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El suicidio económico de Europa

Actualizado el 23 de abril de 2012 a las 12:00 am

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El suicidio económico de Europa

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El suicidio económico de Europa - 1
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El suicidio económico de Europa - 1

El sábado 14 de abril, The New York Times reportó sobre un fenómeno que aparentemente está creciendo en Europa: “suicidio por [causa de] la crisis económica”, gente que se quita la vida desesperada por el desempleo o fracasos empresariales. Es una historia conmovedora.

Pero estoy seguro de que no fui el único lector, especialmente entre los economistas, que se preguntó si el panorama amplio no tiene tanto que ver con los individuos como con la aparente decisión de los líderes europeos de cometer suicidio económico del Viejo Continente como un todo.

Hace apenas unos meses, tenía algo de esperanza respecto a Europa. Puede que recuerden que avanzado el otoño anterior Europa daba la impresión de estar al borde de un colapso económico, pero el Banco Central Europeo, la contraparte europea de la Reserva Federal de los Estados Unidos, salió al rescate del continente.

Ofreció a los bancos de Europa líneas de crédito abiertas en el tanto en que pusieran los bonos de los gobiernos europeos como garantía; esto apoyó directamente a los bancos, dio apoyo indirecto a los gobiernos y puso fin al pánico.

La interrogante entonces era si esta corajuda acción sería el inicio de un replanteamiento más amplio, si los líderes europeos iban a aprovechar el espacio creado por el banco para reconsiderar las políticas que dieron lugar a la crisis.

Pero no lo hicieron. En vez de eso, redoblaron las apuestas sobre sus fracasadas políticas e ideas. Y se está volviendo cada vez más difícil creer que cualquier cosa los va a hacer cambiar el rumbo.

Veamos cómo andan las cosas en España, que ahora es el epicentro de la crisis.

No nos preocupemos por hablar de recesión, España está de lleno en depresión, con una tasa general de desempleo del 23,6%, comprable con los Estados Unidos en lo más profundo de la Gran Depresión, y la tasa de desempleo juvenil supera el 50%.

Esto no puede continuar y el darse cuenta de que no puede continuar es lo que está elevando aún más los costos del crédito español.

En cierta forma, no importa realmente cómo llegó España a este punto pero, por lo que vale, la historia española no se parece en nada a las historias de moralidad tan populares entre los funcionarios europeos, en especial en Alemania. España no era despilfarradora en lo fiscal: en vísperas de la crisis tenía deuda baja y excedente en el presupuesto.

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Desafortunadamente, también tenía una enorme burbuja inmobiliaria, una burbuja que hicieron posible en gran medida inmensos préstamos de bancos alemanes a sus contrapartes españolas. Cuando la burbuja estalló, la economía española encalló; los problemas fiscales de España son consecuencia de la depresión, no la causa.

No obstante, la receta que viene de Berlín y Fráncfort es –sí, adivinó— aún mayor austeridad fiscal.

Esto es, para decirlo sin rodeos, una locura. Europa ha tenido varios años de experiencia con los programas de severa austeridad y los resultados son exactamente lo que los estudiosos de la historia le dijeron que sucedería: tales programas empujan las economías deprimidas hacia profundidades mayores en la depresión.

Y debido a que los inversionistas observan el estado de la economía de una nación cuando valoran su capacidad para pagar deuda, los programas de austeridad no han funcionado siquiera como una forma para reducir los costos de los préstamos.

¿Cuál es la alternativa? Bueno, en la década de 1930 –una era que la moderna Europa empieza a repetir en forma aún más detallada— la condición esencial para la recuperación fue salir del patrón oro. La acción equivalente ahora sería salir del euro y la restauración de las monedas nacionales.

Uno puede decir que eso es inconcebible y en verdad sería un acontecimiento negativo tanto en lo económico como en lo político.

Pero si se mantiene el rumbo presente, imponiendo austeridad cada vez más rigurosa a países que ya están sufriendo desempleo del tipo de la era de la Gran Depresión, es lo que resulta verdaderamente inconcebible.

Por lo tanto, si los líderes europeos en verdad querían salvar al euro, estarían buscando un derrotero alterno.

Y la forma de una alternativa de esa naturaleza está en verdad bastante clara.

El continente necesita políticas monetarias más expansivas, en la forma de buena disposición –buena disposición anunciada— de parte del Banco Central Europeo para aceptar una inflación ligeramente más alta; necesita políticas fiscales más expansivas, en la forma de presupuestos en Alemania que compensen la austeridad en España y en otras naciones de la periferia del Continente que tienen problemas, en vez de reforzarla.

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Aún con tales políticas, las naciones periféricas encararían años de época de vacas flacas, pero al menos existiría la esperanza de la recuperación.

Lo que vemos en verdad, sin embargo, es completa inflexibilidad. En marzo, los líderes europeos firmaron un pacto fiscal que en efecto se encierra en la austeridad fiscal como respuesta a uno y todos los problemas.

Mientras tanto, funcionarios clave del Banco Central se están asegurando de enfatizar la buena disposición del banco a elevar las tasas a la menor señal de inflación más alta.

Por lo tanto, es difícil evitar un sentimiento de desesperación. En vez de aceptar que se han equivocado, los líderes europeos parecen decididos a empujar su economía –y su sociedad— por un despeñadero. Y todo el mundo pagará el precio.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.

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