan curas, creo que deberían poder casarse... son hombres igual que el resto", afirma con una sonrisa pícara.

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